Leer Libro La Escapada de William Faulkner - PDF - Capitulo V y VI

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Boon nos había dicho que tan pronto como superásemos Hell Creekestaríamos en
la civilización; trazó un cuadro en el que, a partir de allí, todas las carreteras
estaban tan plagadas de automóviles como un perro de pulgas. Aunque quizá
primero fuese necesario dejar muy atrás Hell Creek, como si se tratara del limbo
o del olvido o, por lo menos, perderlo de vista por completo; quizá no nos
hiciéramos dignos de la civilización hasta que nos quitásemos de encima el barro
de Hell Creek. En cualquier caso, de momento aún no pasaba nada. El dueño de
las mulas se embolsó los seis dólares y se alejó con sus animales y su aparejo;
me fijé en que no volvía a la casita sino que se daba la vuelta, atravesaba el
pantano y desaparecía, como si hubiera terminado su jornada laboral; también
Ned se dio cuenta.
—No se mata a trabajar —dijo Ned—. No le hace falta. Ya se ha ganado seis
dólares y ni siquiera es hora de almorzar.
—Por lo que a mí se refiere, sí que es hora —dijo Boon—. Trae también el
almuerzo.
Así que cogimos la comida que nos había preparado la señorita Ballenbaugh,
el juego de poleas, el hacha, la pala, los zapatos, los calcetines y mis pantalones
(no podíamos hacer nada con el automóvil, aparte de que hubiera sido trabajar
en balde; primero teníamos que llegar a Memphis, donde sin duda —al menos
eso esperábamos— no encontraríamos ya más baches llenos de barro), volvimos
con todo ello al río, lavamos las herramientas y enrollamos el juego de poleas.
Tampoco se podía hacer mucho más con la ropa de Boon y de Ned, aunque Boon
se metió vestido en el agua, se lavó y trató de convencer a Ned para que hiciera
lo mismo, y a que él —Boon— llevaba una muda de ropa en la bolsa de mano.
Pero Ned se limitó a quitarse la camisa y a ponerse de nuevo la chaqueta. Creo
que ya te he hablado de su cartera, que más que llevarla cuando iba de viaje,
formaba parte de su indumentaria, como pasa con los diplomáticos, que, en
ocasiones, llevan todavía menos (menos de lo que Ned llevaba en la suya: la
Biblia y dos cucharadas de whisky, el mejor del abuelo, probablemente).
Almorzamos —jamón y pollo frito y bollos y peras en compota hechas en
casa y tarta y una jarra de suero de leche— y guardamos el equipo de
emergencia con que teníamos que desafiar el barro (y que al final no había sido desafío sino humillante baladronada), medimos la gasolina que quedaba en el
depósito —una precaución relacionada con el tiempo más que con la distancia—
y seguimos adelante. Porque la suerte ya estaba echada; no nos paramos a sentir
remordimientos ni pesar ni nos detuvimos a meditar sobre lo que podría haber
sido; si al atravesar el Puente de Hierro y cambiar de distrito habíamos cruzado
el Rubicón, cuando superamos Hell Creek alzamos la compuerta y prendimos
fuego al puente. Y nos pareció que habíamos ganado una suspensión de pena
como recompensa por la invencible firmeza, o por la negativa a admitir la
derrota cuando nos enfrentábamos con ella o ella se enfrentaba con nosotros. O
quizá fuese que la Virtud se había rendido, dejando que la No-virtud nos cuidara
y nutriera y mimara del modo a que nos habíamos hecho acreedores al aceptar
la venta y a inevitable de nuestras almas.
La tierra misma parecía haber cambiado. Las granjas eran más grandes,
más prósperas, con cercas mejor cerradas y las casas bien pintadas, incluidos los
graneros; el aire mismo resultaba ciudadano. Finalmente llegamos a una
carretera ancha que se extendía hasta muy lejos recta como una plomada, y en
la que había señales de muchas ruedas. « ¿Qué os había dicho? La carretera que
lleva a Memphis» , dijo Boon con tono triunfal, como si hubiéramos puesto en
duda sus palabras o la hubiera inventado él para refutarnos; como si la hubiera
creado, limpiándola de vegetación y nivelándola y alisándola con sus propias
manos (añadiendo incluso las señales de las ruedas). Alcanzábamos con la vista a
kilómetros de distancia, pero mucho más cerca se divisaba, creciendo
rápidamente, una nube de polvo que tenía algo de portento, de promesa. Era
indudablemente real, viajaba muy deprisa y su tamaño no tenía nada de
despreciable; ni siquiera nos sorprendió que contuviera un automóvil; nos
cruzamos, entremezclando nuestro polvo en una nube gigantesca a modo de
columna, poste indicador levantado y destinado a cubrir la tierra con el presagio
del futuro: las hormigas que van y vienen, la incurable comezón del pago
aplazado; el inevitable destino mecanizado, motorizado de los Estados Unidos de
América.
Y y a, grises de polvo desde la punta del pie hasta las cejas (en especial Boon,
con la ropa todavía mojada), podíamos hacer tiempo, aunque no ir deprisa
durante un rato; sin apagar el motor Boon se apeó y, con paso enérgico, dio la
vuelta alrededor del coche, hasta llegar a donde yo estaba y me dijo con tono
igualmente enérgico:
—Bien. Córrete. Ya sabes cómo se hace. Pero no creas que eres una
locomotora de las que van a sesenta kilómetros por hora.
Así que conduje a través de la soleada tarde de may o. Pero no pude verla,
porque estaba demasiado ocupado, demasiado concentrado (de acuerdo,
demasiado nervioso y orgulloso): la tarde del día del Señor, tarde de descanso; de
algodón y maíz creciendo tranquilos, de mulas domingueras y ociosas en los
pastos; de gente, todavía con la ropa de los días de fiesta, sentada en galerías o en
patios umbrosos con un vaso de limonada o un plato con el helado que había
sobrado del almuerzo. Luego también aumentamos la velocidad; Boon dijo:
« Ahora vamos a pasar por algunos pueblos. Será mejor que me ponga yo al
volante» . Seguimos avanzando. Se multiplicaban los signos de civilización:
tiendas rurales aisladas y caseríos en los cruces de caminos; apenas dejábamos
uno atrás cuando ya aparecía otro; el comercio abundaba a nuestro alrededor, el
aire era sin duda ciudadano, el mismo polvo que levantábamos y movíamos tenía
sabor metropolitano al posársenos en la lengua y en las ventanillas de la nariz; ni
los niños ni los perros corrían ya hasta verjas y cercas para vernos ni lo habían
hecho tampoco para ver los otros tres automóviles con que nos habíamos cruzado
en los últimos veinte kilómetros.
Luego el campo desapareció por completo. Ya no había intervalos entre las
casas, las tiendas y los almacenes; de repente tuvimos delante un bulevar muy
ancho con árboles equidistantes a los lados y raíles en el centro; y, efectivamente,
allí estaba el tranvía en persona, el cobrador y el maquinista bajando el trole
trasero y alzando el de delante para cambiar de dirección y volver a la calle
May or.
—Dos minutos para las cinco —dijo Boon—. Hace veintitrés horas y media
estábamos en Jefferson, Missippi
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, a ciento veinte kilómetros. Un récord.
Yo había estado ya en Memphis (Ned también. Nos lo había dicho por la
mañana; treinta minutos después nos lo probaría), pero siempre había hecho el
viaje en tren, nunca de aquel modo: viendo cómo Memphis crecía, aumentaba;
asimilándolo pausadamente como una cucharada de helado deshaciéndose en la
boca. Nunca había pensado en ello excepto para dar por sentado que iríamos al
hotel Gayoso, como mi familia —yo, por lo menos— había hecho siempre. De
manera que no sé a quién le ley ó esta vez el pensamiento Boon.
—Vamos a ir a una especie de pensión que conozco —dijo—. Te gustará. La
semana pasada tuve carta de una de las ch… señoras de allí diciéndome que su
sobrino había venido a visitarla, de manera que tendrás incluso alguien con quien
jugar. La cocinera le encontrará también a Ned un sitio donde dormir.
—Ji, ji, ji —dijo Ned.
Además de los tranvías había abundancia de calesas, birlochos, faetones,
cabriolés, al menos una victoria (los caballos poniendo un poco los ojos en blanco
al vernos pero sin espantarse; era evidente que y a estaban acostumbrados a los
automóviles), de manera que Boon no podía volver la cabeza para mirar a Ned,
pero sí un ojo.
—¿Qué es exactamente lo que quieres decir con eso? —preguntó.
—Nada —dijo Ned—. Fíjate por dónde vas y no te preocupes de mí. No te
preocupes de mí en absoluto. También yo tengo amigos aquí. Sólo tienes que
decirme dónde estará el coche mañana por la mañana y allí estaré yo.
—Más te valdrá —dijo Boon—. Si es que quieres volver a Jefferson en él. Ni
y o ni Lucius te invitamos a hacer este viaje, así que no eres responsabilidad mía
ni suy a. Por lo que a mí y a Jefferson se refiere, me importa un comino que
vuelvas o que te quedes.
—Cuando volvamos con el automóvil a Jefferson y tengamos que mirar cara
a cara al Jefe Priest y al señor Maury, ninguno vamos a tener tiempo de que le
importe un comino quién ha vuelto y quién no —dijo Ned. Pero ya era tarde,
demasiado tarde para seguir sacando a relucir aquello. De manera que Boon se
limitó a decir:
—Está bien, está bien. Todo lo que he dicho es que si quieres estar de vuelta
en Jefferson cuando empieces a no tener tiempo para que te importe un comino,
mejor será que estés donde te vea cuando sea la hora de salir.
Nos estábamos acercando a la calle Mayor: los edificios altos, las tiendas, los
hoteles: el Gaston (desaparecido y a), el Peabody (lo han cambiado de sitio) y el
Gay oso, al que todos nosotros, los McCaslin-Edmonds-Priest, habíamos jurado
fidelidad como si se tratara de un santuario familiar, porque nuestro remoto tío y
primo, Theophilus McCaslin, padre del primo Ike, había formado parte del grupo
de jinetes a los que, según la leyenda (es decir, leyenda para algunas personas,
para nosotros, hecho histórico), el hermano del general Forrest condujo al galope
hasta el vestíbulo mismo, casi capturando a un general yanki. Pero nosotros no
llegamos tan lejos. Boon torció por una bocacalle, casi un callejón, con dos bares
en la esquina y con casas que no parecían ni viejas ni nuevas, todo muy
tranquilo, tan tranquilo como Jefferson mismo un domingo por la tarde. De hecho
eso fue lo que dijo Boon.
—Tendrías que haberla visto anoche, ¡ya lo creo! Cualquier sábado por la
noche. O incluso cualquier día de la semana cuando hay en la ciudad alguna
asamblea de bomberos o de policías o se reúne una asociación benéfica o algo
parecido.
—Quizá estén todos en la iglesia —dije.
—No —dijo Boon—. No creo. Imagino que estarán descansando.
—¿De qué? —pregunté yo.
—Ji, ji, ji —dijo Ned en el asiento de atrás. Evidentemente, lo estábamos
comprobando, había estado antes en Memphis. Aunque, con toda probabilidad, ni
siquiera el abuelo, que quizá supiera cuándo, estuviera enterado de con qué
frecuencia. Y, date cuenta, yo sólo tenía once años. Esta vez, como la calle
estaba vacía, Boon volvió la cabeza.
—Una más y te vas a enterar —le dijo a Ned.
—¿Una más de qué? —preguntó Ned—. Sólo te he pedido que me digas
dónde va a estar este cacharro mañana por la mañana; y a me encargaré yo de
estar sentado dentro cuando se vaya.
Así que Boon se lo dijo. Casi habíamos llegado: una casa que necesitaba más
o menos la misma cantidad de pintura que las otras, rodeada por un patinillo sin
hierba y, delante de la puerta principal, una especie de vestíbulo con enrejado,
como la caseta de un pozo. Boon detuvo el coche junto a la acera. Ahora pudo
volverse y mirar a Ned.
—Está bien —dijo—. Te cojo la palabra. Y más vale que tú cojas la mía.
Mañana por la mañana al dar las ocho. Y hablo de la primera campanada, no de
la última. Porque no estaré aquí para oírla.
Ned se estaba apeando ya, con la cartera y la camisa embarrada.
—¿No tienes bastantes problemas propios en la cabeza, sin tratar de cargar
también con los míos? —dijo—. Si tú puedes acabar lo que tienes que hacer aquí
para las ocho de la mañana, ¿por qué crees que yo no? —después de dar unos
pasos añadió, sin dejar de andar y sin volver la cabeza—: Ji, ji, ji.
—Vamos —dijo Boon—. La señorita Reba nos dejará que nos lavemos.
Bajamos del coche. Boon alargó el brazo hacia la parte de atrás,
disponiéndose a coger el maletín, pero cambió de idea, dijo: « Sí, claro» , se
volvió hacia el salpicadero, retiró la llave de contacto, se la metió en el bolsillo, se
dispuso de nuevo a coger el maletín, pero se detuvo, se sacó la llave del bolsillo y
dijo:
—Ten. Guárdala tú. Quizá yo la deje en algún sitio y la pierda. Ponla en el
bolsillo bueno para que no se caiga. Cúbrela con el pañuelo.
Cogí la llave, Boon extendió otra vez el brazo para coger el maletín, se detuvo
de nuevo, miró deprisa por encima del hombro a la pensión, se volvió un poco de
lado, se sacó el billetero del bolsillo de atrás, lo abrió sin apartárselo del cuerpo,
sacó un billete de cinco dólares, se paró, luego sacó otro de un dólar, cerró el
billetero y lo deslizó hacia mí por detrás del cuerpo, diciendo, sin hablar deprisa
pero en voz muy baja:
—Guárdame también esto. Podría olvidármelo en algún sitio. Cuando
necesitemos dinero, ya te diré lo que tienes que darme.
Porque y o no había estado nunca en una pensión; y no olvides que sólo tenía
once años. Así que también me guardé el billetero en el bolsillo y Boon cogió el
maletín, cruzamos la verja, subimos por el camino y llegamos al vestíbulo con el
enrejado, donde estaba la puerta principal. Boon apenas había tocado la
campanilla cuando oímos ruido de pies dentro.
—¿Qué te había dicho? —Boon habló muy deprisa—. Seguro que están todas
mirando el automóvil desde detrás de la ventana.
Una negra joven abrió la puerta, pero antes de que pudiera abrir la boca, una
blanca la apartó de un empujón; también era joven y bien parecida, pero con
gesto duro, el pelo demasiado rojo y en las orejas dos de los diamantes de color
amarillo más grandes que yo había visto nunca.
Maldita sea, Boon —dijo—. Tan pronto como Corrie recibió ayer ese
despacho, le dije que te telegrafiara para que no trajeras a ese niño. Tengo otro
desde hace una semana, y un demonio suelto es más que suficiente para
cualquier casa y hasta para cualquier calle, si vamos a eso. O incluso para todo
Memphis, con tal de que sea el que ya tenemos. Y no me mientas diciendo que
no te llegó el mensaje.
—No lo he recibido —dijo Boon—. Seguro que nos marchamos de Jefferson
antes de que llegara. ¿Qué quieres que haga con él, atarlo en el patio?
—Entrad —respondió ella. Se hizo a un lado para que pudiéramos pasar; tan
pronto como estuvimos dentro, la criada cerró de nuevo la puerta. Entonces no
supe por qué; quizá fuese la costumbre de Memphis, incluso cuando había gente
en casa. La entrada era como cualquier otra, con una escalera que llevaba al piso
alto, aunque enseguida olí algo peculiar; toda la casa olía del mismo modo y era
un olor que no conocía. No es que no me gustara; tan sólo me sorprendió. Quiero
decir que tan pronto como lo olí, fue como si llevara toda la vida esperándolo.
Creo que a uno sólo se le debe meter por las bravas, sin avisar, en algo, cuando se
trata de una experiencia que muy bien pudieras pasarte el resto de tu vida sin
tener que encontrar. Pero con una inevitable (sí, necesaria), es realmente una
indecencia, por parte de las Circunstancias, del Destino, no prepararte primero,
sobre todo si la preparación es tan sencilla como tener quince años. Ésa era la
clase de olor que estaba notando. Nuestra anfitriona seguía aún en el uso de la
palabra—: Sabes tan bien como y o que al señor Binford le parece fatal que los
chicos usen las casas para las vacaciones; le oíste el verano pasado cuando Corrie
trajo por primera vez a ese enano h.d.p. porque dice que no ve suficientes
personas refinadas en esa granja de aparceros de Arkansas. Como dice el señor
Binford, los tendremos aquí bien pronto, de todos modos, así que ¿para qué
meterles prisa en lugar de esperar a que tengan un poco de pasta y sean capaces
de gastarla? Y no digamos nada de los clientes, que vienen pensando que esto es
un sitio serio y se encuentran en cambio con un condenado jardín de infancia —
estábamos ya en el comedor, que tenía una pianola—. ¿Cómo se llama? —
preguntó.
—Lucius —respondió Boon—. Presenta tus respetos a la señorita Reba —me
dijo.
Yo lo hice como lo hago siempre: supongo que como la madre del abuelo le
enseñó a él, la abuela enseñó a mi padre y mi madre nos ha enseñado a nosotros;
lo que Ned llamaba « arrastrar el pie» . Cuando me erguí de nuevo, la señorita
Reba me estaba mirando fijamente con una expresión muy curiosa.
—Que me aspen —dijo—. Minnie, ¿has visto eso? ¿Está la señorita Corrie…?
—Se está vistiendo lo más deprisa que puede —respondió la criada—. Y
entonces fue cuando lo vi. Me refiero al diente de Minnie. Quiero decir que era
así, o era por qué, y o, tú, la gente, todo el mundo, recordaba a Minnie. Lo cierto
era que tenía unos dientes muy bonitos, como pequeñas lápidas alabastrinas muy
iguales y cortadas a la misma altura, que destacaban sobre el cálido chocolate de
su cara cuando sonreía o hablaba. Pero aún tenía algo más. El diente central
derecho de arriba era de oro; en su rostro oscuro dominaba como una reina entre
el resplandor blanco de los otros, dando incluso la sensación de brillar, de lanzar
rayos como si dispusiera de un lento fuego interior o irradiación de más que oro,
por lo que parecía hasta más grande que los dos diamantes amarillos de la
señorita Reba. (Más adelante supe —no importa cómo— que se había hecho
quitar el diente de oro para ponerse otro blanco, igual que los de todo el mundo; y
lo lamenté. Pensaba que, si hubiera sido de su raza y hubiese tenido su edad,
habría merecido la pena ser su marido sólo para ver todos los días aquel diente en
acción al otro lado de la mesa; niño de once años, me parecía que la comida
misma que masticase tenía que saber distinto, mejor.)
La señorita Reba se volvió de nuevo hacia Boon.
—¿Qué has estado haciendo? ¿Pelearte con un cerdo?
—Nos encontramos un bache lleno de barro en la carretera. Hemos venido
en coche. El automóvil está ahí fuera.
—Ya lo he visto —dijo la señorita Reba, que me estaba mirando—. Lucius —
dijo, sin dirigirse a nadie—, es una lástima que no hay as llegado antes. Al señor
Binford le gustan los chicos. Le siguen gustando incluso después de empezar a
tener dudas, y esta última semana hubiera hecho dudar a cualquiera que no fuese
una momia. Quiero decir que aún estaba dispuesto a dar otra oportunidad a Otis y
llevarlo al zoo nada más almorzar. Lucius podría haber ido también. Aunque, por
otra parte, quizá no. Si Otis sigue desaprovechando oportunidades a la misma
velocidad que antes de que salieran de aquí, no creo que vuelva, con tal de que
haya alguna manera de acercarlo lo bastante a la jaula para que lo alcance uno
de los tigres o de los leones; y con tal de que a un león o a un tigre les interese
Otis, cosa nada probable si hubieran pasado una semana con él en la misma casa
—aún seguía mirándome—. Lucius —dijo de nuevo, sin dirigirse a nadie.
Después se volvió hacia Minnie—: Sube y dile a todo el mundo que no se
acerquen al cuarto de baño durante media hora. ¿Has traído más ropa? —le
preguntó a Boon.
—Sí —dijo Boon.
—Entonces lávate y póntela; esta casa es un sitio decente, no una taberna de
tres al cuarto. Que usen la habitación de Vera, Minnie. Vera se ha ido a Paducah
a ver a su familia —le dijo a Boon, o quizá nos lo dijo a los dos—: A Otis le
hemos puesto una cama en el ático. Lucius puede dormir con él esta noche…
Se oyó ruido de pasos en la escalera, luego en el vestíbulo y en la puerta. Esta
vez era una muchacha grande. No estoy diciendo gorda: sólo grande, como Boon
era grande, pero muchacha de todos modos, joven además, de pelo negro y ojos
azules; al principio me pareció que no era guapa. Pero entró en la habitación
mirándome ya y supe que no importaba la cara que tuviese.
—Hola, chiquilla —dijo Boon. Pero no le hizo ningún caso; la señorita Reba y
ella no hacían más que mirarme.
—Ahora atiende bien —dijo la señorita Reba—. Lucius, ésta es la señorita
Corrie.
Yo le presenté mis respetos.
—¿Ves lo que quiero decir? —exclamó la señorita Reba—. Trajiste a ese
sobrino tuyo a la caza de refinamiento. Pues ahí está, esperándole. No sabrá lo
que significa, y menos aún por qué lo hace. Pero quizá Lucius pueda enseñarle a
imitarlo. Está bien —le dijo a Boon—. Subid y adecentaos un poco.
—Quizá Corrie pueda venir a ayudarnos —dijo Boon. Le había cogido una
mano a la señorita Corrie—. Hola, chiquilla —repitió.
—No mientras sigas teniendo ese aspecto de cazador furtivo y pobre de
solemnidad, todo en una pieza. Estoy decidida a que por lo menos los domingos
esta puñetera casa tenga aspecto respetable.
Minnie nos enseñó dónde estaban la habitación y el baño en el piso de arriba,
nos dio una pastilla de jabón y una toalla a cada uno y se marchó. Boon dejó el
maletín sobre la cama, lo abrió y sacó una camisa limpia y el otro par de
pantalones. Eran los pantalones de diario, pero los de los días festivos que llevaba
puestos no podría volver a usarlos hasta que se los limpiaran, probablemente con
nafta.
—¿Ves? Te lo dije. Hice todo lo que pude para que trajeras por lo menos una
camisa limpia.
—No tengo la blusa manchada de barro —respondí.
—Pero tendrías que tener una limpia por principio y ponértela después de
bañarte.
—No me voy a bañar —dije—. Me bañé ay er.
—También yo —dijo—. Pero ya has oído a la señorita Reba, ¿no es cierto?
—La he oído —respondí—. No he conocido ninguna señora en ningún sitio
que no estuviera siempre convenciendo a alguien para darse un baño.
—Después de haberla tratado unas horas más, descubrirás que has ampliado
tus conocimientos sobre las señoras: descubrirás que cuando te sugiera que hagas
algo, es una buena idea hacerlo cuando aún estás decidiendo si lo vas a hacer o
no —y a había sacado los otros pantalones y la camisa. No lleva mucho tiempo
sacar un par de pantalones y una camisa de un maletín, pero Boon parecía tener
problemas, sobre todo acerca de dónde colocarlos después de sacarlos, sin
mirarme, inclinado sobre el maletín abierto, preocupado, con la camisa en la
mano mientras decidía dónde poner los pantalones, luego dejando la camisa en la
cama y cogiendo otra vez los pantalones para moverlos unos treinta centímetros,
coger de nuevo la camisa y dejarla donde estaban antes los pantalones; a
continuación se aclaró la garganta con fuerza, fue a la ventana, la abrió, se
inclinó hacia el exterior, escupió, cerró la ventana, volvió junto a la cama, sin
mirarme, y empezó a hablar muy alto, como alguien que sube el primero a tu
cuarto la mañana de Navidad y te dice el regalo que vas a encontrar junto al
árbol y que no es lo que pediste en la carta a san Nicolás:
—¿No es extraordinario lo mucho que una persona puede aprender y en qué
poco tiempo, acerca de algo de lo que no sólo no sabía nada antes, sino que ni
siquiera se le había ocurrido que fuese a querer saberlo, y menos aún que fuese a
resultarle útil para lo que le queda de vida…, con tal de que lo conserve, de que
no permita nunca que se le escape de las manos? Tú mismo, por ejemplo. Piensa
un momento. No era más que ayer por la mañana, no han pasado siquiera dos
días, y date cuenta de lo mucho que has aprendido: cómo conducir un automóvil,
cómo llegar a Memphis a campo traviesa sin depender del ferrocarril, incluso
cómo sacar un automóvil de un bache lleno de barro. De manera que cuando
seas mayor y tengas un automóvil propio, no sólo sabrás y a cómo conducirlo,
sino también la carretera para ir a Memphis e incluso cómo sacarlo de un bache
lleno de barro.
—El Jefe dice que cuando sea lo bastante may or para tener automóvil, no
habrá baches llenos de barro donde meterlo. Que todas las carreteras en todas
partes serán tan lisas y firmes que los bancos podrán ejecutar las hipotecas y
recuperar los automóviles, que llegarán incluso a caerse de viejos sin haber visto
nunca un bache lleno de barro.
—Claro, claro —dijo Boon—, de acuerdo. Admitamos que no sea necesario
saber cómo salir de un bache, pero por lo menos tú siempre sabrás cómo
hacerlo. ¿Y por qué? Porque no habrás pasado a nadie ese conocimiento.
—¿Cómo podría hacerlo? —pregunté—. ¿Quién iba a querer saberlo si ya no
hay baches llenos de barro?
—Está bien, está bien —dijo Boon—. Escúchame un momento, ¿quieres? No
estoy hablando de baches llenos de barro. Estoy hablando de las cosas que una
persona…, que un muchacho puede aprender y en las que ni siquiera había
pensado antes, y que para siempre después, cuando las necesite, las tendrá ya.
Porque aprendas lo que aprendas llegará alguna vez el día en que lo necesites o le
encuentres algún uso…, con tal de que todavía lo tengas, con tal de que no hayas
dejado que se te escape por casualidad o, peor aún, te desprendas de ello por
descuido o simple y puramente por hacer un juicio erróneo. ¿Ves ahora lo que
quiero decir? ¿Está claro?
—No lo sé —dije. Debe de estarlo, porque de lo contrario no podrías seguir
hablando de ello.
—De acuerdo —dijo—. Ése es el punto número uno. Pasemos al punto
número dos. Tú y y o hemos sido buenos amigos desde que nos conocemos,
estamos haciendo juntos un viaje muy agradable; y a has aprendido unas cuantas
cosas que no habías visto ni oído antes, y estoy orgulloso de ser quien te
acompaña y te ay uda a aprenderlas. Y esta noche vas a aprender algunas cosas
más en las que tampoco creo que hayas pensado antes…, cosas e información y
hechos que mucha gente de Jefferson y de otros sitios afirmarían que no eres aún
lo bastante mayor para molestarte en conocerlas. Pero, caracoles, un chico que
no sólo ha aprendido a conducir un automóvil, sino cómo llevarlo hasta Memphis
y sacarlo incluso de un bache lleno de barro, que es como si fuera propiedad
particular de ese hijo de mala madre, todo en el mismo día, es lo bastante mayor
para enfrentarse con cualquier cosa que se le ponga por delante. Sólo que… —
tuvo que toser una vez más, con fuerza, y aclararse la garganta y luego ir hasta la
ventana, abrirla, escupir de nuevo y volver a cerrarla. A continuación regresó
junto a la cama.
—Y ése es el punto número tres. Eso es lo que estoy tratando de hacerte ver.
Todo lo que un h…, un t…, un muchacho ve y aprende y sobre lo que oy e hablar,
incluso aunque no lo entienda en el momento mismo y ni siquiera se imagine que
le vaya a servir de algo saberlo, algún día podrá utilizarlo y lo necesitará, con tal
de que todavía lo conserve y no se lo hay a dado a nadie. Y entonces agradecerá
al cielo el buen amigo que lo ha sido desde que lo llevó a hombros todavía bebé
por la caballeriza y que lo sostuvo sobre el primer caballo que montó, y que le
avisó a tiempo para que no tirase y perdiese para siempre, por olvido o accidente
o mala suerte, o quizá incluso por amistoso parloteo acerca de lo que no es asunto
de nadie, y tan sólo suy o…
—Lo que quieres decir es que, cualquier cosa que vea en este viaje, no se lo
cuente ni al Jefe, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a la abuela cuando volvamos a
casa. ¿No es eso?
—¿Verdad que estás de acuerdo? —dijo
Boon—. ¿No te parece que no es más que sentido común puro y simple y que
no le importa a nadie excepto a ti y a mí? ¿No estás de acuerdo?
—Entonces, ¿por qué no has empezado por ahí y lo has dicho? —pregunté.
Pero todavía se acordó de hacer que me bañara otra vez; el cuarto de baño olía
incluso más. No quiero decir un olor más fuerte: sólo quiero decir más. Yo no
sabía mucho sobre casas de huéspedes, de manera que quizá tuvieran un cuarto
de baño sólo para señoras. Se lo pregunté a Boon; estábamos bajando las
escaleras; empezaba a oscurecer y yo tenía hambre.
—Puedes estar bien seguro de que son señoras —dijo—. Y si te pillo
descarándote con cualquiera de ellas…
—Lo que quiero decir es, ¿no hay ningún hombre que se aloje aquí? ¿Que
viva aquí?
—No. Aquí propiamente no vive ningún hombre excepto el señor Binford, ni
tampoco hay hospedaje propiamente tal. Pero reciben muchas visitas, gente que
viene y que va después de la cena y todavía más tarde; ya lo verás. Por supuesto
hoy se trata de un domingo por la noche, y el señor Binford es muy estricto con
los domingos; ni bailes ni diversiones; tan sólo visitar a las amistades de cada uno
de manera tranquila y cortés y sin perder demasiado tiempo, porque el señor
Binford se ocupa de que se porten bien y decentemente mientras están aquí. A
decir verdad, ésa es también en buena medida su política las noches de entre
semana. Lo que me recuerda algo. Todo lo que tú tienes que hacer es mostrarte
tranquilo y cortés y pasarlo bien y escuchar atentamente en el caso de que te
diga algo en particular, porque nunca habla muy alto, y no le gusta tener que
repetir las cosas. Por aquí. Seguro que están en el cuarto de la señorita Reba.
Allí estaban: la señorita Reba, la señorita Corrie, el señor Binford y Otis. La
señorita Reba llevaba esta vez un vestido negro y tres diamantes más que
también amarilleaban. El señor Binford era pequeño, el más pequeño del cuarto,
a excepción de Otis y de mí. Llevaba un traje negro de domingo y gemelos de
oro y una gran cadena de reloj también de oro y un denso bigote, y un bastón
con el puño de oro y sombrero hongo y un vaso de whisky en la mesa junto al
brazo. Pero lo primero que notabas de él eran los ojos, porque antes de que te
dieras cuenta ya te estaba mirando. Otis también llevaba ropa de domingo. Ni
siquiera era tan grande como y o, pero había algo en él que estaba mal.
—Buenas noches, Boon —dijo el señor Binford.
—Buenas noches, señor Binford —dijo Boon—. Éste es un amigo mío, Lucius
Priest.
Pero cuando le presenté mis respetos no dijo nada. Sólo dejó de mirarme.
—Reba —dijo—, invita a beber algo a Boon y a Corrie. Y dile a Minnie que
les haga un poco de limonada a estos chicos.
—Minnie está preparando la cena —dijo la señorita Reba. Abrió la puerta del
armario. Dentro tenía algo parecido a un bar: un anaquel con copas, otro con
vasos—. Además, al de Corrie le apetece la limonada tan poco como a Boon.
Quiere cerveza.
—Ya estoy al tanto —dijo el señor Binford—. Se me escabulló mientras
estábamos en el parque. La hubiera conseguido, pero no encontró a nadie que
entrara en el bar por él. ¿También el tuy o prefiere la cerveza, Boon?
—No, señor —dije—. No bebo cerveza.
—¿Por qué? —dijo el señor Binford—. ¿No te gusta o es que no puedes
conseguirla?
—No, señor —dije—. Aún no tengo edad.
—¿Whisky, entonces? —dijo el señor Binford.
—No, señor —dije—. No bebo nada. Se lo prometí a mi madre, a no ser que
mi padre o el Jefe me invitaran.
—¿Quién es su jefe? —le preguntó el señor Binford a Boon.
—Quiere decir su abuelo —dijo Boon.
—Ah —dijo el señor Binford—. El propietario del automóvil. Entonces está
claro que al Jefe nadie le prometió nada.
—No hace falta —dijo Boon—. Te dice lo que tienes que hacer y lo haces.
—Suena como si también tú lo llamaras Jefe —dijo el señor Binford—. A
veces.
—Es cierto —dijo Boon—. Eso era lo que quería decir, acerca del señor
Binford: y a me estaba mirando, antes incluso de que me diera cuenta.
—Pero tu madre no está aquí —dijo—. Ahora te estás corriendo una juerga
con Boon. A ciento treinta kilómetros de distancia, ¿no es eso?
—No, señor —dije—. Se lo prometí.
—Ya veo —dijo el señor Binford—. Le prometiste que no beberías con Boon.
Pero no que no irías de putas con él.
—Hijo de mala madre —dijo la señorita Reba.
No sé cómo decirlo. Sin moverse, la señorita Corrie y ella saltaron, se
pusieron en tensión, se confederaron, la señorita Reba con la botella de whisky en
una mano y tres vasos en la otra.
—Ya está bien —dijo el señor Binford.
—Y un cuerno —dijo la señorita Reba—. También te puedo echar a ti. No
pienses que no lo haría. ¿Qué manera de hablar es ésa, maldita sea?
—¡Y tú también! —dijo la señorita Corrie, dirigiéndose a la señorita Reba—.
¡Hablas igual de mal! Delante de…
—He dicho que ya está bien —intervino el señor Binford—. A uno de ellos no
le dejan y el otro no bebe cerveza, así que quizá los dos hay an venido en busca
de refinamiento y educación. Digamos que y a han encontrado un poco. Acaban
de aprender que puta e hijo de mala madre son dos palabras que hay que
pensarse antes de apretar el gatillo, porque en los dos casos te puede salir el tiro
por la culata.
—Vamos, señor Binford —dijo Boon.
—Caramba, que me aspen si no hay otro gorrino más en esta pocilga —dijo
el señor Binford—. Y bien grande, además. Despierta, señorita Reba, antes de
que estas personas se asfixien por falta de humedad —la señorita Reba sirvió el
whisky, temblándole la mano lo suficiente para que la botella chocara contra el
vaso, diciendo hijo de mala madre, hijo de mala madre, en un ronco susurro
feroz—. Eso y a está mejor —dijo el señor Binford—. Tengamos paz. Bebamos
por la paz —alzó el vaso y estaba diciendo—: Señoras y caballeros todos… —
cuando alguien, supongo que Minnie, empezó a tocar una campanilla en la parte
trasera de la casa. El señor Binford se puso en pie—. Eso todavía está mejor —
dijo—. La hora del manduque. Nos va a enseñar a todos el refinamiento y la
educación de que existe un uso mejor para la boca que airear con ella opiniones
personales.
Nos encaminamos hacia el comedor, aunque sin prisa, dirigidos por el señor
Binford. Se oyeron pies de nuevo, apresurándose; otras dos señoras, muchachas
(es decir, una era todavía una muchacha), bajaban corriendo las escaleras,
todavía abotonándose la ropa, una con un vestido rojo y la otra rosa, jadeando un
poco.
—Hemos corrido todo lo que hemos podido —se apresuró a decirle al señor
Binford una de ellas—. No llegamos tarde.
—Me alegro —dijo el señor Binford—. Hoy no me siento partidario de que
hay a retrasos.
Entramos en el comedor. Había sitio de sobra en la mesa, incluso contando
con Otis y conmigo. Minnie aún estaba tray endo cosas de la cocina, todas frías,
pollo frito y bollos y verduras que habían sobrado del almuerzo, excepto para el
señor Binford. Su cena era caliente: no un plato, sino una fuente, situada a la
cabecera de la mesa, con un enorme bistec cubierto de cebolla frita (¿Te das
cuenta de que el señor Binford iba muy por delante de su época? Ya era
republicano. No me refiero a republicano de 1905; no sé qué pensaba de la
política de Tennessee, ni siquiera si tenía una opinión personal; me refiero a
republicano de 1961. Más aún: era conservador. Me explico: un republicano es un
hombre que ha hecho dinero; un liberal es alguien que lo hereda; un demócrata
es un liberal descalzo en una carrera a campo traviesa; un conservador es un
republicano que ha aprendido a leer y a escribir). Nos sentamos todos, las dos
recién llegadas también; había conocido a tanta gente nueva que y a no me
enteraba de los nombres y había dejado de esforzarme; además, a aquellas dos
nunca volví a verlas. Empezamos a comer. Quizá la razón de que el bistec del
señor Binford oliera tan bien era que el resto de los alimentos y a habían soltado
todo el olor que tenían a la hora del almuerzo. Luego, una de las señoras que
acababan de llegar, la que no era muy joven, dijo:
—¿Hemos llegado, señor Binford? —y entonces la otra, la joven, también
dejó de comer.
—¿Habéis llegado adónde? —preguntó el señor Binford.
—Ya sabe de qué hablamos —dijo, gritó la muchacha—. Señorita Reba —
dijo—, usted sabe que lo hacemos lo mejor que podemos; no nos atrevemos a
meter ruido; no tenemos música los domingos aunque la tengan en todos los otros
sitios; siempre mandamos callar a nuestros clientes cada vez que quieren una
pequeña diversión extra, pero si no estamos sentadas cuando él asoma la nariz
por la puerta del comedor, el sábado que viene tenemos que echar veinticinco
centavos en esa condenada caja…
—Son las reglas de la casa —dijo el señor Binford—. Una casa sin reglas no
es una casa. El problema con vosotras las zorras es que tenéis que comportaros
como señoras algunos ratos, pero no sabéis cómo hacerlo. Y y o os estoy
enseñando.
—Amí no me hable usted así —dijo la de más edad.
—De acuerdo —dijo el señor Binford—. Le daremos la vuelta. El problema
con vosotras las señoras es que no sabéis cuándo tenéis que dejar de comportaros
como zorras.
La de más edad se había puesto de pie. También había algo en ella que estaba
mal. No era que fuese vieja, como es vieja la abuela, porque no lo era. Lo que le
sucedía era que estaba sola, que no debería tener que estar allí, sola, tener que
aguantar todo aquello. No, tampoco era eso. Era que nadie debería tener que
estar nunca tan solo: nadie, nunca.
—Lo siento, señorita Reba —dijo—. Voy a mudarme de casa. Hoy mismo.
—¿Dónde? —dijo el señor Binford—. ¿Te vas a ir con Birdie Watt, al otro lado
de la calle? Quizá esta vez te deje que vuelvas con el baúl, a no ser que y a lo
hay a vendido.
—Señorita Reba —dijo la otra sin levantar la voz—. Señorita Reba.
—Está bien —dijo la señorita Reba con decisión—. Siéntate y cómete la
cena; no vas a ningún sitio. Sí —dijo—; a mí también me gusta un poco de paz.
Así que sólo voy a mencionar una cosa más, y luego vamos a zanjar este asunto
de una vez por todas —ahora hablaba hacia la cabecera de la mesa, en dirección
al señor Binford—. ¿Qué demonios te pasa? ¿Qué demonios ha pasado esta tarde
para que estés de un humor tan condenado?
—Nada de lo que yo me hay a dado cuenta —dijo el señor Binford.
—Eso es cierto —dijo Otis de repente—. Es verdad que no ha pasado nada.
Ni siquiera corrió —hubo algo, como una diminuta chispa de electricidad; la
señorita Reba se quedó con la boca abierta y el tenedor a mitad de camino. Yo no
entendía aún lo que pasaba, pero todos los demás, sí, incluso Boon. Y un minuto
después, también y o.
—¿Quién no corrió? —preguntó la señorita Reba.
—El caballo —dijo Otis—. El caballo y la calesa por los que apostamos en la
carrera. ¿Verdad que no corrieron, señor Binford? —ahora el silencio no fue
solamente eléctrico, sino conmocionado, electrocutado. Acuérdate de que te dije
que había algo de Otis que estaba mal. Aunque no pensé que fuera exactamente
aquello o, al menos, que fuese todo. Pero la señorita Reba todavía peleaba.
Porque las mujeres son maravillosas. Aguantan cualquier cosa; son lo bastante
prudentes para saber que todo lo que se tiene que hacer con el dolor y el
sufrimiento es sencillamente atravesarlos y salir por el otro lado. Creo que son
capaces de hacerlo porque no sólo se niegan a ennoblecer el dolor corporal
tomándoselo en serio, sino porque ni siquiera les avergüenza la idea de quedar
fuera de combate. Tampoco se rindió, ni siquiera entonces.
—¿Una carrera de caballos? —preguntó—. ¿En el zoo? ¿En Overton Park?
—No era Overton Park —dijo Otis—. Era el sitio donde hacen las carreras.
Nos encontramos con un tipo en el tranvía que sabía qué caballo y qué calesa
iban a ganar, e hizo que cambiáramos de idea sobre ir a Overton Park. Sólo que
no ganaron, ¿verdad que no, señor Binford? Pero de todos modos no perdimos
tanto como el otro, ni siquiera llegamos a los cuarenta dólares, porque el señor
Binford me dio veinticinco centavos para que no lo contara, de manera que todo
lo que perdimos fueron treinta y nueve dólares con setenta y cinco centavos.
Aunque, además de eso, también y o me quedé sin los veinticinco centavos en el
lío con la cerveza del que hablaba el señor Binford. ¿No es verdad, señor Binford?
—luego el silencio se prolongó un poco más. Un silencio lleno de calma.
—Hijo de mala madre —dijo después la señorita Reba. Luego añadió—:
Termina primero el bistec, si quieres —y el señor Binford tampoco era una
persona que se rindiera fácilmente. También tenía su orgullo: no daba cuartel ni
lo aceptaba, como un gallo de pelea. Cruzó pulcramente y sin prisa el tenedor y
el cuchillo sobre el bistec que apenas había empezado a cortar; incluso dobló la
servilleta, volvió a meterla en el servilletero, se levantó y dijo:
—Serán tan amables de disculparme todos ustedes —y se fue, sin mirar a
nadie, ni siquiera a Otis.
—Cielo santo —dijo la más joven de las dos que habían llegado las últimas, la
que todavía era una muchacha; entonces vi a Minnie en la puerta de la cocina,
abierta a medias—. ¿Quién iba a decirlo?
—Idos al infierno con viento fresco —le dijo la señorita Reba a la chica—.
Las dos —la chica y la mujer se levantaron muy deprisa.
—¿Quiere decir…, marcharnos? —preguntó la muchacha.
—No —dijo la señorita Corrie—. Sólo que salgáis de aquí. Si no esperáis a
nadie en los próximos minutos, ¿por qué no os dais una vuelta a la manzana o algo
parecido? —tampoco ellas perdieron el tiempo. La señorita Corrie se puso en pie
—. Tú también —le dijo a Otis—. Sube a tu cuarto y quédate allí.
—Tendrá que pasar por delante de la puerta de la señorita Reba para llegar
allí —dijo Boon—. ¿Te has olvidado de esos veinticinco centavos?
—Han sido más de veinticinco centavos —dijo Otis—. Estaban los ochenta y
cinco que saqué dando al manubrio de la pianola para que bailaran el sábado por
la noche. Cuando se enteró de lo de la cerveza, también me los quitó —pero la
señorita Reba se lo quedó mirando.
—Así que lo has vendido por ochenta y cinco centavos —dijo.
—Vete a la cocina —le dijo la señorita Corrie a Otis—. Déjale que vuelva
ahí, Minnie.
—Está bien —dijo Minnie—. Trataré de que no abra la nevera. Pero es
demasiado rápido para mí.
—Qué demonios, déjalo que se quede aquí —dijo la señorita Reba—. Ya es
demasiado tarde. Habría que haberlo mandado a algún otro sitio antes incluso de
que se apeara de ese tren de Arkansas la semana pasada —la señorita Corrie se
sentó en la silla que estaba junto a la de la señorita Reba.
—¿Por qué no vas y lo ay udas a hacer la maleta? —dijo, muy amablemente.
—¿A quién demonios estás acusando? —dijo la señorita Reba—. Le confiaría
hasta el último céntimo que tengo. Excepto por esos condenados caballos que
Dios confunda —se levantó de repente, con aquel cuerpo suyo tan elegante, el
rostro, bien parecido aunque un poco duro, y aquel cabello que era demasiado
rojo—. ¿Por qué demonios no me las puedo arreglar sin él? —dijo—. ¿Por qué
demonios no?
—Vamos, vamos —dijo la señorita Corrie—. Necesitas un trago. Dale las
llaves a Minnie… No, no puede ir a tu cuarto todavía…
—Se ha ido y a —dijo Minnie—. He oído la puerta principal. No necesita
mucho tiempo. Siempre tarda poco.
—Tiene mucha razón —dijo la señorita Reba—. Minnie y y o y a hemos
pasado antes por esto, ¿no es cierto, Minnie? —se sentó después de darle las llaves
a Minnie, que salió y regresó con una botella de ginebra, y todos se tomaron una
copa, Minnie incluida (aunque se negaba a beber en compañía de tantos blancos,
de manera que se llevaba la copa a la cocina y un momento después la devolvía
vacía), excepto Otis y y o. Y así fue como supe lo del señor Binford.
Era el casero. Ése era su título y designación oficial, aunque no constara por
escrito en ninguna parte. Todos los establecimientos, todas las casas como
aquélla, tenían uno, era necesario que lo tuvieran. En el mundo exterior que era
lo bastante afortunado para no tener que ganarse la vida de aquella manera tan
dura, tan sin esperanza y tan autodestructora, la función del señor Binford tenía
otro nombre, más cruel y despectivo. Pero allí, en lo que no llegaba siquiera a
simple hogar de mujeres, en lo que no pasaba de nido de histeria, el varón
solitario no sólo era señor, sino el catalizador a quien nadie daba las gracias y
todos miraban mal, el único frágil poder, revestido con la necesaria aura de
respetabilidad para introducir el orden suficiente en la histeria de manera que el
grupo siguiera siendo solvente, o por lo menos siguiera comiendo; era el agente
que contaba el dinero y guardaba los comprobantes de haber pagado los
impuestos y los recibos del agua y del gas, el que se entendía con los
proveedores, desde los que traían las bebidas alcohólicas, pasando por tenderos
de ultramarinos y carboneros, hasta los fontaneros que derretían el hielo de las
tuberías en invierno y hasta la mano de obra no profesional que limpiaba las
chimeneas y las alcantarillas y quitaba las malas hierbas del patio; suya era la
mano que pagaba el chantaje de los representantes de la justicia; suy a la voz que
luchaba las batallas perdidas con el recaudador de la contribución y el de las
tasas del ayuntamiento, así como el que insultaba al repartidor de los periódicos
al día siguiente de que no llegara el diario. Y, en aquella sociedad, el señor
Binford era, de todos ellos (me refiero a los caseros), el príncipe y el modelo: un
hombre con estilo y presencia y modales e ideales; incorruptible en sus
principios, moralmente impecable, más fiel que muchos esposos durante los
cinco años completos que había sido el amante de la señorita Reba: cuy o solo y
único vicio eran los caballos de carreras como objeto de apuestas. Eso era
incapaz de resistirlo; lo reconocía como flaqueza y luchaba contra ello. Pero
siempre, al grito de « ¡Ya han salido!» , era como masilla en las manos de
cualquier desconocido que dispusiera de un dólar para hacer una apuesta.
—Lo sabía perfectamente —dijo Minnie—. Se avergonzaba de sí mismo y le
daba vergüenza ser tan débil, le daba vergüenza que hubiera algo más grande que
él, descubrir que no era más grande que cualquier cosa que pudiera encontrar,
prescindiendo de dónde o qué, aunque en el exterior las personas que no lo
conocían pensaran que no era más que un gallo presumido. De manera que nos
lo prometía y lo hacía de verdad, como aquella vez hace dos años, cuando al
final hubo que echarlo. Usted se acuerda de lo mucho que tuvimos que trabajar
para que volviera —le dijo a la señorita Reba.
—Me acuerdo muy bien —dijo la señorita Reba—. Sirve otra ronda.
—No sé cómo se las va a arreglar —dijo Minnie—. Porque cuando se
marcha, no se lleva más ropa que la puesta, porque todo se ha pagado con dinero
de la señorita Reba. Pero no pasarán más de dos días antes de que aparezca en la
puerta un mensajero que traerá hasta el último centavo de esos cuarenta
dólares…
—Querrás decir treinta y nueve con setenta y cinco —la interrumpió Boon.
—No —dijo Minnie—. Todos y cada uno de los cuarenta dólares, incluidos
esos veinticinco centavos, eran de la señorita Reba. No se contentará con menos.
Luego la señorita Reba mandará por él y no vendrá; el año pasado, cuando por
fin lo encontramos, estaba trabajando con una cuadrilla que tendía el
alcantarillado más allá de la estación de San Francisco, y la señorita tuvo que
suplicarle de rodillas que volviera…
—Vamos —dijo la señorita Reba—. Deja de darle a la sin hueso el tiempo
suficiente para servir la ginebra, si no lo tienes a mal —Minnie empezó a servir.
Luego se detuvo, la botella suspendida en el aire.
—¿Qué son esos gritos? —preguntó. Enseguida lo oímos todos: un débil
vociferar que llegaba de algún sitio desde detrás de la casa.
—Ve a ver —dijo la señorita Reba—. Vamos, dame la botella —Minnie se la
dio y volvió a la cocina. La señorita Reba se sirvió y pasó la botella.
—Ahora es dos años may or —dijo la señorita Corrie—. Tendrá más sentido
común…
—¿Para qué lo está reservando? —preguntó la señorita Reba—. Vamos.
Pásala.
Minnie regresó de la cocina.
—Hay un hombre en el patio de atrás, junto a la pared de la casa, gritando
señor Boon Hogganbeck. Tiene algo grande con él.
Corrimos, detrás de Boon, atravesando la cocina, hasta salir al porche de
atrás. La negrura era total; la luna no estaba lo bastante alta para iluminar nada.
En medio del patio trasero había dos cosas oscuras, una pequeña y otra grande; la
pequeña gritaba « ¡Boon Hogganbeck! ¡Señor Boon Hogganbeck! Oiga. Oiga»
hacia las ventanas de arriba, hasta que Boon pudo con él a fuerza de simple
volumen.
—¡Cállate! ¡Cállate!
Era Ned. Al lado tenía un caballo.
6
Estábamos todos en la cocina.
—Dios todopoderoso —dijo Boon—, ¿has cambiado el automóvil del Jefe por
un caballo?
Tuvo incluso que decirlo dos veces, porque Ned seguía mirando el diente de
Minnie. Quiero decir que estaba esperando para verlo de nuevo. Quizá la señorita
Reba le había preguntado algo a Minnie, o esta última había hablado por propia
iniciativa. Lo que recuerdo es el lujoso destello momentáneo del oro en el centro
de lo que fuera que Minnie dijo, con la luz eléctrica de la cocina, como si el
diente mismo hubiera adquirido un nuevo brillo, palidez, por la luz más suave de
la lámpara en la oscuridad exterior, como había sucedido con los ojos del
caballo: recuerdo eso y su efecto en Ned.
Lo había parado en seco en aquel momento, en aquel instante, convertido en
estatua de sal. Lo mismo me pasó a mí la primera vez, de manera que supe lo
que Ned estaba sintiendo. Sólo que en su caso era más intenso. Porque también
de eso, aunque vagamente, me daba cuenta, incluso a los once años: que me
separaba una distancia demasiado grande, no sólo por motivos de raza sino de
edad, para sentir lo que Ned sentía; en mi caso sólo se trataba de sorpresa,
asombro y complacencia; pero no podía, como Ned, participar en aquel diente.
Allí, en la secular batalla de los sexos, había un enemigo digno de su acero; en la
antigua solidaridad mística de la raza, había una suma sacerdotisa por quien
merecía la pena morir, si tan grande era la capacidad personal de devoción: lo
que, como quedó enseguida patente, no era lo que Ned se proponía hacer (al
menos lo que esperaba hacer) con Minnie. De manera que Boon tuvo que repetir
la pregunta para que Ned le oy era o, por lo menos, advirtiera su presencia.
—Sabes tan bien como yo —dijo Ned— que al Jefe no le interesan los
automóviles. Compró esa cosa porque tenía que hacerlo, porque el coronel
Sartoris le obligó. Tenía que comprar el automóvil para volver a ponerlo en el
sitio que le correspondía. Lo que al Jefe le gusta es un caballo, y no me refiero a
esos pencos de tiro con muchas pretensiones que el señor Maury y tú tenéis en la
caballeriza, sino a un caballo. Y le he conseguido uno. En el momento en que lo
vea, va a decir al instante te quedo muy agradecido por estar donde has podido
conseguírmelo antes de que otro se lo llevara… —era como un sueño, como una
pesadilla; sabes que lo es, y que te bastará tocar algo consistente, real, presente,
intacto, para despertar; Boon y yo pensamos lo mismo al mismo tiempo: yo me
moví más deprisa, sencillamente porque había menos de mí que poner en
movimiento. Ned nos detuvo; supo lo que pensábamos los dos—. No hace falta
que vayáis a mirar —dijo—. Ya ha venido y se lo ha llevado —Boon,
inmovilizado a media zancada, me miró con ira, compartiendo los dos la misma
horrorizada incredulidad mientras yo me hurgaba en el bolsillo. Pero la llave del
arranque seguía allí—. Claro que sí —dijo Ned—. No le hizo ninguna falta. Es un
experto. Me aseguró que sabía cómo meter la mano por detrás y ponerlo en
marcha. Y así lo hizo. Yo tampoco me lo creía hasta que le vi hacerlo. No le
causó el menor problema. Incluso nos ha regalado el ronzal junto con el
caballo…
Nosotros (Boon y y o), sin correr, pero suficientemente deprisa, fuimos hacia
la puerta principal, y también las señoritas Reba y Corrie. El automóvil había
desaparecido. Entonces me di cuenta de que las señoritas Reba y Corrie también
estaban allí, y que ninguna de las dos había dicho nada, que no habían
manifestado ni sorpresa ni susto; veían y escuchaban, sin perderse nada pero sin
decir tampoco nada, como si pertenecieran a una sociedad, especie, diferente y
separada, ajena a Boon y a mí y a Ned y al automóvil del abuelo y al caballo
(de quien quiera que fuese) y no tuvieran otro interés en nosotros y lo que
hacíamos que pasar el rato; y me acordé de que aquélla era exactamente la
manera en que mi madre nos miraba a mí y a mis hermanos y a cualquier chico
del barrio que participara en nuestros juegos, sin perderse nada, muy constante y
segura, incluso cordial, alegre y amable, pero aparte, hasta el momento en que
se planteaba la necesidad de abolir la manzana de la discordia y (si hacía falta)
restañar la consiguiente efusión de sangre.
Volvimos a la cocina, donde habíamos dejado a Ned y a Minnie.
—… el dinero del que hablas, hermosura, lo tengo ya o lo puedo conseguir.
Deja que meta el caballo en la cuadra y le dé de comer y tú y yo vamos a salir
y a dejar que ese diente tuy o lance su brillo junto a algo lo bastante bueno para
estar a su altura, como un plato de anguila o quizá de lomo de cerdo, si es que ese
diente prefiere la carne de cerdo…
—Está bien —dijo Boon—. Ve a por el caballo. ¿Dónde vive ese hombre?
—¿Qué hombre? —dijo Ned—. ¿Para qué lo quieres?
—Para que devuelva el automóvil del Jefe. Después decidiré si te meto en la
cárcel aquí o te llevo a Jefferson y le dejo esa diversión al Jefe.
—¿Quieres dejar de hablar un minuto y escucharme? —dijo Ned—. Claro
que sé dónde vive: ¿no acabo de cambiarle un caballo esta noche misma? Déjalo
tranquilo. Todavía no lo necesitamos. Sólo nos hará falta después de la carrera.
Porque no sólo tenemos el caballo: nos ha regalado además la carrera. Hay un
tipo en Possum que tiene un caballo y en este momento mismo está esperando
para correr contra el nuestro tan pronto como lleguemos allí. En el caso de que
ustedes, señoras, no sepan dónde está Possum, es el sitio por donde llega el
ferrocarril de Jefferson y se cruza con el de Memphis, y donde hay que cambiar
de vagón a no ser que se venga en automóvil como hemos hecho nosotros…
—Muy bien —dijo Boon—. Un tipo de Possum…
—Ah —dijo la señorita Reba—. Parsham.
—Precisamente —dijo Ned—. Donde hacen el concurso de los perdigueros.
Está ahí al lado… Tiene un caballo que ya ha corrido con éste una carrera de tres
mangas, cincuenta dólares la manga, el que gana se lo lleva todo. Pero eso no es
nada: eso no son más que ciento cincuenta dólares. Lo que haremos será
recuperar el automóvil.
—¿Cómo? —preguntó Boon—. ¿Cómo demonios vas a usar ese caballo para
que un tipo te devuelva el automóvil por el que ya te ha dado el caballo?
—Porque ese tipo no cree que nuestro caballo sepa correr. ¿Por qué crees que
me lo ha cambiado por un automóvil? ¿Por qué no se queda con el caballo y gana
el automóvil, si es que quiere uno, y tiene así las dos cosas, el caballo y además
el automóvil?
—Te dejo que me lo expliques —le respondió Boon—. ¿Por qué?
—Te lo acabo de decir. A este caballo le ha ganado ya dos veces el de
Possum porque no ha habido nunca nadie que supiera cómo hacerle correr. De
manera que el tipo creerá que si el caballo no ha corrido las otras dos veces,
tampoco correrá ésta. Así que todo lo que tenemos que hacer es apostarle el
caballo contra el automóvil del Jefe. Cosa que hará con mucho gusto, porque,
naturalmente, no le importará quedarse otra vez con el caballo, siempre que siga
teniendo el automóvil, sobre todo si no corre otro riesgo que ponerse a esperar en
la línea de meta hasta que finalmente llegue el caballo a un sitio donde pueda
cogerlo, atarlo detrás del automóvil y volverse con él a Memphis…
—Jesús —dijo la señorita Reba. Era la primera vez que hablaba.
—… porque no se cree que yo pueda hacer correr a ese caballo. Pero a no
ser que me hay a anquilosado en mi oficio y haya cometido una equivocación,
cosa que no me consta, tampoco está tan convencido como para no ir a Possum
pasado mañana para comprobarlo. Y si no eres capaz de conseguir entre estas
señoras aquí presentes suficiente dinero extra para interesarle de verdad en que
apueste ese automóvil, sería mejor que no le hubieras echado la vista encima al
Jefe Priest en toda tu vida. Habría hecho falta un hombre más valiente que yo
para ir sin más y devolverle el automóvil. Pero quizá ese caballo te salve. Porque
en el momento en que le he puesto los ojos encima a ese caballo, me he
acordado…
—Jii, jii, jii —hizo Boon, en áspera y salvaje parodia—. Das el automóvil del
Jefe por un caballo incapaz de correr, y ahora te preparas a devolverle el caballo
con tal de que y o reúna el dinero suficiente para que le interese apostar…
—Déjame acabar —dijo Ned. Boon se calló—. ¿Me vas a dejar que acabe?
—Acaba pues —dijo Boon—. Y hazlo de…
—… me he acordado de un mulo que tuve —dijo Ned. Se quedaron los dos
callados, mirándose; y todos los demás tampoco los perdíamos de vista. Al cabo
de un momento Ned dijo, suavemente, con entonación casi soñadora—: Estas
señoras no tuvieron ocasión de conocer a aquel mulo. Cosa lógica, siendo como
son unas señoras tan jóvenes, aparte de lo lejos que están del distrito de
Yoknapatawpha. Es una lástima que el Jefe o el señor Maury no estén aquí para
hablarles de él.
Podría haberlo hecho yo. Porque aquel mulo era una de las leyendas
familiares. Su historia se remontaba a cuando mi padre y Ned eran jóvenes, a
antes de que el abuelo se trasladara desde McCaslin a Jefferson para convertirse
en banquero. Un día, cuando el primo McCaslin (el tío del primo Zack) estaba
ausente, Ned apareó el borrico de la granja y la yegua de la pareja conjuntada
que tiraba del coche. Cuando se agotó el consiguiente alboroto y parió la yegua,
el primo McCaslin hizo que Ned le comprara el mulo quitándole todas las
semanas diez centavos del sueldo. Ned tardó tres años en pagarlo, pero para
entonces había vencido a todos los machos de veinte a treinta kilómetros a la
redonda que se le habían enfrentado, y a le llegaban desafíos desde cincuenta y
sesenta kilómetros y aún seguía ganando.
Tú has nacido demasiado tarde para saber de mulas y entender por tanto el
contenido sorprendente, incluso desconcertante, de esta afirmación. Una mula
que galope, aunque sólo sea una vez, por espacio de un kilómetro en la dirección
elegida por su jinete se convierte en una leyenda local; y una que lo haga de
manera sistemática se convierte en un fenómeno increíble. Porque, a diferencia
del caballo, una mula es demasiado inteligente para partirse el pecho por la gloria
de correr en torno al borde de un óvalo de una milla de perímetro. A decir
verdad, a la mula sólo la pongo por detrás de la rata en inteligencia, la mula
seguida en orden descendente por el gato, el perro y el último el caballo, con tal
de que, por supuesto, aceptes mi definición de inteligencia como la habilidad para
adaptarse al entorno, lo que significa aceptar el entorno aunque conservando un
mínimo de libertad personal.
Coloco primero a la rata sin el menor género de dudas. Vive en tu casa sin
ay udarte ni a comprarla, ni a construirla, ni a repararla, ni a pagar la
contribución; come lo que tú comes sin ayudarte ni a cultivarlo, ni a comprarlo y
ni siquiera a meterlo dentro de casa; no te puedes librar de ella; si no fuera
porque practica el canibalismo hace mucho tiempo que habría heredado la tierra.
El gato viene en tercer lugar, con algunas de las mismas cualidades, aunque se
trata de una criatura más débil, más enclenque; ni siembra ni teje; es un parásito
tuy o, pero no te quiere; morirá, cesará de existir, desaparecerá de la tierra (me
refiero a las especies llamadas domésticas), pero hasta el momento no ha tenido
que hacerlo. (Existe una fábula, china según creo, estoy seguro de que literaria,
en la que se habla de un periodo remoto en el que las criaturas dominantes eran
gatos, los cuales, después de milenios de tratar de resolver las angustias de la
mortalidad —hambruna, peste, guerra, injusticia, locura, avaricia—, de llegar, en
una palabra, al gobierno civilizado, reunieron en un congreso a los más sabios
entre los gatos filósofos para ver si se podía hacer algo; y en ese congreso,
después de largas deliberaciones, se llegó a la conclusión de que el dilema, los
problemas mismos, eran insolubles y que la única solución práctica consistiría en
renunciar, abandonar, abdicar, mediante la selección, entre las criaturas
inferiores, de una especie, de una raza lo bastante optimista como para creer que
el problema moral podía resolverse, y lo bastante ignorante para no salir nunca
de su error. No otra es la razón de que el gato viva contigo y dependa
completamente de ti para la comida y la habitación, pero no levante una zarpa
para ay udarte, ni tampoco te quiera; en una palabra, de que te mire como te
mira.)
Al perro lo pongo en cuarto lugar. Es valeroso, fiel, monógamo en su
devoción; también parásito tuyo; su fallo (al compararlo con el gato) es que
trabaja para ti, quiero decir que lo hace de buena gana, que es feliz, que
aprenderá cualquier truco, sin importarle lo estúpido que sea, sólo para agradarte,
por una palmadita en la cabeza; tan buen parásito y tan de primera clase como el
que más, pero su fallo es que es un adulador, convencido de que tiene además
que demostrar su gratitud; degradará y violará su dignidad para que te diviertas;
te hará fiestas en respuesta a una patada, dará la vida por ti en el combate y se
dejará morir de hambre sobre tus huesos. Al caballo lo sitúo en último lugar. Una
criatura capaz únicamente de una idea a la vez y cuyas cualidades más
destacadas son la timidez y el miedo. Hasta un niño lo puede engañar o engatusar
para que se rompa las patas, o incluso el corazón, corriendo demasiado a
demasiada velocidad o saltando cosas demasiado anchas o difíciles o altas;
comerá hasta reventar si no se le vigila como a un bebé; si tuviera sólo un gramo
de la inteligencia que posee la rata menos despierta, sería el jinete.
A la mula la sitúo en segundo lugar, y no en primero, porque puedes hacer
que trabaje para ti, aunque sólo sea dentro de las reglas muy estrictas que ella
misma se impone. Nunca come demasiado. Tirará de un carro o de un arado,
pero no participará en una carrera. No tratará de saltar nada que no sepa de
antemano y con toda certeza que puede saltar; no entrará en ningún sitio si no
sabe lo que hay al otro lado; trabajará pacientemente para ti durante diez años en
espera de que se presente la ocasión de darte una coz. En pocas palabras, libre de
obligaciones hacia sus antepasados y de responsabilidades con la posteridad, ha
conquistado no sólo la vida sino también la muerte, por lo que es inmortal; si hoy
desapareciese de la tierra, la misma combinación biológica casual que la produjo
ay er, volvería a producirla dentro de mil años, inalterada, idéntica, todavía
incorregible dentro de las limitaciones que ella misma ha puesto a prueba y
comprobado; siempre libre, siempre arreglándoselas. Razón por la que el macho
de Ned era único, un verdadero fenómeno. Si se pone a una docena de mulas en
un hipódromo, al dar la señal para que empiece la carrera, saldrán en doce
direcciones diferentes, como huy en los insectos asustados sobre la superficie de
un estanque; de esas doce direcciones, la que por casualidad coincida con la de la
pista ganará inevitablemente.
Pero no así el mulo de Ned. Mi padre decía que corría como un caballo, pero
sin el frenético frenesí del caballo, los respingos y los titubeos y los asustados y
desgarradores estallidos de velocidad. El mulo de Ned corría una carrera como
quien hace un trabajo: alcanzaba lo que y a había calculado que sería la velocidad
necesaria bajo el toque de Ned (o atendiendo a su voz o la que fuera su señal), y
esa velocidad no se modificaba hasta que cruzaba la meta y Ned lo detenía. Y
nadie, ni siquiera mi padre (que era…, no el mozo de cuadra de Ned,
exactamente, sino, más bien, su lugarteniente y agente de apuestas), supo nunca
qué era exactamente lo que Ned hacía con él. Como es lógico, también la
leyenda creció y se amplió (sin perjudicar en absoluto a la caballeriza). Me
refiero precisamente a saber qué clase de magia Ned había descubierto o
inventado para hacer que aquel mulo corriese de manera completamente distinta
a cualquier otro animal de su misma especie. Pero nunca supieron (supimos) qué
era, ni tampoco hubo nunca ninguna otra persona que lo montase, incluso después
de que Ned creciera en edad y peso, hasta que murió, invicto, a los veintidós
años; su tumba (sin duda más de un Edmonds te la habrá enseñado ya) está en la
granja McCaslin.
Ned hablaba de eso y Boon lo sabía, y Ned sabía que Boon lo sabía. Se
miraron el uno al otro.
—Lo que tienes ahí no es un mulo —dijo Boon—. Es un caballo.
—Este caballo tiene la misma clase de discernimiento que aquel mulo —dijo
Ned—. No tiene tanto, pero es de la misma clase.
Siguieron mirándose el uno al otro. Luego Boon dijo:
—Vamos a echarle una ojeada.
Minnie encendió una lámpara, Boon la cogió, y salimos todos al porche de
atrás y luego al patio, junto con Minnie y las señoritas Corrie y Reba. La luna
estaba empezando a alzarse y se veía un poco más. El caballo estaba atado a un
algarrobo, en una esquina. Le brillaron los ojos y luego desvió la cabeza; resopló
y oímos cómo, nervioso, golpeaba el suelo con una pata.
—Ustedes, señoras, tengan la amabilidad de retroceder un momento, por
favor —dijo Ned—. Aún no está muy acostumbrado al trato social —todos nos
detuvimos. Boon alzó la lámpara; los ojos del caballo brillaron de nuevo, fríos y
nerviosos; Ned le habló mientras se acercaba hasta tocarle la paletilla,
acariciándosela, siempre sin dejar de hablar, hasta que tuvo el ronzal en la mano
—. Ahora no te acerques con esa lámpara —le dijo a Boon—. Sube los escalones
y sostén la luz donde las señoras puedan ver un caballo, si es que les apetece. Y
cuando digo caballo, quiero decir caballo. No esos pencos a los que llaman
caballos en Jefferson.
—Deja de hablar y tráelo donde lo podamos ver —dijo Boon.
—Ya lo estás mirando —dijo Ned—. Sostén la lámpara bien alta.
De todos modos acercó el caballo y le hizo moverse un poco. Sí, claro que lo
recuerdo: un animal de tres años, alazán castrado con tres cuartos de purasangre
(por lo menos, quizá más: yo no era lo bastante experto para saberlo), no muy
grande, menos de dieciséis palmos, pero de cuello largo para el equilibrio, las
espaldillas muy atrás para la velocidad y los corvejones grandes para el impulso
(y, según Ned, tenía además a Ned McCaslin para proporcionarle corazón y
voluntad). Así que, si bien y o sólo tenía once años, creo que pensaba
exactamente lo que un momento después se demostró que también Boon estaba
pensando. Boon examinó el caballo. Luego miró a Ned. Pero cuando habló su voz
no era más que un murmullo:
—Este caballo es…
—Espera —dijo la señorita Corrie. Efectivamente. Yo ni siquiera había visto a
Otis. Ésa era otra característica suy a: cuando te dabas cuenta de su presencia, y a
no faltaba más que un segundo para que fuese demasiado tarde. Pero, en su caso,
tampoco era eso lo que estaba mal.
—Cielos, sí —dijo la señorita Reba. Créeme, las mujeres son maravillosas—.
Sal de aquí —le dijo a Otis.
—Entra en la casa, Otis —dijo la señorita Corrie.
—Ya lo creo que sí —dijo Otis—. Vamos, Lucius.
—No —dijo la señorita Corrie—. Tú solo. Vete ahora. Ya puedes subir a tu
cuarto.
—Todavía es pronto —dijo Otis—. Y tampoco tengo sueño.
—No te lo voy a decir dos veces —intervino la señorita Reba. Boon esperó a
que Otis entrara en la casa. Esperamos todos, Boon levantando mucho la
lámpara, de manera que la luz cayera sobre todo en su cara y en la de Ned,
hasta que habló de nuevo en un susurro sin inflexiones, él y también Ned:
—Ese caballo es robado —murmuró Boon.
—¿Cómo llamarías al automóvil? —murmuró Ned.
Sí, maravilloso; la señorita Reba alzó la voz tan poco como Boon y como Ned,
pero habló con más energía:
—Hay que sacarlo de la ciudad.
—Con esa intención lo he traído hasta aquí —dijo Ned—. Tan pronto como
haya cenado, él y yo nos pondremos en camino hacia Possum.
—¿Tienes idea de lo lejos que está Possum, aparte de en qué dirección? — dijo Boon.
—¿Importa eso? —dijo Ned—. Cuando el Jefe se marchó sin llevarse el
automóvil debajo del brazo, ¿te preocupaba mucho saber lo lejos que estaba
Memphis?
La señorita Reba empezó a moverse.
—Entren en casa —dijo—. ¿Puede verlo alguien ahí donde está? —le
preguntó a Ned.
—No, señora —dijo Ned—. No soy tan tonto. Ya me he ocupado de eso —ató
de nuevo el caballo al árbol y todos seguimos a la señorita Reba, que subía y a los
escalones del porche.
—La cocina —dijo—. Casi es hora de que empiece a llegar gente.
En la cocina le dijo a Minnie:
—Quédate en mi habitación para que puedas atender la puerta. ¿Me has
devuelto las llaves o…? Está bien. No fíes a nadie si no lo conoces; si puedes,
devuelve el cambio antes incluso de descorchar la botella. Y entérate también de
quién está ya en casa. Si alguien pregunta por la señorita Corrie, limítate a decir
que se ha presentado en la ciudad su amigo de Chicago.
—Si alguno de ellos no te cree, diles que den la vuelta por el callejón y
llamen por la puerta de atrás —dijo Boon.
—Por el amor de Dios —dijo la señorita Reba—. ¿Es que no tienes y a
suficientes problemas para mantenerte ocupado? Si no quieres que Corrie reciba
visitas, ¿por qué demonios no la compras al contado en lugar de alquilarla una vez
cada seis meses?
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Boon.
—Y entérate también de dónde está todo el mundo —le dijo la señorita Reba
a Minnie.
—De Otis y a me ocupo yo —dijo la señorita Corrie.
—Haz que siga donde está —dijo la señorita Reba—. Ya ha organizado todos
los líos con caballos que estoy dispuesta a aguantar por hoy —la señorita Corrie
se marchó. La señorita Reba fue en persona a cerrar la puerta y se quedó
mirando a Ned—. ¿Quieres decir que pensabas ir montado en ese caballo hasta
Parsham?
—Eso es —respondió Ned.
—¿Sabes lo lejos que está Parsham?
—¿Importa eso? —repitió Ned—. No necesito saber lo lejos que está Possum.
Todo lo que necesito es Possum. Por eso he cambiado de idea sobre montarlo:
puede ser lejos. Al principio pensé, puesto que están ustedes en el negocio de las
relaciones…
—¿Qué demonios quieres decir? —le interrumpió la señorita Reba—. Dirijo
una casa. A cualquiera que no llame a las cosas por su nombre por exceso de
delicadeza no lo quiero ni en la puerta principal ni tampoco en la de atrás.
—Me refiero a algún conocido suyo —dijo Ned—. Alguien que tenga un
caballo de silla o de labranza, o incluso una mula que yo pudiera montar,
mientras Lucius llevaba el potro, e ir a Possum de esa manera. Pero no tenemos
que correr una vez una milla pasado mañana; tenemos que correr tres veces y,
por lo menos dos, llegar antes que el otro caballo. Así que voy a llevarlo andando.
—Muy bien —dijo la señorita Reba—. Tú y ese caballo y a estáis en
Parsham. Todo lo que necesitas a continuación es una carrera.
—Quienquiera que tenga un caballo encuentra una carrera en cualquier sitio
—dijo Ned—. Todo lo que necesita es que los dos se mantengan en pie el tiempo
suficiente para empezar.
—¿Eres capaz de hacer que ése se mantenga en pie el tiempo suficiente?
—Sí, señora —dijo Ned.
—¿Cómo lo sabes?
—Hice correr a aquel mulo —dijo Ned.
—¿Qué mulo? —dijo la señorita Reba. En aquel momento entró la señorita
Corrie y volvió a cerrar la puerta.
—Asegúrate de que está bien cerrada —dijo la señorita Reba. Luego siguió
con Ned—: De acuerdo. Cuéntame lo de esa carrera —Ned se la quedó mirando
durante todo un cuarto de minuto; habían desaparecido por completo la
insolencia, por su condición de servidor privilegiado, consentido e inmune, que
caracterizaba sus relaciones con Boon, y la mandonería casi paternal de sus
relaciones conmigo.
—Parece como si quisiera usted hablar en serio para variar —dijo.
—Ponme a prueba —dijo la señorita Reba.
—Muy bien —dijo Ned—. Un individuo, otro blanco rico (no sé su nombre
pero sé cómo encontrarlo; en Possum no hay otro caballo igual en treinta
kilómetros a la redonda, y menos aún en quince), es propietario de un purasangre
que y a corrió dos veces contra este potro el invierno pasado y le ganó las dos. El
purasangre de Possum ganó de manera tan clara la primera vez que el
propietario de este caballo apostó el doble la segunda vez. Y volvió a perder
todavía de manera más clara, así que cuando este potro aparezca en Possum
pasado mañana, pidiendo otra carrera, el dueño del otro no sólo estará dispuesto a
dejar que su purasangre corra otra vez, sino que probablemente se enorgullecerá
y se avergonzará al mismo tiempo de quedarse con el dinero.
—De acuerdo —dijo la señorita Reba—. Sigue.
—Eso es todo —dijo Ned—. Sé cómo hacer correr a este caballo. Sólo que
hasta ahora el único que lo sabe soy yo. De modo que en el caso de que a
ustedes, señoras, les apetezca hacer una pequeña apuesta, yo y Lucius y el señor
Hogganbecktambién podemos encargarnos de eso.
—¿Eso incluy e al que tiene ahora el automóvil? —preguntó la señorita Reba
—. Me refiero a si figura entre los que no saben que puedes hacer que ese potro
corra.
—Sí, señora —dijo Ned.
—En ese caso, ¿por qué no le ha evitado molestias a todo el mundo y os ha
mandado al caballo y a ti a Parsham, si está tan convencido de que todo lo que
tiene que hacer para quedarse con los dos, el caballo y el automóvil, es que se
celebre esa carrera? —el silencio fue total; se limitaron a mirarse el uno al otro
—. Vamos —dijo la señorita Reba—. Tienes que decir algo. ¿Cómo te llamas?
—Ned William McCaslin Jefferson Missippi —dijo Ned.
—¿Y bien? —dijo la señorita Reba.
—Quizá no se lo pueda permitir —dijo Ned.
—Maldita sea —dijo Boon—. Tampoco nosotros…
—Cierra la boca —le dijo la señorita Reba a Boon—. Creía que habías dicho
que era rico.
—Estoy hablando de la persona con quien hice el trueque.
—¿Esa persona le compró el caballo al blanco rico?
—Tenía el caballo.
—¿Te dio un documento de alguna clase cuando hicisteis el trueque?
—Me dio el caballo —dijo Ned.
—¿No sabes leer? —dijo la señorita Reba—. ¿Verdad?
—Tengo el caballo —dijo Ned. La señorita Reba se le quedó mirando.
—Tienes el caballo. Lo llevas a Parsham. Dices que tienes un sistema que lo
hará correr. ¿Servirá ese sistema para llevar el automóvil a Parsham?
—Use el sentido común —dijo Ned—. Tiene usted más que suficiente. Ha
entendido más y más deprisa que las demás personas aquí presentes. Esfuércese
un poco más y piense en que la gente con la que hice el trueque…
—¿La gente? —preguntó la señorita Reba—. Dijiste una persona —pero Ned
ni siquiera se detuvo:
—… están exactamente en el mismo aprieto que nosotros: más pronto o más
tarde tendrán que volver a casa.
—Tanto si el interesado se llama Ned William McCaslin o Boon Hogganbeck
o como quiera que se llamen las personas con las que se ha hecho el trueque,
volver a casa sólo con el caballo o sólo con el automóvil no va a ser suficiente:
tiene que presentarse con las dos cosas. ¿No es así? —dijo la señorita Reba.
—Aún no se acerca lo bastante —dijo Ned—. ¿No es eso lo que estoy
tratando de decirle desde hace dos horas? —la señorita Reba miró fijamente a
Ned. Luego respiró hondo una vez.
—De manera que ahora vas a llevarlo andando a Parsham, con todos los polis
del oeste de Tennessee olfateando las carreteras que salen de Memphis en busca
de boñigas…
—¡Reba! —dijo la señorita Corrie.
—… tan pronto como amanezca.
—Sí, señora —dijo Ned—. Ya hemos llegado demasiado lejos para permitir
que ahora pillen a nadie. Pero lo está usted haciendo muy bien. Estupendamente.
Dígame lo que se le ocurre —la señorita Reba lo seguía mirando; ahora respiró
hondo dos veces; ni siquiera movió los ojos cuando habló con la señorita Corrie.
—Ese guardafrenos…
—¿Qué guardafrenos? —dijo la señorita Corrie.
—Ya sabes a quién me refiero. Uno al que el tío, o el primo o lo que sea, de
su madre…
—No es guardafrenos —dijo la señorita Corrie—. Es guardavía. Se encarga
del Especial de Memphis, el que va a Nueva York. Y también lleva uniforme,
igual que el revisor…
—De acuerdo —dijo la señorita Reba—. Guardavía —ahora se dirigió a Boon
—: Entre las relaciones de Corrie… —miró un momento a Ned—. Quizá me
guste esa palabra tuy a después de todo. El tío de su madre, o algo parecido, es
vicepresidente, o algo así, del ferrocarril que cruza por Parsham…
—Su tío es inspector de sección —dijo la señorita Corrie.
—Inspector de sección —dijo la señorita Reba—. Es decir, lo es excepto
cuando se marcha al hipódromo de aquí o de cualquier otra ciudad por la que
pasan sus trenes, hipódromos en los que puede presenciar carreras de caballos
mientras su sobrino se va abriendo camino en el ferrocarril, siempre con la
protección de la buena estrella de su tío y siempre que no llame la atención por
recurrir a ella con demasiada frecuencia. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—El furgón de equipajes —dijo Boon.
—Precisamente —dijo la señorita Reba—. En ese caso estarían en Parsham,
e incluso retirados de la circulación, mañana al amanecer.
—Incluso con el furgón de equipajes, todavía costará dinero —dijo Boon—.
Luego tendrán que esconderse hasta que se celebre la carrera y además hay que
reunir ciento cincuenta dólares para la carrera misma, y todo lo que y o tengo son
quince o veinte —se puso en pie—. Ve a por el caballo —le dijo a Ned—. ¿Dónde
has dicho que vivía el tipo que se llevó el automóvil?
—Siéntate —dijo la señorita Reba—. Dios bendito, a pesar de los problemas
que inevitablemente vas a tener cuando vuelvas a Jefferson, aún te queda tiempo
para contar céntimos —miró otra vez a Ned—. ¿Cómo has dicho que te llamas?
Ned se lo dijo de nuevo.
—Quiere usted saber lo de aquel mulo. Pregúntele a Boon Hogganbeck.
—¿No haces nunca que te llame señor? —le dijo a Boon la señorita Reba.
—Siempre le llamo señor —dijo Ned—. Señor Boon Hogganbeck. Pregúntele
sobre aquel mulo.
La señorita Reba se volvió hacia la señorita Corrie.
—¿Sam está esta noche en la ciudad?
—Sí —dijo la señorita Corrie.
—¿Te puedes poner ahora mismo en contacto con él?
—Sí —dijo la señorita Corrie.
La señorita Reba se volvió hacia Boon.
—Vete de aquí. Paséate durante un par de horas. O vete a casa de Birdie Watt
si lo prefieres. Pero no te emborraches, por lo que más quieras. ¿Con qué
demonios crees que Corrie come y paga el alquiler mientras tú estás en esa
ciénaga de Missippi robando automóviles y raptando niños? ¿Con aire?
—No me voy a ir a ningún sitio —dijo Boon—. Demonios coronados —le
dijo a Ned—, ve a por ese caballo.
—No necesito invitarlo a venir —dijo la señorita Corrie—. Puedo llamarlo
por teléfono —no lo dijo ni pagada de sí misma ni haciendo remilgos: tan sólo
con serenidad. Era una chica demasiado grande, había demasiado de ella para
autocomplacencia o para remilgos. Pero la serenidad le sentaba perfectamente.
—¿Estás segura? —preguntó la señorita
—Sí —dijo la señorita Corrie.
—Entonces manos a la obra —dijo la señorita Reba.
—Ven aquí —dijo Boon. La señorita Corrie se detuvo—. He dicho que vengas
aquí —dijo Boon. Ella se le acercó, aunque no lo bastante para que pudiera
alcanzarla; de repente noté que no estaba mirando a Boon en absoluto, sino que
me estaba mirando a mí. Quizá por eso Boon, todavía sentado, pudo cogerla de
repente por el brazo antes de que lograra escabullirse, y tirar de ella, aunque la
señorita Corrie hiciera ademán de resistirse, como era inevitable tratándose de
una chica tan grande, sin dejar de mirarme.
—Suéltame —dijo—. Tengo que ir a telefonear.
—Claro, claro —dijo Boon—; hay tiempo de sobra —acercándosela; hasta
que, con esa falsa compostura, con esa desesperada voluntad de parecer a la vez
enérgico e inofensivo, con que se le tira la manzana que se lleva en la mano (o
cualquier otro objeto que sirva de momentánea distracción) al toro que de
repente se descubre que está del mismo lado de la valla que nosotros, la señorita
Corrie se inclinó decidida, le dio a Boon un beso muy veloz en lo alto de la
cabeza, retirándose ya. Pero lo hizo de nuevo demasiado tarde, y a que la mano
de Boon descendió, apoderándose de un carrillo de su trasero, a la vista de todos,
la señorita Corrie echándose para atrás y mirándome de nuevo con algo oscuro y
suplicante en los ojos (vergüenza, pesar, no lo sé) mientras se le encendía el
rostro lentamente, aquel rostro suyo que no tenía en absoluto nada de vulgar,
excepto al principio. Pero sólo un momento; seguía decidida a ser una señora.
Forcejeó incluso como una dama. Pero era sencillamente demasiado grande,
demasiado fuerte para que nadie, ni siquiera alguien tan grande y tan fuerte
como Boon la retuviera sólo con una mano, sin otro asidero que aquél; enseguida
quedó libre.
—Deberías avergonzarte —le dijo.
—¿No puedes siquiera contenerte lo bastante para que haga una llamada
telefónica? —le dijo a Boon la señorita Reba— Si te va a subir la temperatura con
la preocupación de preservar su pureza, ¿por qué demonios no la instalas en un
sitio para ella sola donde pueda mantenerse pura y seguir comiendo? —luego a la
señorita Corrie—: Vete y telefonea. Ya son las nueve.
Tarde y a para todo lo que teníamos que hacer. La casa había empezado a
despertarse; comenzaba la « movida» , como decís ahora. Pero de manera
decorosa; sin alboroto a causa de la música ni por la alegría del ambiente; el
fantasma del señor Binford reinaba aún, todavía ensombrecía las grutas donde se
rendía culto a las nalgas bien proporcionadas, puesto que sólo dos de las damas
sabían de su ausencia y los clientes aún no le habían echado de menos; habíamos
oído el timbre y la voz lejana de Minnie al abrir la puerta; desde la escalera nos
habían llegado los pasos de las mismas ninfas al descender, e incluso mientras la
señorita Corrie tenía la mano en el tirador de la puerta, el tintineo de las copas se
mezclaba rítmicamente con el grave murmullo de los agasajados y los gritos
más agudos de sus agasajadoras del otro lado de la puerta que procedió a abrir,
por la que pasó y que volvió a cerrar después. Luego también se presentó Minnie;
al parecer las damas desocupadas se turnarían como recepcionistas durante la
emergencia.
Ya ves, cómo, efectivamente, el niño es padre del hombre y la niña,
igualmente, madre de la mujer. En Jefferson y o había pensado que el motivo de
que la corrupción, la No-virtud hubiera tropezado en mí con un contrincante tan
insignificante, hasta el punto de no ser siquiera digno de ese nombre, era mi
inexperiencia y la inocencia que acompaña a la juventud. Pero aquella victoria
había exigido al menos las tres horas transcurridas desde el momento en que supe
de la muerte del abuelo Lessep y aquél en que el tren empezó a moverse y
comprendí que Boon iba a disfrutar de la posesión indiscutida de la llave del
automóvil del abuelo durante un mínimo de cuatro días. Allí, en cambio, estaban
las señoritas Reba y Corrie, contrincantes que cualquiera consideraría
endurecidas, aunque quizá no más sabias, en razón de la constante experiencia
diaria, ante cualquier ardid o asalto que la No-virtud (o la Virtud) pudiera inventar
contra ellas, objeto y a de saqueos y pillajes, y que treinta minutos antes ni
siquiera sabían de la existencia de Ned, y mucho menos de la de aquel caballo. Y
no digamos nada del completo desconocido por el que la señorita Corrie acababa
de abandonar la habitación, con la tranquila convicción de que lo conquistaría sin
otra arma que el teléfono.
Llevaba ausente casi dos minutos ya. Minnie había cogido la lámpara para
volver al porche de atrás; me di cuenta de que tampoco Ned estaba presente.
—Minnie —dijo la señorita Reba en dirección a la puerta de atrás—, quedaba
algo de ese pollo…
—Sí, señora —dijo Minnie—. Le he preparado un plato. Ya lo tiene delante en
este momento —Ned dijo algo, que no oímos, pero sí la respuesta de Minnie—: Si
todo lo que tiene para saciar el apetito soy y o, va usted a morirse dos veces de
hambre desde ahora hasta que amanezca —tampoco pudimos oír lo que dijo
Ned. Hacía y a casi cuatro minutos que la señorita Corrie se había marchado.
Boon se puso en pie de un salto.
—Maldita sea… —dijo.
—¿Estás celoso hasta de un teléfono? —le preguntó la señorita Reba—. ¿Qué
demonios va a hacerle a través de ese maldito auricular de gutapercha?
Pero oíamos a Minnie: un ruido brusco y apagado, luego sus pasos. Entró en
la habitación, con la respiración un poco agitada, aunque no mucho.
—¿Pasa algo? —preguntó la señorita Reba.
—No pasa nada —dijo Minnie—. Es como la may oría. Tiene mucho apetito,
pero no sabe muy bien dónde está localizado.
—Dale una botella de cerveza. A no ser que tengas miedo de volver a salir ahí
fuera.
—No me da miedo —dijo Minnie—. Le gusta tocar el género. Puede que un
poco más de lo corriente. Estoy acostumbrada. Hay cantidad de ellos que son así:
les gusta tanto el género que nadie descansa hasta que se van a dormir.
—Seguro que estás acostumbrada —dijo Boon—. Es el diente ése. El mismo
problema de todas las mujeres, que nunca podéis dejar que las cosas sigan como
están.
—¿Qué quieres decir? —intervino la señorita Reba.
—Sabes muy bien lo que quiero decir —respondió Boon—. No renunciáis
nunca. No estáis nunca satisfechas. No tenéis nunca compasión de un pobre
desgraciado. Mírala: no se ha quedado tranquila hasta que ha ahorrado y
economizado para ponerse un diente de oro, un diente de oro en mitad de la cara
sólo para volver loco a un pobre negro ignorante que viene del campo…
—… o pasarse cinco minutos hablando dentro de una cabina sólo para volver
loco a otro pobre cabrón ignorante que no ha hecho otra cosa en toda su vida que
robar primero un automóvil y ahora un caballo. Nunca he conocido a nadie tan
necesitado de casarse como tú.
—Ya lo creo que sí —dijo Minnie desde la puerta—. Eso le curaría. Yo lo he
probado dos veces y desde luego aprendí la lección…
La señorita Corrie entró en la habitación.
—Ya está —dijo: serena, tan poco vulgar como una gran lámpara de
porcelana con su mecha ardiendo dentro—. También él viene. Nos va a ayudar.
Dice…
—Amí no —dijo Boon—. Ese hijo de mala madre no me va a ay udar a mí.
—Entonces esfúmate —dijo la señorita Reba—. Márchate con viento fresco.
¿Qué es lo que vas a hacer? ¿Vas a volver a Missippi andando o montado a
caballo? Vamos. Siéntate. Más te valdrá mientras esperamos. Cuéntanos —le dijo
a la señorita Corrie.
¿Te das cuenta? « ¡No es guardafrenos! ¡Es guardavía! Lleva uniforme
exactamente igual que el revisor. Nos va a ay udar.» A todo el mundo le gusta un
amante, dijo (según creo) el Cisne de Avon
[6]
, que profundizó más que nadie en
el corazón del hombre. Es una lástima que no estuviera familiarizado con los
caballos para haber añadido, A todo el mundo, al parecer, le gusta también un
caballo de carreras robado. La señorita Corrie nos lo explicó; y Otis se hallaba
otra vez en la habitación, aunque y o no le había visto entrar; y había algo en él
que estaba mal, aunque tampoco fuese no reparar en él hasta que casi era y a
demasiado tarde.
—Hará falta comprar por lo menos un billete hasta Possum para tener…
—Es Parsham —dijo la señorita Reba.
—De acuerdo —dijo la señorita Corrie—… Algo con que facturarlo como
equipaje, como se hace con un baúl. Sam traerá el billete y el talón de equipajes.
Pero todo saldrá bien; en una vía muerta habrá un furgón vacío (Sam sabrá
dónde), y lo único que tenemos que hacer es subir al caballo, y Sam ha dicho que
hay que tapiarlo en un rincón con unos tablones para que no pueda dejarse caer;
también tendrá preparados algunos tablones y clavos; dice que es todo lo que
puede hacer en tan poco tiempo. No se atreve a contarle a su tío más de lo
necesario, porque de lo contrario su tío querrá venir también. Así que según Sam
el único riesgo será llevar el caballo desde aquí hasta donde está esperando el
furgón. Dice que sería un error que… —se detuvo, mirando a Ned.
—Ned William McCaslin Jefferson Missippi —dijo Ned.
—… que Ned pasara incluso por una callejuela a estas horas de la noche
llevando un caballo; el primer policía con que se tropezara lo detendría. De
manera que vendrá él mismo con una manta y se pondrá el uniforme para que él
y Boon y yo llevemos el caballo a la estación y nadie note nada. Ah, sí, el tren de
pasajeros…
—¡Ira de Dios! —dijo la señorita Reba—. Una puta, un revisor de coche
cama y una rata de ciénaga de Missippi del tamaño de un depósito de agua
llevando de las riendas a un caballo de carreras por las calles de Memphis el
domingo a medianoche ¿y nadie va a notar nada?
—¡Para ya! —dijo la señorita Corrie.
—¿Que pare qué? —preguntó la señorita Reba.
—Ya sabes. Hablar de esa manera delante de…
—Ah —dijo la señorita Reba—. Si se hubiera dejado caer por aquí desde
Missippi con Boon para hacernos una visita de amigos, por así decirlo, quizá
podríamos esforzarnos para no ofender sus oídos. Pero si utilizan esta casa como
cuartel general mientras roban automóviles y caballos, tiene que arriesgarse
como cualquier hijo de vecino. ¿Qué era lo que decías sobre el tren?
—Sí. El tren de pasajeros que sale hacia Washington a las cuatro de la
madrugada recogerá el furgón, y estaremos todos en Possum antes de que
amanezca.
—Parsham, maldita sea —dijo la señorita Reba—. ¿Estaremos?
—¿Es que tú no vienes? —preguntó la señorita Corrie.
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