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EL ABUELO DIJO:
Así entenderás la clase de persona que era Boon Hogganbeck. Colgada de la
pared, esta historia habría sido su epitafio, como un gráfico del sistema Bertillon o
un cartel de la policía ofreciendo una recompensa por su captura; cualquier poli
del norte de Mississippi lo habría detenido con sólo leer la fecha.
Era un sábado por la mañana, a eso de las diez. Tu bisabuelo y yo, los dos,
estábamos en la oficina; mi padre, sentado ante el escritorio, contaba el dinero de
la bolsa de lona para ver si se correspondía con la lista de facturas que yo
acababa de cobrar en la plaza; yo, por mi parte, sentado en la silla junto a la
pared, esperaba a que dieran las doce, momento en que recibiría mi paga
semanal de diez centavos; después iríamos a almorzar a casa y a continuación
quedaría en libertad, por fin, para incorporarme (estábamos en mayo) al partido
de béisbol que había empezado a disputarse sin mí a la hora del desayuno: la idea
(no mía sino de tu bisabuelo) era que a los once años un hombre debía llevar ya
uno pagando por el espacio que ocupaba, por el sitio de que disponía en la
economía mundial (al menos en la de Jefferson, Mississippi), además de asumir
la responsabilidad ajena. Todos los sábados por la mañana yo salía de casa con
mi padre nada más terminar el desayuno, cuando los otros chicos de la calle se
estaban pertrechando de pelotas, bates y guantes, lo mismo que mis tres
hermanos quienes, por ser más jóvenes y por tanto de menor tamaño que yo,
eran más afortunados, dado que la lógica de mi padre y la premisa que servía de
base a sus razonamientos era la siguiente: puesto que cualquier varón adulto
merecedor de tal nombre estaba en condiciones de equilibrar o compensar a
cuatro niños en materia de espacio económico, cualquiera de los niños, y con
más motivo el may or, bastaba para ocuparse de los necesarios movimientos
económicos, que, en este caso, consistían en ir a cobrar los sábados por la
mañana las facturas por el transporte de las cajas y los cajones de mercancías
que nuestros cocheros negros recogían en la estación de ferrocarril durante la
semana y entregaban en la puerta de atrás de las tiendas de ultramarinos, los
almacenes de suministros agrícolas y las ferreterías; en regresar con la bolsa de
lona a la caballeriza para que mi padre contara el dinero y viese si cuadraban las
cuentas, y en quedarme luego en la oficina el resto de la mañana, dedicado,
teóricamente, a contestar las llamadas telefónicas: todo ello por la suma de diez
centavos semanales, cantidad que se consideraba suficiente para cubrir mis
gastos menudos.
Eso era lo que estábamos haciendo cuando Boon cruzó la puerta de un salto.
Digo bien. De un salto. En realidad no había que franquear un escalón muy alto
desde el pasillo (si bien John Powell, el jefe de los mozos de cuadra, había hecho
que Son Thomas, el cochero más joven, encontrara en algún sitio, pidiera
prestado, se llevara —birlara para mí, por decirlo a las claras— un bloque de
madera como escalón intermedio) y Boon podría haberlo superado como hacía
siempre, con las zancadas propias de su metro noventa de estatura. Pero no en
aquella ocasión, porque entró de un salto en la oficina. En su estado normal, Boon
nunca tenía una expresión especialmente amable o serena, pero, en aquel
momento, daba toda la sensación de que la cara le iba a explotar entre los
hombros de pura emoción, prisa, lo que fuera, a saltos por la oficina camino del
escritorio y gritándole y a a mi padre: « Quítese de en medio, señor Maury» ,
lanzándose a través de mi padre en busca del cajón inferior del escritorio donde
se guardaba el revólver de la caballeriza; no sé si fue Boon tirándose hacia el
cajón quien derribó la silla (era una silla giratoria sobre ruedas) o si fue mi padre
quien la empujó hacia atrás para tener sitio y poder darle una patada a la mano
de Boon, con lo que los ordenados montoncitos de monedas salieron disparados
en todas direcciones: mi padre gritaba también, al tiempo que pateaba el cajón o
la mano de Boon o, quizá, las dos cosas al mismo tiempo:
—¡Maldita sea, estate quieto!
—¡Voy a pegarle un tiro a Ludus! —gritó Boon—. ¡Probablemente ya habrá
llegado al otro extremo de la plaza! ¡Ándese con ojo, señor Maury!
—¡No! —dijo mi padre—, ¡vete de aquí!
—¿No me deja cogerlo? —preguntó Boon.
—No, maldita sea —dijo mi padre.
—Está bien —dijo Boon, saltando de nuevo, esta vez hacia la puerta, hasta
salir de la oficina. Pero mi padre se quedó donde estaba. Estoy seguro de que
más de una vez te has dado cuenta de lo ignorantes que son las personas de más
de treinta o cuarenta años. No me refiero a olvidadizos. Es engañoso y fácil,
demasiado fácil decir Ah, a papá (o al abuelo) o a mamá (o a la abuela) lo que les
pasa es que son viejos; se han olvidado. Porque hay ciertas cosas, algunas
realidades innegables de la vida, que no se olvidan, por muy viejo que se sea.
Hay una zanja, una sima; de niño la cruzabas por una pasarela. Vuelves
arrastrándote y chocheando a los treinta y cinco o a los cuarenta y la pasarela ha
desaparecido; tal vez no la recuerdes, pero, por lo menos, no te lanzarás al vacío
en el sitio donde estaba la pasarela. Eso fue lo que hizo mi padre entonces. Boon
entró a saltos en la oficina sin avisar y casi derribó a mi padre, con silla y todo,
tratando de llegar al cajón donde estaba el revólver, hasta que mi padre consiguió
darle una patada en la mano o aplastársela, o lo que fuese que hiciera, para que
la retirase; entonces Boon se dio media vuelta y salió a saltos del despacho y, al
parecer, evidentemente, mi padre creyó que aquello era todo, que había
terminado. Siguió, por una cuestión de principio, hasta concluir la ristra de
maldiciones que había empezado, como si no tuviera nada urgente que hacer,
colocó de nuevo la silla junto al escritorio y, al darse cuenta de que tendría que
volver a contar todo el dinero desparramado, reanudó las maldiciones dirigidas a
Boon, no y a por la cuestión del revólver, sino sencillamente por ser Boon
Hogganbeck quien era, hasta que se lo dije.
—Ha ido a ver si consigue que le presten el revólver de John Powell —le dije.
—¿Qué? —gritó mi padre. Entonces también saltó él, saltamos los dos para
ser más exactos, cruzamos el despacho y corrimos por el pasillo hacia el corral
detrás de la cuadra donde John Powell y Luster ayudaban a Gabe, el herrero, a
herrar a tres de las mulas y a uno de los caballos de tiro, esta vez sin que mi
padre perdiera ya tiempo maldiciendo: tan sólo se limitaba a gritar « ¡John!
¡Boon! ¡John! ¡Boon!» cada tres pasos.
Pero también llegamos demasiado tarde. Porque Boon le engañó, nos engañó.
Y es que el revólver de John Powell, además de problema moral, era también un
problema sentimental de la caballeriza. Se trataba de un revólver de cañón corto
de calibre 41, muy viejo pero en excelente estado, porque John lo mantenía
siempre a punto desde que se lo compró a su padre el día que cumplió los
veintiún años. Sólo que teóricamente no lo tenía. Quiero decir que no existía
oficialmente. La regla, tan antigua como la misma caballeriza, era que la única
arma de fuego relacionada con ella era la que se guardaba en el cajón inferior
derecho del escritorio que había en el despacho, y se daba por sentado, mediante
algo semejante a un acuerdo entre caballeros, que el personal del
establecimiento no tenía nunca un arma de fuego en su poder desde el momento
en que entraba a trabajar hasta que volvía a su casa ni, mucho menos aún, la
traía consigo al trabajo. John, sin embargo, nos lo había explicado a todos y
contaba con nuestra simpatía y comprensión colectivas, que formaban, si no se
hubiera presentado aquella crisis inimaginable, cosa que no habría sucedido de no
ser por Boon Hogganbeck, un frente unido e inexpugnable ante el mundo e
incluso ante mi padre. John nos había contado cómo ganó el dinero para comprar
el revólver trabajando fuera de casa en su tiempo libre, sin reducir por ello el
número de horas que dedicaba a ayudar a su padre en la granja, ya que se
trataba de un tiempo que le pertenecía y que podía dedicar a comer o a dormir,
hasta que, el día que cumplió los veintiún años, le pagó a su padre la última
moneda y recibió el revólver; nos había contado cómo aquella arma era el
símbolo viviente de su hombría, la prueba irrebatible de que y a tenía veintiún
años y de que era un hombre; que no tenía la menor intención, que renunciaba
incluso a imaginar una situación en la que, por la razón que fuera, tuviera que apretar el gatillo en contra de un ser humano, pero que, sin embargo, necesitaba
llevarla consigo; le resultaba tan imposible dejar el revólver en casa como lo
hubiera sido dejar su hombría en un remoto armario o cajón cuando venía a
trabajar; nos había dicho (y nosotros le creímos) que si alguna vez llegaba el
momento en que tuviera que escoger entre dejar el revólver en casa o venir a
trabajar, no se lo pensaría dos veces.
De manera que, al principio, su mujer le cosió un bolsillo muy resistente;
exactamente del tamaño del revólver, en el interior del peto del mono. Pero el
mismo John se dio cuenta enseguida de que aquella solución no servía. No porque
el arma se le fuera a caer en algún momento de manera irreparable, sino porque
su silueta se recortaba con toda claridad a través de la tela; aquel bulto no podía
ser otra cosa que un revólver. En nuestro caso daba lo mismo, porque todos
sabíamos que lo tenía, desde el señor Ballott, el capataz blanco de la caballeriza,
y Boon, su ay udante (que hacía el turno de noche y que en aquel momento, por
lo tanto, debería haber estado en su casa, durmiendo), pasando por todos los
cocheros y mozos de cuadra de raza negra, hasta llegar al último y modesto
encargado de limpiar los pesebres e incluso a mí, que me encargaba de cobrar el
sábado las facturas acumuladas durante la semana y de responder a las llamadas
telefónicas. En el mismo caso se encontraba también el viejo Dan Grinnup, un
sucio individuo de barba con manchas de tabaco, que nunca estaba
completamente borracho y que no tenía ningún empleo propiamente tal en la
caballeriza, en parte quizá debido al whisky, pero sobre todo en razón de su
apellido, que no era Grinnup en absoluto, sino Grenier: uno de los apellidos más
antiguos del distrito hasta que la familia se derrumbó —Louis Grenier, un
hugonote, fue quien cruzó las montañas desde Virginia y Carolina después de la
revolución, llegó a Mississippi en los años noventa del siglo XVIII, fundó
Jefferson y le dio nombre—, por lo que ahora el viejo Dan carecía de domicilio
fijo (y de familia, a excepción de un sobrino o un primo idiota, o algo parecido,
que aún vivía en una tienda de campaña más allá de Frenchman’s Bend, en una
zona de espesura, junto al río, que había sido en otro tiempo parte de la plantación
de los Grenier), pero siempre se presentaba en la caballeriza, nunca tan borracho
que no estuviera en condiciones de conducir, a tiempo para ir con el coche de
alquiler a la estación cuando llegaban los trenes de las nueve y treinta y de las
cuatro y doce y depositar en el hotel a los viajantes de comercio, o, en algunas
ocasiones, pasarse toda la noche trabajando si había bailes o espectáculos
cómicos o dramáticos en el teatro de la ópera (en ocasiones, cuando la bebida le
hacía sentirse frío y cínico, decía que en otro tiempo los Grenier dirigían la
sociedad de Yoknapatawpha; ahora Grinnup la llevaba en coche), y que
conservaba su empleo, decían algunos, porque la primera esposa del señor Ballott
era hija suy a, aunque en la caballeriza todos estábamos convencidos de que era
porque mi padre, de joven, cazaba zorros con el padre del viejo Dan por los
alrededores de Frenchman’s Bend.
Además de nosotros, también mi padre sabía de su existencia (la del
revólver). Tenía que saberlo; nuestro negocio era demasiado pequeño, estábamos
todos demasiado interrelacionados, demasiado ligados unos con otros. De manera
que el problema moral de mi padre era exactamente el mismo que el de John
Powell; los dos lo sabían y se lo planteaban como pueden y deben planteárselo
dos caballeros en sus relaciones mutuas: si mi padre se hubiera visto forzado a
darse por enterado de que el revólver estaba allí, habría tenido que decirle a John
que lo dejara en casa al día siguiente o que se abstuviera de volver a trabajar.
John lo sabía y, también caballero, no hubiera nunca forzado a mi padre a darse
por enterado de la existencia del arma. Por ello, renunciando al peto del mono, la
mujer de John le cosió el bolsillo exactamente debajo del sobaco izquierdo de la
chaqueta misma, invisible (discreto, por lo menos) cuando John la llevaba puesta
o cuando, en épocas de calor (como entonces), la chaqueta estaba colgada del
clavo reservado para John en el cuarto donde se guardaban los arneses. Tal era la
situación del revólver cuando Boon, a quien se pagaba para que estuviera en su
casa y en la cama en aquel momento, algo a lo que en cierto modo se había
comprometido, en lugar de rondar por la plaza, donde estaba expuesto a que le
pasara lo que le había hecho volver a toda prisa a la caballeriza, entró de un salto
por la puerta del despacho un minuto antes, convirtiendo por añadidura en
mentirosos tanto a mi padre como a John Powell.
Sólo que mi padre llegó demasiado tarde una vez más. Boon le engañó; nos
engañó a los dos. Porque también él estaba al tanto de la existencia del clavo en
el cuarto de arneses. Y además era listo, demasiado listo para volver por el
pasillo, lo que le hubiera obligado a cruzar por delante del despacho; cuando
llegamos al corral, John, Luster y Gabe (al igual que las tres mulas y el caballo)
seguían contemplando el portillo, todavía en movimiento, por el que Boon
acababa de desaparecer, revólver en mano. John y mi padre se miraron durante
unos diez segundos, mientras todo el edificio del acuerdo tácito entre caballeros
se derrumbaba, convirtiéndose en polvo. Si bien aún subsistía el noblesse oblige.
—Era el mío —dijo John.
—Sí —dijo mi padre—. Ha visto a Ludus en la plaza.
—Yo lo cogeré —dijo John—. Y además le quitaré el revólver. Dígame que
lo haga.
—Que alguien coja a Ludus —dijo Gabe. Sin ser alto, era un hombre
tremendamente grande, más grande que Boon, con una pierna terriblemente
deformada a causa de un antiguo accidente laboral; cogía la pata trasera de un
caballo o de una mula y la trababa detrás de la rodilla deformada y (si había
algo, un poste, cualquier cosa que le sirviera de apoyo) el caballo o la mula
podían tirarse al suelo, pero nada más: ni soltarse ni conseguir el equilibrio
suficiente para darle una coz con la otra pata trasera—. Tú, Luster, vete
corriendo y coge…
—Que nadie se preocupe por Ludus —dijo John—. No corre ningún peligro.
He visto a Boon Hogganbeck disparar otras veces —no dijo al señor Boon
Hogganbeck y sabía que mi padre le estaba oyendo; algo que nunca hubiera
dejado de hacer cuando le escuchaba algún blanco al que considerase su igual,
porque John era un caballero. Pero también mi padre era competente en
cuestiones de noblesse: lo imperdonable era el asunto del revólver, y mi padre lo
sabía—. Autoríceme a hacerlo, señor Maury.
—No —dijo mi padre—. Corre al despacho y telefonea al señor Hampton
(Efectivamente. También el sheriff de entonces se llamaba Hampton, era un
Hampton). Dile de mi parte que tiene que agarrar al señor Boon lo antes que
pueda —mi padre se dirigió hacia el portillo.
—Vete con él —le dijo Gabe a Luster—. Quizá necesite que alguien corra por
él. Y deja cerrado el portillo cuando salgas.
Los tres subimos por el callejón hacia la plaza, y o trotando para no quedarme
atrás, aunque en realidad no pretendíamos alcanzar a Boon, sino más bien
situarnos entre Boon con el revólver por un lado y John Powell por otro. Y es que,
como había dicho el mismo John, no había que preocuparse por Ludus. Todos
sabíamos de la puntería de Boon, de manera que si disparaba contra él, Ludus,
que había sido uno de nuestros cocheros hasta el martes por la mañana, estaba a
salvo. Lo que sucedió fue como sigue, según la reconstrucción de los hechos, a
partir de los relatos de Boon, del señor Ballott, de John Powell y también, un
poco, a partir de lo que contó el mismo Ludus. Una o dos semanas antes Ludus
había encontrado una nueva chica, la hija (o la mujer: no lo sabíamos) del
arrendatario de una granja a unos diez kilómetros de la ciudad. El lunes a última
hora de la tarde, cuando Boon se presentó para relevar al señor Ballott y hacer el
turno de noche, y a habían regresado todas las parejas y todos los carros y
cocheros, a excepción de Ludus. El señor Ballott le pidió a Boon que le
telefoneara cuando llegase Ludus, y se marchó a su casa. Ése fue el testimonio
del señor Ballott. El de Boon, corroborado en parte por John Powell (mi padre se
había ido algún tiempo antes), fue como sigue: el señor Ballott acababa de
marcharse cuando se presentó Ludus, a pie, por la puerta de atrás, y le dijo a
Boon que se le había aflojado la llanta de una de las ruedas, se había detenido en
nuestra casa y había visto a mi padre, y que mi padre le había dicho que llevara
el carro al estanque del pastizal, donde la madera de la rueda se hincharía hasta
ajustar de nuevo con la llanta, y que llevara las mulas a nuestra cuadra, les diera
de comer y volviera a recogerlas por la mañana. Una historia que cabía pensar
que Boon aceptara por buena, si bien John Powell tuvo la seguridad desde el
primer momento de que era mentira, porque quien conociese a cualquiera de los
dos sabía que mi padre, dispusiera lo que dispusiese sobre el destino del carro
aquella noche, habría ordenado a Ludus que volviera con la pareja de mulas a la
caballeriza para limpiarlas y darles de comer de manera adecuada. Pero eso fue
lo que Boon contó que Ludus le había dicho, y que por esa razón no interrumpió
la cena del señor Ballott para comunicárselo, puesto que mi padre sabía dónde
estaban el carro y las mulas, y mi padre, y no el señor Ballott, era el propietario.
Ahora viene la historia de John Powell, aunque a regañadientes; lo más
probable es que no lo hubiera contado nunca si Boon no hubiera convertido su
silencio (el de John) en un problema moral más importante que la lealtad a los de
su raza. Tan pronto como vio entrar a Ludus con las manos vacías por la puerta
trasera de la caballeriza, un momento después de que el señor Ballott se
marchara por la principal, dejando a Boon como único responsable, John no
necesitó escuchar lo que Ludus fuese a decir. Se limitó a salir al corral por el
pasillo, atravesarlo, llegar al callejón y recorrerlo, con lo que estaba ya al lado
del carro cuando Ludus regresó. En el carro había un saco de harina, una garrafa
de queroseno y (dijo John) una bolsa de caramelos de menta de cinco centavos.
Eso es más o menos lo que pasó, porque si bien la palabra de John sobre
cualquier caballo o mula dentro de la caballeriza hacía ley, era artículo de fe,
incluso por encima de Boon, hasta llegar al señor Ballott o incluso a mi padre, allí
fuera, en tierra de nadie, era un empleado más de la caballeriza de Maury Priest,
y tanto Ludus como él lo sabían perfectamente. Cabe que Ludus se lo recordara,
pero tengo mis dudas. Porque todo lo que Ludus necesitó decir fue, más o menos,
algo así: « Si un pajarito le cuenta a Maury Priest que he pedido prestados el
carro y las mulas esta noche, puede que otro pajarito vay a y le diga qué es lo
que llevas cosido en la chaqueta» .
Y tampoco creo que dijera eso, porque tanto John como él lo sabían, del
mismo modo que sabían que si Ludus esperaba a que John informase a mi padre
de lo que Ludus llamaba « pedir prestados» un carro y una pareja de mulas, mi
padre nunca llegaría a saberlo, y que si John esperaba a que Ludus (o cualquier
otro negro de la caballeriza o de Jefferson en general) le fuese a mi padre con el
cuento del revólver, tampoco llegaría nunca a enterarse. De manera que Ludus,
probablemente, guardó silencio y John se limitó a decir: « De acuerdo. Pero si las
mulas no están de vuelta en la cuadra, sin una gota de sudor ni una señal de látigo
y sin tener siquiera aspecto de haber dormido poco, por lo menos una hora antes
de que el señor Ballott llegue aquí mañana por la mañana (te habrás dado cuenta
de que los dos habían prescindido por completo de Boon en aquel asunto: ni Ludus
dijo « El señor Boon sabe que estas mulas no van a pasar la noche en la cuadra;
¿no hace de jefe hasta que vuelve el señor Ballott por la mañana? » , ni John le
respondió « Cualquiera capaz de creerse el cuento que le has endilgado esta
noche en lugar de devolver las mulas no está capacitado para ser jefe de nada. Y
ni siquiera estoy del todo convencido de que se llame Boon Hogganbeck» ), el
señor Priest no sólo va a saber dónde no estaban anoche las mulas y el carro, sino
que va a saber dónde sí estaban» .
Pero John no lo dijo. Y, como no podía ser menos, aunque las mulas de Ludus
llevaban ya más de una hora en la cuadra cuando amaneció, el señor Ballott
mandó llamar a Ludus a las seis y cuarto de la mañana, quince minutos después
de llegar a la caballeriza, y le dijo que estaba despedido.
—El señor Boon sabía que mis mulas estaban fuera —dijo Ludus—. Me
mandó a que le comprara una garrafa de whisky y se la traje a eso de las cuatro.
—No te mandé a ningún sitio —respondió Boon—. Cuando se presentó aquí
anoche con ese camelo de que las mulas estaban en la cuadra del señor Priest ni
siquiera lo escuché. Tampoco me molesté en preguntarle dónde estaba en
realidad el carro, y menos aún por qué tenía tanta necesidad de un carro y una
pareja de mulas. Lo que le dije fue que, antes de devolver el carro por la
mañana, contaba con que se pasara por casa de Mack Winbush y me trajera un
galón del whisky de tío Cal Bookwright. Le di el dinero…, dos dólares.
—Y yo le traje el whisky —dijo Ludus—. No sé qué es lo que ha hecho con
él.
—Me trajiste media garrafa de matarratas, lejía y pimentón principalmente
—dijo Boon—. No sé lo que va a hacer contigo el señor Priest por tener las mulas
fuera toda la noche, pero no tendrá comparación con lo que te va a hacer Calvin
Bookwright cuando le enseñe ese whisky y le diga que, según tú, lo ha hecho él.
—La casa del señor Winbush queda a más de doce kilómetros de la ciudad —
dijo Ludus—. Me habrían dado las doce antes de poder volver a… —y se detuvo.
—De manera que para eso necesitabas un carro —dijo Boon—. Finalmente
has conseguido que se te acaben las aventuras amorosas nocturnas aquí en
Jefferson y ahora tendrás que explorar todo el distrito para encontrar otra
ventana trasera por donde colarte. Bien, pues vas a disponer de mucho tiempo; el
único problema es que tendrás que ir andando…
—Usted me dijo una garrafa de whisky —insistió Ludus malhumorado—. Y
yo le traje una garrafa…
—No estaba ni medio llena —dijo Boon. Luego añadió, volviéndose hacia el
señor Ballott—: ¡Demonios coronados! Ahora ni siquiera tiene que darle la paga
semanal (el sueldo de los cocheros era dos dólares a la semana; estábamos en
1905, no lo olvides). Eso es lo que me debe a mí por el whisky. ¿A qué está usted
esperando? ¿A que llegue el señor Priest y lo despida él?
Aunque si el señor Ballott (y mi padre) hubieran tenido intención de despedir
a Ludus de una vez por todas, le habrían dado su paga de la semana. El hecho de
que no lo hicieran indicaba (y Ludus lo sabía) que, simplemente, se le suspendía
de empleo y sueldo una semana por quedarse con una pareja de mulas toda la
noche sin la debida autorización; al lunes siguiente Ludus se presentaría con los
otros cocheros a la hora de siempre y John Powell tendría su pareja lista como si
nada hubiera pasado. Pero sucedió que intervino el Destino, el Rumor, el
cotilleo…
De manera que mi padre, Luster y yo nos apresuramos camino de la plaza
—y o iba ya trotando—, pero una vez más llegamos tarde. Aún estábamos en el
callejón cuando oímos los disparos, cinco: BUUM BUUM BUUM BUUM
BUUM, así; acto seguido entramos en la plaza y vimos lo que estaba pasando (no
era lejos: justo en la esquina, delante de la ferretería del primo Isaac McCaslin).
Había muchísima gente; Boon había elegido bien la fecha para que no le faltaran
testigos; y a por entonces el primer sábado de mes era día de mercado, incluso en
may o, cuando cualquiera habría pensado que la gente estaba muy ocupada
plantando el algodón. Pero no en el distrito de Yoknapatawpha. Estaban todos,
negros y blancos: un primer grupo donde el señor Hampton (abuelo del mismo
Little Hubb que es sheriff ahora o que volverá a serlo el año que viene) y dos o
tres curiosos forcejeaban con Boon, y un segundo grupo, a unos seis o siete
metros, en el que otro representante de la ley sujetaba a Ludus, todavía
inmovilizado en actitud de correr o en la actitud inmovilizada de correr o en la
actitud de correr inmovilizado, lo que sea más correcto, y un tercer grupo junto
al escaparate de la tienda del primo Ike, adonde había ido a estrellarse uno de los
proy ectiles de Boon (nunca se averiguó adónde fueron a parar los otros cuatro)
después de dejar un surco en la nalga de una chica negra que ahora estaba
tumbada en el suelo, chillando, hasta que el primo Ike en persona salió corriendo
de la ferretería y ahogó la voz de la víctima con la suy a, rugiendo de indignación,
no porque Boon le hubiera echado a perder el escaparate sino (el primo Ike,
aunque joven todavía, era ya el mejor cazador y conocedor del bosque que hay a
habido nunca en el distrito) por su incapacidad para acertar con cinco disparos a
un blanco (en este caso un negro) que sólo estaba a seis o siete metros de
distancia.
A partir de entonces no decayó el ritmo de los acontecimientos. La consulta
del doctor Peabody estaba al otro lado de la calle, encima del drugstore de
Christian; bajo la dirección del señor Hampton, que empuñaba el revólver de
John Powell, Luster y otro negro llevaron a la chica, que chillaba y sangraba
como un cerdo degollado, escaleras arriba, seguidos por mi padre y Boon, el
ayudante del sheriff, Ludus, yo mismo, y todas las personas que cupieron en la
escalera, hasta que el señor Hampton se detuvo, se dio la vuelta y empezó a
vociferar. El juez Stevens tenía el despacho exactamente debajo de la consulta
del doctor Peabody, y el juez en persona estaba en el descansillo, de manera que
nosotros —me refiero a mi padre y a mí, Boon, Ludus y el ay udante del sheriff
— entramos en el despacho del juez para esperar a que el señor Hampton saliera
de la consulta del doctor Peabody. No tardó mucho.
—Bien —dijo el señor Hampton—. No ha sido más que un rasguño.
Cómprele un vestido nuevo (no llevaba nada debajo) y una bolsa de caramelos,
además de darle diez dólares al padre, y con eso Boon quedará en paz con la
chica. No he decidido todavía lo que tendrá que hacer para que yo me dé por
satisfecho —lanzó un bufido en dirección a Boon; Hampton era un hombre de
penetrantes ojillos grises y muy grande, tan grande como Boon en realidad,
aunque no tan alto—. ¿Y bien? —le preguntó a Boon.
—Me insultó —dijo Boon—. Le dijo a Son Thomas que yo era tonto del culo.
El señor Hampton miró a Ludus.
—¿Y bien? —dijo.
—Nunca dije que fuera tonto del culo —respondió Ludus—. Sólo dije que no
tenía dos dedos de frente.
—¿Qué? —gritó Boon.
—Eso es peor —dijo el juez Stevens.
—Claro que es peor —dijo, gritó Boon—. ¿No se da cuenta? Y ni siquiera
tengo elección. Yo, un blanco, tengo que dejar que un condenado negro que se
pasa el día peleándose con las mulas critique mi trasero o afirme en público,
delante de cinco testigos, que no tengo la cabeza en su sitio. ¿No se dan cuenta?
Porque no se puede retirar nada, nada en absoluto. Ni tampoco se puede
rectificar, porque no hay nada que rectificar en ninguno de los dos casos —casi
estaba llorando, el rostro grande, feo, colorado, tan áspero y duro como una
cáscara de nuez, arrugado y torcido como el de un niño—. Incluso si logro
encontrar otro revólver en algún sitio para pegarle un tiro a Son Thomas, lo más
probable es que vuelva a fallar.
Mi padre se puso en pie, con rapidez y decisión. Era el único que se había
sentado; el juez Stevens mismo estaba delante del hogar de la chimenea con las
piernas separadas y las manos bajo los faldones de la levita exactamente como si
fuese invierno y ardiera un fuego en la chimenea.
—Tengo que volver a mi trabajo —dijo mi padre—. ¿Qué dice el viejo
proverbio acerca de estar mano sobre mano? —añadió, sin dirigirse
especialmente a nadie—: Los quiero a los dos, a Boon y a ese muchacho, bajo
fianza, a fin de mantener el orden; pongamos cien dólares por cabeza; yo pagaré
la fianza. Pero quiero dos fianzas de doble acción mutua. Quiero dos fianzas y
que las dos queden abrogadas, venzan, en el momento mismo en que cualquiera
de los dos haga algo que…, algo que yo…
—Que a usted no le parezca bien —dijo el juez Stevens.
—Muy agradecido —dijo mi padre—… en el segundo mismo en que
cualquiera de los dos altere el orden. No sé si eso es legal.
—Yo tampoco —dijo el juez Stevens—. Podemos intentarlo. Si una fianza con
esas características no es legal, debería serlo.
—Muy agradecido —dijo mi padre. Los tres (mi padre, y o y detrás Boon)
nos dirigimos hacia la puerta.
—Podría volver ahora, sin esperar al lunes —dijo Ludus—, si me necesitan.
—No —dijo mi padre. Los tres (mi padre, y o y detrás Boon) bajamos las
escaleras y salimos a la calle. Seguía siendo primer sábado de mes y día de
mercado, pero y a no era más que eso; al menos hasta que alguien llamado Boon
Hogganbeck tuviera otro revólver al alcance de la mano. Regresamos calle
arriba hacia la caballeriza, mi padre, y o y detrás Boon, que se puso a hablar por
encima de cabeza hacia la espalda de mi padre:
—Un dólar a la semana suponen un año y cuarenta y ocho semanas más
hasta llegar a los cien dólares. Imagino que el escaparate de Ike serán otros diez o
quince más, aparte de esa chica que se puso en medio. Pongamos dos años y tres
meses. Tengo cuarenta dólares en metálico. Aunque se los dé como anticipo,
supongo que no estaría usted dispuesto a ponernos a Ludus, a Son Thomas y a mí
en una casilla vacía de la cuadra y a tener la puerta cerrada durante diez
minutos. ¿Verdad que no?
—No —dijo mi padre.
2
Aquello sucedió un sábado. Ludus volvió a trabajar el lunes por la mañana. El
viernes siguiente, mi abuelo —el otro, el padre de mi madre, tu bisabuelo—
murió en Bay St Louis.
Boon no nos pertenecía en realidad. Me refiero a que no era sólo nuestro, de
los Priest. Aunque más bien tendría que decir que no era sólo de los McCaslin y
de los Edmonds, de quienes los Priest somos lo que podría llamarse la rama más
joven. Boon tenía tres propietarios: no sólo nosotros, representados por el abuelo,
junto con mi padre, el primo Ike McCaslin y nuestro otro primo, Zachary
Edmonds, a cuyo padre, McCaslin Edmonds, el primo Ike había cedido la
plantación McCaslin al cumplir los veintiún años; Boon pertenecía, además, al
comandante De Spain y también, hasta que murió, al general Compson. Boon era
una corporación, un holding en el que los tres —los McCaslin, De Spain y el
general Compson— teníamos participaciones iguales, aunque completamente
indefinidas, de responsabilidad, ya que la sola y única regla de la corporación era
que quien estuviera más cerca en el momento de la crisis interviniera de
inmediato para hacerse cargo de cualquier infracción que Boon hubiera
provocado o cometido o simplemente heredado; Boon era una sociedad mutua
protectora benéfica sin ánimo de lucro en la que todos los beneficios eran para
Boon y la mutualidad y la beneficencia y la protección corrían a nuestro cargo.
Su abuela era hija de uno de los antiguos indios chickasaw de Issetibbeha, y se
casó con un blanco traficante de whisky ; unas veces, según lo que hubiera bebido,
Boon declaraba tener un noventa y nueve por ciento de sangre chickasaw y ser,
de hecho, descendiente en línea directa del viejo Issetibbeha; otras se mostraba
dispuesto a pelearse con cualquiera que se atreviese a insinuar que corría por sus
venas una sola gota de sangre india.
Boon era duro, fiel, valiente y nada de fiar; medía un metro noventa, pesaba
ciento diez kilos y era como un niño; desde hacía ya más de un año mi padre
repetía que, en cualquier momento, yo ya sería mayor que él.
De hecho, aunque era a todas luces un resultado biológico perfectamente
normal (véanse los momentos, cuando estaba borracho, en que no sólo se
mostraba preparado y dispuesto sino deseoso incluso de pelearse con cualquier
hombre —u hombres— en un sentido u otro, dependiendo de la dirección por
donde lo llevara el alcohol, por el derecho a su ascendencia) y, por lo tanto, había
tenido que pasar en algún sitio aquellos nueve o diez u once primeros años, era
como si hubiera sido creado de golpe y porrazo (y ya con nueve, diez u once
años), por nosotros tres —los McCaslin-De Spain-Compson—, como solución al
dilema que surgió un día en el campamento De Spain.
Se trata, efectivamente, del mismo campamento que, con toda probabilidad,
tú seguirás llamando campamento McCaslin unos cuantos años después de que
desaparezca tu primo Ike, del mismo modo que nosotros, tus mayores, seguíamos
llamándolo campamento De Spain años después de la marcha del comandante.
Pero en la época de mis mayores, cuando el comandante De Spain compró o
pidió prestada o arrendó la tierra (como quiera que la gente se las apañara para
conseguir títulos válidos de propiedad en Mississippi entre 1865 y 1870) y
construy ó el pabellón, las cuadras y las perreras, era su campamento, era él
quien escogía y seleccionaba los hombres que consideraba dignos de cazar los
animales que él decretaba que había que cazar, de manera que, en ese sentido,
no sólo disponía quién cazaba sino dónde se cazaba e, incluso, qué se cazaba: por
entonces vivían allí osos y ciervos, junto con lobos y jaguares, a menos de treinta
kilómetros de Jefferson: las cuatro o cinco secciones de jungla en el lecho del río
que habían sido parte del vasto sueño regio del viejo Thomas Sutpen, sueño que, a
la larga, no sólo se había destruido a sí mismo, sino también a Sutpen, y que, en
aquellos días, era algo así como una puerta oriental a las grandes extensiones,
todavía casi vírgenes, de pantano y jungla que se prolongaban hacia el oeste,
desde las colinas hasta los pueblos y las plantaciones a lo largo del Mississippi.
Por entonces sólo treinta kilómetros; nuestros padres salían de Jefferson el 15
de noviembre a media noche en calesas y carretas (un hombre a caballo tardaba
menos, como es lógico) y al amanecer estaban en sus puestos, preparados para
cazar ciervos u osos. En 1905 los cazaderos sólo se habían alejado treinta
kilómetros más; las carretas que transportaban las armas, los alimentos y la ropa
de cama tenían que ponerse en camino a la puesta de sol; una compañía
maderera del norte había construido, además, para transportar los troncos, un
ferrocarril de vía estrecha que enlazaba con la línea principal, y que pasaba a un
kilómetro del nuevo campamento De Spain, con una parada de cortesía para
permitir que el comandante y sus invitados se apearan y los recogieran las
carretas llegadas el día anterior. De todos modos, hacia 1925 adivinábamos ya lo
que el destino nos reservaba. De Spain y el resto de aquel grupo inicial, excepto
tu primo Ike y Boon, habían desaparecido, y sus herederos (desde Jefferson hasta
el apeadero De Spain todo el camino era de grava) apagaban el motor de su
automóvil con un fondo de ruido de hachas y sierras donde un año antes sólo se
oían ladridos de sabuesos a la carrera. Porque Manfred De Spain era banquero,
no cazador como su padre; vendió arriendo, tierra y madera y, para 1940 (por
entonces y a era el campamento McCaslin), se cargaba —lo cargábamos— todo
en camionetas y hacíamos trescientos kilómetros por carreteras asfaltadas hasta
encontrar un sitio donde plantar las tiendas; en 1980, sin embargo, el automóvil
resultará un medio tan obsoleto para llegar a un cazadero como obsoleto habrá
hecho el automóvil el cazadero que busca. Aunque quizá encuentren —encontréis
— cazaderos en la cara oculta de Marte o de la Luna, tal vez hasta con ciervos y
osos entre su fauna.
Pero entonces, cuando Boon se materializó un día en el campamento, con
todos sus aditamentos y cumplidos los diez, los once o los doce años, el
comandante De Spain, el general Compson, McCaslin Edmonds, Walter Ewell, el
viejo Bob Legate y media docena más, que iban y venían, sólo tenían que
recorrer treinta kilómetros. El general Compson, sin embargo, aunque había
mandado tropas en Shiloh con relativa solvencia cuando era coronel y de nuevo
como general de brigada durante la retirada de Johnston sobre Atlanta, no andaba
muy ducho en materia de orientarse sobre el terreno, no se le daba bien la
topografía, y se perdía inevitablemente a los diez minutos de abandonar el
campamento (la mula que gustaba de montar lo hubiera devuelto al punto de
partida en cualquier momento, pero, tratándose no sólo de un general
confederado en libertad condicional sino de un Compson por añadidura, rehusaba
aceptar el consejo o asesoramiento de una mula), de manera que tan pronto
como, terminada la expedición matutina, regresaba el último cazador, todos se
turnaban tocando el cuerno de caza hasta que finalmente se presentaba el general
Compson. Lo que resultaba satisfactorio, o por lo menos solucionaba el problema,
hasta que al general empezó también a fallarle el oído. Una tarde, finalmente,
Walter Ewell y Sam Fathers, que era mitad negro y mitad indio chickasaw,
tuvieron que seguirle la pista y pasar toda la noche con él en el bosque, colocando
al comandante De Spain ante la alternativa de prohibirle salir de la tienda o
expulsarlo del club, cuando hete aquí que se presentó Boon Hogganbeck, un
gigante y a a los diez u once años, más grande, incluso, que el general, de quien se
convirtió en niñera: una criatura abandonada que parecía no poseer nada ni saber
nada excepto cómo se llamaba; incluso el primo Ike no está seguro de si fue
McCaslin Edmonds o el comandante De Spain quien encontró a Boon donde lo
había abandonado quien lo trajo al mundo. Todo lo que Ike sabe —recuerda— es
que Boon ya estaba allí, de unos doce años de edad, en casa del viejo Carothers
McCaslin, donde McCaslin Edmonds criaba y a a Ike como si fuera su padre, y
que a partir de entonces, sin darle la menor importancia, McCaslin Edmonds
también se quedó con Boon como si fuese su padre, si bien por aquel entonces
McCaslin Edmonds no tenía más que treinta años.
En cualquier caso, tan pronto como el comandante De Spain se dio cuenta de
que, o bien tenía que expulsar al general del club, lo que iba a ser difícil, o
prohibirle abandonar el campamento, lo que resultaría imposible, y que, por lo
tanto, estaba obligado a equipar a Compson con algo parecido a un Boon
Hogganbeck, allí estaba el artículo genuino, producido por McCaslin Edmonds o
quizá por ambos —Edmonds y el mismo De Spain— en una crisis simultánea. Ike
recordaba lo siguiente: la operación de cargar los catres y las escopetas y la
comida en la carreta el 14 de noviembre, con Jim el de Tennnie (abuelo del Bobo
Beauchamp del que vas a oír hablar enseguida), Sam Fathers y Boon (Ike sólo
tenía entonces cinco o seis años; aún le quedaban otros cuatro o cinco para llegar
a diez y poder ir con los demás) y el mismo McCaslin, a caballo por delante de la
carreta, camino del campamento donde todas las mañanas Boon seguía al
general Compson en su correspondiente mula hasta que, por simple ejercicio de
la fuerza, probablemente, puesto que a los doce años Boon ya era más grande
que la persona a su cargo, le obligaba a tomar la dirección correcta a tiempo
para volver al campamento antes del crepúsculo.
Así fue cómo el general Compson hizo de Boon, a pesar suyo, un experto en
bosques, podría decirse, por una sencilla cuestión de legítima defensa. Sin
embargo, el hecho de comer en la misma mesa, recorrer los mismos bosques y
dormir bajo la misma lluvia que Walter Ewell no bastó para hacer de Boon un
buen tirador; una de las historias favoritas del campamento hacía referencia a su
manera de disparar; en ella Walter Ewell, que era el narrador, explicaba cómo,
después de haber dejado a Boon en uno de los puestos (el viejo general Compson
había ido por fin a reunirse con sus mayores —o al vivaque al que los viejos
soldados de aquella guerra, tanto los de azul como los de gris, probablemente
insistan en ir, dado que, probablemente, ningún otro lugar les convenía tanto para
algo que se pareciera a una residencia permanente— y Boon era un cazador
más, como cualquier otro), oy ó los ladridos de los sabuesos, se dio cuenta de que
un ciervo iba a pasar por delante del puesto de Boon y escuchó, acto seguido, los
cinco disparos de la desvencijada escopeta de Boon (un legado del general
Compson que nunca había estado en buenas condiciones cuando era propiedad
del viejo soldado; Walter explicaba su gran sorpresa al comprobar que aquella
arma había disparado no sólo dos sino hasta cinco veces sin encasquillarse) e
inmediatamente después la voz de Boon a través del espacio de bosque que los
separaba: « ¡Maldita sea! ¡Se va por allí! ¡Cortadle el paso! ¡Que alguien le corte
el paso!» . Y cómo él —Walter— había corrido hasta el puesto de Boon para
encontrar en el suelo los cinco cartuchos gastados y a menos de diez pasos las
huellas del ciervo al que Boon ni siquiera había tocado.
Pero poco después mi abuelo compró el automóvil y Boon encontró su
compañero del alma. Para entonces, y de manera oficial, formaba parte del
personal de la caballeriza (por mutuo acuerdo McCaslin-Edmonds-Priest, ya que
incluso para McCaslin Edmonds se hizo al fin la luz cuando a Boon lo
suspendieron por segunda vez en tercer grado, aunque quizá la luz que
verdaderamente vio McCaslin fue que Boon nunca se quedaría lo bastante en
ninguna granja para llegar a ser granjero). Al principio se le confiaban cosas de
poca importancia: dar de comer a los animales, limpiar arneses y calesas. Pero
y a te he explicado que tenía buena mano con caballos y mulas, por lo que pronto
se convirtió en cochero habitual de vehículos alquilados: pencos y cabriolés que
salían a recibir a los trenes, y calesas y birlochos y carretas ligeras que los
viajantes de comercio utilizaban para hacer el recorrido por las tiendas rurales.
Ahora vivía en la ciudad, excepto cuando McCaslin y Zachary —los dos— se
ausentaban de noche y Boon dormía en su casa para proteger a las mujeres y a
los niños. Quiero decir que vivía en Jefferson. Quiero decir que tenía una casa
suy a, una habitación alquilada en lo que, en tiempos de mi abuelo, era el hotel
Comercial, establecido con la esperanza de hacerle la competencia a Holston
House, aunque sin llegar nunca a conseguirlo, pero lo bastante solvente como
para que los miembros de los jurados se alojaran y comieran allí durante las
sesiones del tribunal y para que los pleiteantes y los tratantes en mulas y caballos
se sintieran más a gusto que entre las alfombras, las escupideras de latón, los
sillones de cuero y los manteles de hilo del otro lado de la ciudad; más tarde, en
mi tiempo, pasó a llamarse hotel Snopes, con las dos eses pintadas a mano cabeza
abajo, cuando el señor Flem Snopes (el banquero, asesinado hace diez o doce
años por el familiar loco que tal vez no creyera que su primo lo había enviado
personalmente a la cárcel, aunque sí, por lo menos, que podía haberlo sacado o,
en último extremo, haberlo intentado) empezó a dirigir el éxodo de su tribu desde
las tierras malditas más allá de Frenchman’s Bend hasta la ciudad; luego, durante
un breve periodo a mediados de los años treinta, alquilado por una dama de pelo
cobrizo que salió de la nada y volvió a ella muy poco después, conocida por tu
padre y la policía con el nombre de Little Chicago, y que ahora es para ti, cuando
todas esas glorias no son ya más que recuerdos, la pensión de la señora
Rouncewell. Pero en tiempos de Boon era aún el hotel Comercial; y, cuando mi
abuelo compró el automóvil, allí vivía él, durante los intervalos en que no dormía
en el suelo de la cocina de algún Compson o Edmonds o Priest.
Mi abuelo no quería ni por lo más remoto tener automóvil, pero se vio forzado
a comprar uno. Por el hecho de ser banquero, presidente del banco más antiguo
de Jefferson, el primer banco del distrito de Yoknapatawpha, creía por entonces,
y siguió crey éndolo hasta que le sorprendió la muerte, muchos años después,
cuando y a todo el mundo, incluso en el distrito de Yoknapatawpha, se había dado
cuenta de que el automóvil había venido para quedarse, que el vehículo a motor
era, como la seta que crece en una noche, un fenómeno sin solvencia y que,
como los hongos, desaparecería con el sol del mañana. Pero el coronel Sartoris,
presidente de otro banco más reciente, con cualidades de hongo, el banco de los
Comerciantes y los Granjeros, le obligó a comprar uno. O, más bien, le forzó a
hacerlo otro individuo poco solvente, un mago de la mecánica, soñador y miope,
con ojos del color de la genciana, apellidado Buffaloe. Porque el automóvil de mi
abuelo ni siquiera fue el primero de Jefferson. (No cuento el coche de carreras
rojo EMF de Manfred De Spain. Aunque De Spain era su propietario y lo
condujo diariamente por las calles de Jefferson por espacio de varios años,
encajaba tan poco en el decoroso modelo conyugal de nuestra comunidad como
el mismo Manfred, ambos incorregibles y solteros, no en la ciudad sino sobre ella
y siempre para nada bueno, como si vivieran en una ininterrumpida noche de
sábado, incluso cuando Manfred era alcalde, por lo que su mismo color carmesí
no era siquiera una desdeñosa manera de desafiar a la ciudad, sino, más bien,
casi algo semejante a una distraída descalificación.)
El de mi abuelo no fue siquiera el primer automóvil que vio Jefferson o
viceversa. Tampoco fue el primero que habitó en Jefferson. Hubo otro, dos años
antes, que hizo por sus propios medios todo el camino desde Memphis, cubriendo
los ciento treinta kilómetros en menos de tres días. Luego llovió, y el coche se
quedó dos semanas en Jefferson, periodo durante el cual no tuvimos luz eléctrica
prácticamente; ni, si la caballeriza hubiera estado únicamente a cargo de Boon,
ningún medio público de transporte. Porque el señor Buffaloe era la persona que
mantenía en funcionamiento la central térmica: la única persona, el único ser
humano a este lado de Memphis que sabía cómo hacerlo; y desde el momento en
que el automóvil indicó que no iba a llegar más lejos, al menos aquel día, el señor
Buffaloe y Boon se le hicieron tan inseparables como dos sombras, una grande y
otra pequeña: el gigante que olía a amoniaco y al aceite con que frotaba los
arneses, y el hombrecillo cubierto de grasa y color de hollín, con ojos como dos
plumas de azulejo crecidas sobre un montoncito de carbón, que apenas hubiera
conseguido hacer subir la aguja de la báscula hasta los cuarenta y cinco kilos con
todas sus herramientas (también las de la central térmica) en los bolsillos; el
primero inmóvil, contemplando el coche con algo semejante a un ansia
incrédula, como un toro con la mirada fija en la muleta; el otro soñando, amable,
tierno, la mano mugrienta, suave como la de una mujer cuando lo tocaba, lo
palpaba, lo acariciaba, hasta que, un momento después, se hundió hasta las
caderas bajo el capó.
Luego llovió toda la noche y aún seguía lloviendo a la mañana siguiente. Al
propietario del automóvil se le dijo, se le aseguró —lo hizo el señor Buffaloe,
cosa un tanto extraña, y a que nadie lo había visto nunca alejarse de la central
eléctrica ni del tallercito que tenía en el patio trasero de su casa lo bastante para
utilizar las carreteras y estar por tanto en condiciones de profetizar sobre su
estado— que las carreteras estarían inutilizables al menos durante una semana,
diez días quizá. De manera que el propietario del automóvil regresó a Memphis
en tren, permitiendo que le guardaran el vehículo en lo que, en cualquier otro
patio trasero excepto el del señor Buffaloe, hubiera sido una cuadra o un establo.
Como tampoco pudimos explicarnos lo siguiente: que el señor Buffaloe, un
hombrecillo manso, dulce, de poquísimas palabras, en una constante situación de
sonambulismo recubierta de grasa y ajena a todo lo mundano, poseyera medios,
dotes de hipnotizador que hasta entonces ni él mismo conocía, capaces de
convencer a un completo desconocido para que le confiara su costoso juguete.
Pero lo cierto es que lo hizo y que el dueño del automóvil regresó a Memphis;
y a partir de ese momento, cuando surgían problemas con la electricidad en
Jefferson, alguien tenía que ir a pie, a caballo o en bicicleta hasta la casa del
señor Buffaloe en las afueras de la ciudad, lugar donde se encontraba al
susodicho, remoto y soñador y sin prisa y todavía limpiándose las manos, dando
la vuelta a la esquina de su casa procedente del patio trasero; y al tercer día mi
padre descubrió por fin dónde podía estar (dónde había estado) Boon durante todo
el tiempo que debería haber pasado en la caballeriza. Porque ese día el mismo
Boon reveló el secreto, descubrió el pastel, con frenética e incontenible urgencia.
El señor Buffaloe y él habían llegado a lo que podría haber sido un combate a
brazo partido, de no ser porque el señor Buffaloe —aquel depósito al parecer
inagotable de sorpresas y capacidades— apuntó a Boon con una pistola grasienta
y manchada de hollín pero perfectamente capaz de disparar.
Así fue como Boon lo contó. El señor Buffaloe y él habían estado no sólo en
completo, sino instantáneo, acuerdo y entendimiento en el proceso de poner el
automóvil en manos del señor Buffaloe y en sacar a su propietario de la ciudad;
de manera que, pensó Boon lógicamente, el señor Buffaloe resolvería
rápidamente el misterio de cómo hacer funcionar el vehículo, podrían sacarlo del
patio trasero cuando fuera de noche y pasearse en él. Pero, ante el asombro, el
desconcierto y la indignación de Boon, todo lo que el señor Buffaloe quería era
descubrir por qué andaba.
—¡Lo ha destrozado! —dijo Boon—. ¡Le ha quitado todas las piezas para ver
qué había dentro! ¡No conseguirá nunca armarlo de nuevo!
Pero Buffaloe lo hizo. Estuvo presente, dulce, grasiento y amablemente
soñador, cuando, dos semanas después, regresó el propietario, lo arrancó con un
golpe de manivela y se fue con él; y un año después Buffaloe se había fabricado
otro, motor, caja de cambios y todo, incorporado a una calesa con ruedas de
goma; aquella tarde, ruidosamente maloliente, al cruzar la plaza con todo sosiego,
sin correr en absoluto, asustó a los caballos del coronel Sartoris, que se
desbocaron y destruyeron casi por completo su carruaje, que, afortunadamente,
estaba vacío; la noche del siguiente día y a estaba oficialmente registrada en los
archivos de Jefferson una ordenanza prohibiendo el uso de cualquier vehículo de
propulsión mecánica dentro de los límites del municipio. Por lo tanto, como
presidente del banco más antiguo y prestigioso del distrito de Yoknapatawpha, mi
abuelo se vio forzado a comprar uno o, de lo contrario, a tener que obedecer a los
mandatos del presidente de un banco más reciente. ¿Entiendes lo que quiero
decir? No de may or o menor importancia en la jerarquía social de la ciudad, y
menos aún rivales dentro de ella, sino banqueros, sacerdotes consagrados a los
impenetrables e ineluctables misterios de las Finanzas; era como si, pese a su
oposición, irreductible, rígida y eterna, a la era de las máquinas, aunque se
negara a admitir incluso su existencia, a mi abuelo se le hubiera concedido en
algún lugar, en los comienzos, algo así como una visión pesadillesca del vasto e
ilimitado futuro de nuestra nación en el cual la unidad básica de su economía y
prosperidad sería un cubículo fabricado en serie y provisto de motor y cuatro
ruedas.
Así que compró el automóvil y Boon encontró la doncella pura que su alma
anhelaba, el amor virginal para su tosco e inocente corazón. Se trataba de un
Winton Fly er
[1]
. (El primer coche del que fue propietario —fuimos propietarios
— antes del White Steamer
[2]
, por el que mi abuelo cambió el Winton Fly er
cuando mi abuela decidió, dos años después, que no soportaba el olor a gasolina.)
Se le hacía arrancar manualmente, colocándose delante del vehículo, sin otro
riesgo (con tal de que uno se acordara de dejarlo en punto muerto) que la ruptura
de uno o dos huesos del antebrazo; disponía de lámparas de queroseno para viajar
de noche y, cuando amenazaba lluvia, cinco o seis personas podían colocar
fácilmente el techo y las cortinas laterales en unos diez o quince minutos, y mi
abuelo en persona lo equipó además con una linterna de queroseno, un hacha
nueva y un rollito de alambre de púas unido a un juego ligero de poleas para el
caso de que se saliera con él más allá de los límites del municipio. Equipo con el
cual se podía —y de hecho el automóvil lo hizo en una ocasión, como explicaré
enseguida— llegar incluso hasta Memphis. Todos los miembros de la familia —
abuelos, padres, tías, primos y niños— teníamos además un atuendo especial
para viajar en él, compuesto de velo, gorra, gafas de aviador, guantes reforzados
para evitar traumatismos y un largo ropaje informe cerrado hasta el cuello y de
color neutro llamado guardapolvo, del que también hablaré más adelante.
Para entonces hacía ya tiempo que el señor Buffaloe había enseñado a Boon
a conducir su automóvil de fabricación casera. Por supuesto, no podían utilizar las
calles de Jefferson —de hecho nunca volvieron a salir con el vehículo más allá
de la línea que marcaba la valla delantera del señor Buffaloe—, pero detrás de su
casa había un descampado que con el tiempo el señor Buffaloe y Boon
aplastaron y alisaron (en cierta medida) hasta lograr un autódromo relativamente
aceptable. De manera que cuando Boon y el señor Wordwin, el cajero del banco
de mi abuelo (soltero, figura social y hombre muy conocido en Jefferson; en diez
años había sido trece veces padrino de boda), fueron a Memphis en tren y
regresaron con el automóvil (en menos de dos días: un récord), Boon ya estaba
destinado a ser el decano de los chóferes de Jefferson.
A continuación, por lo que a los sueños de Boon se refiere, mi abuelo abolió el
automóvil. Lo compró, pagó lo que Boon llamaba un buen puñado de dinero en
metálico, lo contempló una vez con detenimiento y de manera inescrutable y
acto seguido lo eliminó de la circulación, aunque no por completo, como es
lógico; aún existía la arrogante ordenanza del coronel Sartoris que mi abuelo, por
ser el banquero más antiguo, no podía permitirse el lujo de respetar, fuera cual
fuese su opinión sobre los vehículos motorizados. A decir verdad, el coronel
Sartoris y él estaban totalmente de acuerdo en aquel asunto; hasta el día de su
muerte (para entonces el humo de gasolina perfumaba el aire diurno del distrito
de Yoknapatawpha y el estrépito de parachoques en colisión y el chirriar de
frenos amenizaba sus noches, las de los sábados especialmente) ninguno de los
dos prestó un céntimo a cualquiera de sus conciudadanos del que simplemente
sospecharan que fuese a adquirir un automóvil con el préstamo solicitado. El
delito del coronel Sartoris fue sencillamente haberse adelantado a su colega más
antiguo en la adopción de una medida que ambos aprobaban: la de prohibir
oficialmente los automóviles en Jefferson antes incluso de que aparecieran en la
ciudad. ¿Te das cuenta? Mi abuelo no compró el automóvil como desafío a la
ordenanza del coronel Sartoris. Se trataba sencillamente de una tranquila
abrogación, cuidadosamente meditada, de la susodicha ordenanza, aunque fuera
tan sólo mediante una demostración semanal.
Ya antes de la ordenanza del coronel Sartoris, el abuelo había trasladado
carruaje y caballos del patio trasero de su casa a la caballeriza, donde de hecho
resultaban más accesibles a las llamadas telefónicas de la abuela que a sus gritos
desde una ventana del piso alto, porque cuando sonaba el teléfono de la
caballeriza siempre respondía alguien. Cosa que Ned, desde la cocina o la cuadra
o dondequiera que estuviese (o se suponía que tenía que estar cuando la abuela lo
necesitaba), no siempre hacía. A decir verdad, lo más frecuente era que se
hallase fuera del alcance de cualquier voz procedente de casa de la abuela,
puesto que una de ellas era la de su mujer. Así que ahora llegamos a Ned. Ned
era el cochero del abuelo. Su mujer (la de entonces; tuvo cuatro) era Delphine, la
cocinera de la abuela. Por aquella época tan sólo mi madre lo llamaba « tío»
Ned. Quiero decir que era la que insistía en que nosotros, los niños —tres de
cuatro, exactamente, porque Alexander aún no tenía edad de llamar nada a nadie
—, lo llamásemos tío Ned. A nadie más le importaba que lo hiciésemos o no, ni
siquiera a la abuela, que también era una McCaslin, ni por supuesto al mismo
Ned, que ni siquiera se había ganado aquel título viviendo el tiempo suficiente
para que la franja de pelo que abrazaba su calvo cráneo empezara a grisear ni
mucho menos a encanecer (no le pasó nunca. Me refiero a su cabello, que nunca
se volvió ni blanco ni tampoco gris. Cuando murió, a los setenta y cuatro años,
con la excepción de haberse dejado cuatro esposas en el camino, no había
cambiado en absoluto), y que quizá tampoco quería que se le llamara tío; nadie
insistía en ello, con la excepción de mi madre, que, desde el punto de vista de los
McCaslin, ni siquiera era familia nuestra. Porque Ned era un McCaslin, nacido en
nuestro patio trasero en 1860. Ned era la vergüenza, el secreto de la familia;
nosotros lo heredamos, cuando nos llegó el turno, junto con su leyenda (que no
contaba con otro apoy o más firme que el mismo Ned) de que su madre había
sido hija natural del viejo Lucius Quintus Carothers en persona y una esclava
negra; Ned nunca permitió que olvidáramos que él, junto con el primo Isaac, era
nieto auténtico del viejo y venerado Lancaster, mientras que nosotros, simples
Edmonds y Priest que nos ganábamos el pan con el sudor de la frente, incluso
aunque tres de nosotros —tú, yo y mi abuelo— llevásemos su nombre de pila, no
éramos más que parientes de segunda clase y parásitos.
Así que cuando Boon y el señor Wordwin llegaron con el automóvil, la
cochera estaba lista para recibirlo: tenía un suelo y una puerta nuevos, junto con
un candado todavía sin estrenar que el abuelo llevaba y a en la mano mientras se
paseaba alrededor del automóvil, mirándolo exactamente como habría
examinado el arado o la segadora o la carreta (al solicitante también, si vamos a
ello) que algún futuro cliente del banco ofrecía para conseguir un préstamo.
Luego le hizo un gesto a Boon para que lo metiera en el garaje (sí, claro, y a
sabíamos que ése era el nombre de un local destinado a guardar automóviles,
incluso en 1904 y en Mississippi).
—¿Qué? —dijo Boon.
—Mételo dentro —dijo el abuelo.
—¿Ni siquiera va usted a probarlo? —preguntó Boon.
—No —respondió el abuelo. Boon metió el coche en el garaje y luego salió
(solo). La primera expresión de su rostro había sido asombro, sustituido ya por el
susto, la intuición, algo semejante al terror—. ¿Tiene una llave? —preguntó el
abuelo.
—¿Qué? —respondió Boon.
—Un pestillo. Una clavija. Un gancho. Una cosa para ponerlo en marcha —
Boon se sacó lentamente algo del bolsillo y lo dejó en la mano del abuelo—.
Cierra las puertas —dijo el abuelo; él mismo se acercó, colocó el candado y lo
cerró y también se guardó la llave en el bolsillo. Boon mientras tanto mantenía
una batalla consigo mismo. Había entrado en crisis; la situación era desesperada.
Yo (nosotros, el señor Wordwin, la abuela, Ned, Delphine y todos los blancos y
negros que estaban en la calle cuando llegó el automóvil) vi, vimos, cómo ganaba
aquella batalla, o, por lo menos, el combate inicial entre destacamentos.
—Estaré aquí después del almuerzo, para que la señorita Sarah (se refería a
la abuela) pueda probarlo. A eso de la una. Pero vendré antes si le parece
demasiado tarde.
—Te mandaré recado a la caballeriza —dijo el abuelo.
Porque se trataba de un combate con todos los efectivos y no de un simple
escarceo entre avanzadillas. Era todo o nada, ganar o perder; intervenían la
logística y el terreno; finta, estocada y parada, engaño; pero, sobre todo,
paciencia, la perspectiva a largo plazo. Duró los tres días que faltaban hasta el
sábado. Boon volvió a la caballeriza; toda aquella primera tarde no estuvo nunca
muy lejos del teléfono, aunque no de manera ostensible, demasiado evidente,
cuidando de que no trasluciera su preocupación; incluso hizo su trabajo, o, al
menos, eso fue lo que se crey ó hasta que mi padre descubrió que Boon, por su
cuenta y riesgo, había delegado en Luster para que fuera con el coche de alquiler
a esperar el tren de la tarde, cuy a llegada (a no ser que viniera con retraso)
siempre coincidía con la hora, el momento, en que el abuelo terminaba su
jornada laboral en el banco. Porque si bien la batalla era todavía una acción
defensiva, de resistencia, que requería —más aún, que exigía— atención y
vigilancia constantes en lugar de una ofensiva capaz de progresar por impulso
propio, Boon seguía sintiéndose confiado, dominador de la situación: « Sí, claro.
He mandado a Luster. Tal como está creciendo esta ciudad, dentro de nada
vamos a necesitar dos coches de alquiler para los trenes, y vengo pensando en
Luster como segundo cochero desde hace bastante tiempo. No se preocupe; voy
a tenerlo vigilado» .
Pero el teléfono seguía sin sonar. Cuando el reloj dio las seis, hasta el mismo
Boon admitió que no se produciría ninguna llamada. Pero se trataba de una
acción de resistencia; aún no se había perdido nada y, aprovechándose de la
oscuridad, Boon podía incluso cambiar un poco la posición de sus efectivos. A la
mañana siguiente, a eso de las diez, él y y o —los dos— entramos en el banco
como si pasáramos por allí casualmente.
—Déjeme las llaves —le dijo al abuelo—. Ese coche y a tiene debajo todo el
polvo y barro de Mississippi, además del polvo y el barro de Tennessee. Me
llevaré la manguera de la caballeriza, por si acaso Ned ha puesto la de ustedes en
algún sitio donde no se vea.
El abuelo miraba a Boon, se limitó a mirarlo sin apresurarse, como si Boon
fuese la persona que venía con una carreta o con una máquina para atar balas de
algodón a pedir un préstamo de quince dólares.
—No quiero que se moje el interior de la cochera —dijo el abuelo. Pero
Boon estuvo a su altura, tan despreocupado e incluso más indiferente, hasta con
más tiempo disponible, utilizable.
—Claro, claro. Recuerde que el vendedor dijo que había que poner el motor
en marcha todos los días. No es que hay a que ir a ningún sitio: se trata tan sólo de
evitar que las bujías y la magneto se oxiden y que luego cambiarlas le cueste a
usted veinte o veinticinco dólares y hay a que ir a buscarlas a Memphis o a algún
otro sitio, incluso a la misma fábrica. No le estoy culpando a usted; todo lo que sé
es que fue eso lo que dijo; y o tengo que fiarme de su palabra. Es cierto que se lo
podría usted permitir. Es el dueño del automóvil, y si quiere que se oxide es
asunto suy o. Un caballo sería distinto. Incluso aunque hubiera pagado menos de
cien dólares por un caballo, me tendría usted ahí fuera al amanecer tirando de él
al extremo de una soga, sólo para que le funcionaran bien las tripas —porque el
abuelo era un buen banquero y Boon no ignoraba que no sólo sabía cuándo
ejecutar una hipoteca, sino también cuándo llegar a un acuerdo o incluso
anularla. De modo que se metió la mano en el bolsillo y le entregó a Boon las dos
llaves: la del candado y el artilugio que ponía el automóvil en marcha—. Vamos
—me dijo Boon, dándose la vuelta.
Mientras nos acercábamos, calle adelante, oímos la voz de la abuela que
gritaba desde la ventana trasera del piso alto preguntando por Ned, aunque
cuando llegamos a la verja ya había renunciado. Al cruzar el patio de atrás para
coger la manguera, Delphine salió por la puerta de la cocina.
—¿Dónde está Ned? —preguntó—. Llevamos llamándolo toda la mañana. ¿Es
que se ha ido a la caballeriza?
—Seguro —dijo Boon—. Ya se lo diré. Pero no lo esperen
Ned estaba delante del garaje. Él y dos de mis hermanos eran como una
sucesión de escalones tratando de ver por las rendijas de la puerta del garaje.
Imagino que Alexander también hubiera estado allí de no haber sido porque no
andaba aún; no sé por qué la tía Callie no había pensado en ello. Luego apareció;
mi madre cruzó la calle desde nuestra casa con él en brazos. De manera que
quizá la tía Callie estuviera todavía lavando pañales.
—Buenos días, señorita Alison —dijo Boon—. Buenos días, señorita Sarah —
añadió, porque también había aparecido la abuela, seguida de Delphine. Y acto
seguido se presentaron dos señoras más, vecinas, todavía con la cofia. Porque
quizá Boon no era banquero, ni tampoco muy buen comerciante. Pero estaba
demostrando ser un excelente guerrillero. Retiró el candado de la puerta del
garaje y la abrió. Ned entró el primero.
—Bien —le dijo Boon—, has estado aquí desde el amanecer para ver algo a
través de esa grieta. ¿Qué te parece?
—No me parece nada —dijo Ned—. Por ese dinero el jefe Priest se podría
haber comprado el mejor caballo de doscientos dólares de todo el distrito de
Yoknapatawpha.
—No hay ningún caballo de doscientos dólares en el distrito de
Yoknapatawpha —dijo Boon—. Si los hubiera, se podrían comprar diez con este
automóvil. Anda y enchufa la manguera.
—Anda y enchufa la manguera, Lucius —me dijo Ned; ni siquiera se volvió
para mirar. Se acercó a la portezuela del automóvil y la abrió. Era la del asiento
de atrás. Los asientos de delante no tenían portezuela en aquellos tiempos; subías
y y a estabas dentro—. Vamos, señorita Sarah, usted y la señorita Alison —dijo
Ned—. Delphine esperará con los niños al viaje siguiente.
—Tú vete a enchufar la manguera como te he dicho —repitió Boon—. Antes
de hacer nada con él tengo que sacarlo de aquí.
—Supongo que no lo vas a levantar en vilo para sacarlo, ¿verdad? —dijo Ned
—. Imagino que podemos montarnos mientras lo haces. Supongo que tendré que
conducirlo, de manera que cuanto antes empiece, más rápido será —añadió—.
Ji, ji, ji. Vamos, señorita Sarah.
—¿No hay ningún inconveniente, Boon? —preguntó la abuela.
—Ninguno, señorita Sarah —respondió Boon. La abuela y mi madre subieron
al automóvil. Antes de que Boon pudiera cerrar la puerta, Ned estaba ya en el
asiento delantero.
—Sal de ahí —dijo Boon.
—No te preocupes por mí y atiende a tus asuntos, si es que sabes cómo —dijo
Ned—. No pienso tocar nada hasta que sepa lo que tengo que hacer, y no voy a
aprenderlo sólo con estar aquí sentado. Anda y arráncalo, o lo que sea que tienes
que hacer.
Boon dio la vuelta hasta el lado del chófer y movió los interruptores y las
palancas; luego se puso delante del automóvil y dio un tirón a la manivela. Al
tercer intento el motor empezó a rugir.
—¡Boon! —exclamó la abuela.
—¡No se preocupe, señorita Sarah! —gritó Boon por encima del ruido,
volviendo a todo correr junto al volante.
—¡Me da igual! —dijo la abuela—. ¡Sube enseguida! ¡Estoy nerviosa! —
Boon se subió al coche, hizo que el motor se sosegara y cambió de sitio las
palancas; pasó un momento y a continuación el automóvil retrocedió suave y
lentamente hasta salir de la cochera al patio y al sol; acto seguido se detuvo.
—Ji, ji, ji —rió Ned.
—Ten cuidado, Boon —dijo la abuela. Yo veía cómo se agarraba con fuerza a
una barra.
—Sí, señora —dijo Boon. El automóvil se movió de nuevo, marcha atrás,
empezando a girar. Luego se movió hacia adelante, girando todavía; la mano de
la abuela todavía se agarraba con fuerza a la barra. La cara de mi madre parecía
la de una niña. El coche cruzó el patio tranquila y lentamente hasta situarse
delante de la puerta de la cerca que daba al callejón, al mundo exterior, y allí se
detuvo. Y Boon no dijo nada: se limitó a seguir allí, detrás del volante, el motor en
marcha, suave y tranquilo, la cabeza suficientemente vuelta para que la abuela le
viera la cara. Sí, desde luego, quizá no fuera un mago de los efectos mercantiles,
como el abuelo, y había personas en Jefferson que habrían dicho que tampoco
destacaba en ninguna otra actividad humana, pero con ocasión de aquella
escaramuza demostró ser un luchador de consumada habilidad y elegancia. La
abuela no dijo nada por espacio quizá de medio minuto. Luego aspiró muy hondo
y dejó escapar el aire.
—No —dijo—. Tenemos que esperar al señor Priest —quizá no fuera una
victoria, pero, de todos modos, nuestro lado (Boon) no sólo había descubierto el
punto débil en el frente enemigo (el del abuelo), sino que aquella misma noche, a
la hora de la cena, también lo descubriría el enemigo en persona.
Descubrió de hecho que había sido desbordado por uno de los flancos. La
tarde siguiente (sábado), una vez concluida la jornada en el banco, y, a partir de entonces, todas las tardes de los sábados y, más adelante, al llegar el verano,
todas las tardes, si no llovía, el abuelo delante, al lado de Boon, y el resto de
nosotros por turno (la abuela, mi madre, y o y mis tres hermanos y la tía Callie,
nuestra niñera, así como mi padre y Delphine y nuestros diversos parientes y
vecinos y las amigas íntimas de la abuela), en el orden establecido, con los
guardapolvos de hilo y las gafas de aviador, nos paseábamos por Jefferson y por
los campos de los alrededores; la tía Callie y Delphine cuando les correspondía,
pero no Ned. Ned sólo montó una vez en el coche: aquel minuto mientras salía
lentamente del garaje marcha atrás, y los dos minutos que tardó en girar y
dirigirse lentamente a través del patio hasta que a la abuela le faltó valor y dijo
« No» a la puerta de la cerca y al mundo exterior, pero nunca más. Al llegar el
segundo sábado y a se había dado cuenta, aceptándolo —o se había convencido al
menos—, de que incluso si el abuelo se había propuesto alguna vez convertirlo en
conductor y guardián del automóvil, sólo hubiera podido acercarse al vehículo
pasando por encima del cadáver de Boon. Pero aunque se negó a reconocer la
existencia del automóvil, el abuelo y él llegaron a un tácito acuerdo entre
caballeros sobre aquel asunto: Ned nunca hablaría despreciativamente ni de su
propietario ni de su presencia en la casa, y el abuelo nunca le ordenaría que lo
lavara y sacara brillo como hacía con el coche de caballos; algo que tanto el
abuelo como Ned sabían que este último se hubiera negado a hacer, incluso
aunque Boon se lo hubiera permitido; mediante lo cual el abuelo infligía a Ned el
único castigo posible por su apostasía, al negarse a darle la oportunidad pública de
que se negara a lavar el automóvil antes de que Boon tuviera una oportunidad
pública de negarse a dejarle hacerlo.
Porque fue entonces cuando Boon pasó —fue transferido por mutuo e
instantáneo consentimiento— del turno de día al turno de noche de la caballeriza.
De lo contrario el negocio de los coches de alquiler no hubiera vuelto a saber
nada de él. Los componentes de la clase acomodada de Jefferson, amigos y
conocidos de mi padre, o tal vez simples amigos de los caballos, que podrían
haber utilizado la dirección de la caballeriza como dirección comercial
permanente —en el caso de que tuvieran algún negocio o esperasen
correspondencia—, eran allí menos desconocidos que Boon. Si ahora alguien, mi
padre, por ejemplo, quería ver a Boon, me mandaba al patio del abuelo, donde
estaría lavando y sacando brillo al automóvil; algo que hizo incluso durante
aquellas primeras semanas, cuando sólo salía del patio de sábado en sábado,
sacándolo marcha atrás del cobertizo y lavándolo de nuevo todas las mañanas,
tiernamente absorto, de arriba abajo, hasta el último radio y la última tuerca, y
luego haciendo guardia mientras se secaba.
—Va a ablandarle la pintura con tanta agua —dijo el señor Ballott—. ¿Sabe el
Jefe que tiene a ese automóvil bajo la manguera cuatro o cinco horas todos los
días?
—¿Y qué más da? —dijo mi padre—. En cualquier caso se pasaría todo el día
en el patio mirándolo.
—Póngalo en el turno de noche —dijo el señor Ballott—. Luego podrá hacer
lo que quiera con las horas del día y John Powell se irá a casa y dormirá por la
noche en cama para variar.
—Ya lo he hecho —dijo mi padre—. Tan pronto como encuentre a alguien
que vay a a ese patio y se lo diga.
En el cuarto de los arneses había un colchón de vainas de mazorca en el que
hasta entonces John Powell o alguno de los otros cocheros o mozos de cuadra
bajo su mando pasaba siempre la noche, fundamentalmente como vigilantes
nocturnos en caso de fuego. Ahora mi padre instaló una litera y un colchón en el
mismo despacho, donde Boon lograba conciliar un poco el sueño, algo que
necesitaba, puesto que y a podía, con total impunidad, pasarse todo el día en el
patio del abuelo lavando el automóvil o simplemente mirándolo.
De manera que todas las tardes, los que cabíamos en el asiento de atrás, de
acuerdo con los turnos establecidos, cruzábamos la plaza y llegábamos al campo;
el abuelo había instalado y a el equipo de emergencia, que llegaría a ser una parte
tan inseparable del conjunto del automóvil como el motor que lo movía.
Pero siempre pasábamos primero por la plaza. Cualquiera hubiera pensado
que tan pronto como el abuelo compró el automóvil habría hecho lo mismo que
habrías hecho tú si hubieses comprado el automóvil con ese fin: esperar a que
apareciese el coronel Sartoris con su coche de caballos, tenderle una emboscada,
atacarlo y darle una buena lección para que aprendiera a no aprobar ordenanzas
municipales para restringir los derechos y privilegios de otros sin consultar
primero a quienes estaban por encima de él. Pero el abuelo no hizo eso. A la
larga nos dimos cuenta de que no le interesaba el coronel Sartoris: le interesaban
los pares de mulas, los vehículos. Porque y a te he dicho que era un hombre
clarividente, un hombre capaz de proyectarse hacia el futuro: la abuela tensa y
rígida y agarrada a la barra que tenía más cerca y ni siquiera llamando al abuelo
señor Priest, como venía haciendo desde que la conocíamos, sino llamándolo por
su nombre de pila, como si no fuese pariente suy o, y el caballo o la pareja de
mulas a los que nos acercábamos frenados con las riendas y dispuestos a
asustarse y a veces incluso encabritándose y la abuela diciendo « ¡Lucius!
¡Lucius!» y el abuelo (si era varón el que guiaba y no había mujeres o niños en
la calesa o en la carreta) diciéndole tranquilamente a Boon:
—No pares. Sigue adelante. Pero ahora despacio.
O, cuando una mujer llevaba las riendas, diciéndole a Boon que se detuviera
para apearse él mismo, hablar tranquilamente y sin pausa con el caballo
asustado, conseguir sujetarlo por el bocado, hacer avanzar el vehículo hasta dejar
atrás al automóvil, quitarse luego el sombrero para saludar a las señoras de la
calesa, volver e instalarse de nuevo en el asiento delantero y sólo entonces
responder a la abuela:
—Tenemos que conseguir que se acostumbren. ¿Quién sabe? Quizá aparezca
otro automóvil en Jefferson en los próximos diez o quince años.
A decir verdad, aquel sueño que, sin ay uda de nadie, el señor Buffaloe había
hecho realidad en el patio trasero de su casa dos años atrás, estuvo a punto de
curar al abuelo de un hábito que tenía desde los diecinueve años. El abuelo
mascaba tabaco. La primera vez que volvió la cabeza para escupir mientras el
automóvil estaba en marcha, los que estábamos en el asiento de atrás no supimos
lo que iba a suceder hasta que y a era demasiado tarde. ¿Cómo hubiéramos
podido saberlo? Ninguno de nosotros había recorrido antes en un automóvil
(sucedió durante la primera salida) otra distancia que la que separaba la cochera
de la puerta del patio, y no digamos nada de ir a una velocidad de veintitantos
kilómetros por hora (aunque eso era otra historia: cuando hacíamos veinte
kilómetros por hora, Boon decía siempre que íbamos a treinta; a treinta decía que
a cincuenta; y cuando descubrimos un trozo recto de carretera de casi un
kilómetro a poca distancia de la ciudad donde el coche llegaba a los cuarenta, a
Boon le oí decir a un grupo en la plaza que allí el automóvil alcanzaba los
noventa; todo eso antes de que se enterase de que sabíamos que el aparato del
salpicadero que parecía un manómetro era en realidad un velocímetro), de
manera que, ¿cómo podíamos esperárnoslo? Por otra parte, tampoco supuso la
menor diferencia para los demás; todos llevábamos gafas de aviador,
guardapolvo y velo, e incluso aunque los guardapolvos fuesen nuevos, las
manchas y salpicaduras no eran más que manchas y salpicaduras marrones, y el
hecho de que se los llamara guardapolvos no era razón para que estuvieran
destinados a enfrentarse únicamente con el polvo. Quizá sucedió porque la abuela
estaba sentada en el lado izquierdo (por entonces los automóviles se conducían
desde el lado derecho, como las calesas; ni siquiera Henry Ford, un hombre tan
clarividente como el abuelo, había adivinado aún que el volante terminaría por
estar a la izquierda), exactamente detrás del abuelo e, inmediatamente, le dijo a
Boon: « Para el automóvil» , y se quedó allí sentada, más que furiosa, fría e
implacablemente ultrajada y escandalizada. Acababa por entonces de cumplir
los cincuenta (tenía quince cuando se casó con el abuelo) y en aquellos cincuenta
años había creído tan poco probable que un hombre, y menos aún su marido,
fuese a escupirle en la cara, como que, por ejemplo, Boon abordara una curva
de la carretera sin tocar la bocina.
—Llévame a casa —dijo, sin dirigirse a nadie en particular; sin alzar siquiera
la mano para limpiarse el escupitajo.
—Vamos, Sarah —dijo el abuelo—. Vamos, Sarah —tiró el trozo de tabaco de
mascar y se sacó del otro bolsillo el pañuelo limpio, pero la abuela no quiso
siquiera cogerlo. Boon se había puesto ya en marcha para llegar a una casa que
se veía desde el coche y conseguir una palangana con agua y jabón y una toalla,
pero la abuela tampoco aceptó aquello.
—No me toques —dijo—. Sigue conduciendo —de manera que seguimos
adelante, la abuela con la larga salpicadura marrón que ya se iba secando y que
descendía por uno de los cristales de sus gafas de aviador hasta la mejilla, pese a
que mi madre se ofreció una y otra vez a escupir en su pañuelo y a limpiársela.
—Haz el favor de dejarme tranquila, Alison —dijo la abuela.
Pero mi madre era distinta. A ella no le importaba el tabaco, al menos no le
importaba en el coche. Quizá fuera ésa la razón, porque durante aquel verano
éramos casi siempre mi madre, nosotros, la tía Callie y uno o dos hijos de los
vecinos los que ocupábamos el asiento de atrás; el rostro de mi madre ruborizado,
resplandeciente y entusiasta, como el de una muchachita. Porque había
inventado una especie de escudo sobre un mango, parecido a un gran abanico, lo
bastante ligero para alzarlo casi tan deprisa como el abuelo era capaz de girar la
cabeza. De manera que el abuelo podía mascar sin preocuparse, mi madre
siempre atenta y preparada con la pantalla protectora; de hecho todos éramos y a
muy rápidos, por lo que casi antes del momento en que el abuelo descubría que
iba a tener que girar la cabeza hacia la izquierda para escupir, y a estaba alzado el
escudo y todos los ocupantes del asiento de atrás nos habíamos inclinado hacia la
derecha, como sujetos con un alambre, a una velocidad de treinta y cuarenta
kilómetros por hora, porque y a había dos vehículos a motor más en Jefferson
aquel verano; era como si los automóviles mismos estuvieran alisando las
carreteras mucho antes de que el dinero que representaban empezase a obligar a
hacerlo a las autoridades.
—Dentro de veinticinco años se podrá conducir un automóvil por todas las
carreteras del distrito, sin que importe el tiempo que haga —dijo el abuelo.
—¿No costará eso una barbaridad de dinero, papá? —preguntó mi madre.
—Costará muchísimo dinero —respondió el abuelo—. Los constructores de
carreteras emitirán obligaciones. El banco las comprará.
—¿Nuestro banco? —preguntó mi madre—. ¿Comprar obligaciones que
tengan que ver con automóviles?
—Sí —respondió el abuelo—. Las compraremos.
—Pero ¿qué será de nosotros? Me refiero a Maury.
—Seguirá en el negocio de llevar y traer personas y mercancías —dijo el
abuelo—. Aunque tendrá un nombre nuevo. Quizá Garaje Priest, o Compañía
Motorizada Priest. La gente pagará lo que sea necesario por moverse. Y hasta
trabajarán en ello. Mira las bicicletas. Mira a Boon. No sabemos por qué.
Luego, al siguiente mes de may o, murió en Bay St Louis mi otro abuelo, el
padre de mi madre.

