
1
EL ABUELO DIJO:
Así entenderás la clase de persona que era Boon Hogganbeck. Colgada de la
pared, esta historia habría sido su epitafio, como un gráfico del sistema Bertillon o
un cartel de la policía ofreciendo una recompensa por su captura; cualquier poli
del norte de Mississippi lo habría detenido con sólo leer la fecha.
Era un sábado por la mañana, a eso de las diez. Tu bisabuelo y yo, los dos,
estábamos en la oficina; mi padre, sentado ante el escritorio, contaba el dinero de
la bolsa de lona para ver si se correspondía con la lista de facturas que yo
acababa de cobrar en la plaza; yo, por mi parte, sentado en la silla junto a la
pared, esperaba a que dieran las doce, momento en que recibiría mi paga
semanal de diez centavos; después iríamos a almorzar a casa y a continuación
quedaría en libertad, por fin, para incorporarme (estábamos en mayo) al partido
de béisbol que había empezado a disputarse sin mí a la hora del desayuno: la idea
(no mía sino de tu bisabuelo) era que a los once años un hombre debía llevar ya
uno pagando por el espacio que ocupaba, por el sitio de que disponía en la
economía mundial (al menos en la de Jefferson, Mississippi), además de asumir
la responsabilidad ajena. Todos los sábados por la mañana yo salía de casa con
mi padre nada más terminar el desayuno, cuando los otros chicos de la calle se
estaban pertrechando de pelotas, bates y guantes, lo mismo que mis tres
hermanos quienes, por ser más jóvenes y por tanto de menor tamaño que yo,
eran más afortunados, dado que la lógica de mi padre y la premisa que servía de
base a sus razonamientos era la siguiente: puesto que cualquier varón adulto
merecedor de tal nombre estaba en condiciones de equilibrar o compensar a
cuatro niños en materia de espacio económico, cualquiera de los niños, y con
más motivo el may or, bastaba para ocuparse de los necesarios movimientos
económicos, que, en este caso, consistían en ir a cobrar los sábados por la
mañana las facturas por el transporte de las cajas y los cajones de mercancías
que nuestros cocheros negros recogían en la estación de ferrocarril durante la
semana y entregaban en la puerta de atrás de las tiendas de ultramarinos, los
almacenes de suministros agrícolas y las ferreterías; en regresar con la bolsa de
lona a la caballeriza para que mi padre contara el dinero y viese si cuadraban las
cuentas, y en quedarme luego en la oficina el resto de la mañana, dedicado,
teóricamente, a contestar las llamadas telefónicas: todo ello por la suma de diez
centavos semanales, cantidad que se consideraba suficiente para cubrir mis
gastos menudos.
Eso era lo que estábamos haciendo cuando Boon cruzó la puerta de un salto.
Digo bien. De un salto. En realidad no había que franquear un escalón muy alto
desde el pasillo (si bien John Powell, el jefe de los mozos de cuadra, había hecho
que Son Thomas, el cochero más joven, encontrara en algún sitio, pidiera
prestado, se llevara —birlara para mí, por decirlo a las claras— un bloque de
madera como escalón intermedio) y Boon podría haberlo superado como hacía
siempre, con las zancadas propias de su metro noventa de estatura. Pero no en
aquella ocasión, porque entró de un salto en la oficina. En su estado normal, Boon
nunca tenía una expresión especialmente amable o serena, pero, en aquel
momento, daba toda la sensación de que la cara le iba a explotar entre los
hombros de pura emoción, prisa, lo que fuera, a saltos por la oficina camino del
escritorio y gritándole y a a mi padre: « Quítese de en medio, señor Maury» ,
lanzándose a través de mi padre en busca del cajón inferior del escritorio donde
se guardaba el revólver de la caballeriza; no sé si fue Boon tirándose hacia el
cajón quien derribó la silla (era una silla giratoria sobre ruedas) o si fue mi padre
quien la empujó hacia atrás para tener sitio y poder darle una patada a la mano
de Boon, con lo que los ordenados montoncitos de monedas salieron disparados
en todas direcciones: mi padre gritaba también, al tiempo que pateaba el cajón o
la mano de Boon o, quizá, las dos cosas al mismo tiempo:
—¡Maldita sea, estate quieto!
—¡Voy a pegarle un tiro a Ludus! —gritó Boon—. ¡Probablemente ya habrá
llegado al otro extremo de la plaza! ¡Ándese con ojo, señor Maury!
—¡No! —dijo mi padre—, ¡vete de aquí!
—¿No me deja cogerlo? —preguntó Boon.
—No, maldita sea —dijo mi padre.
—Está bien —dijo Boon, saltando de nuevo, esta vez hacia la puerta, hasta
salir de la oficina. Pero mi padre se quedó donde estaba. Estoy seguro de que
más de una vez te has dado cuenta de lo ignorantes que son las personas de más
de treinta o cuarenta años. No me refiero a olvidadizos. Es engañoso y fácil,
demasiado fácil decir Ah, a papá (o al abuelo) o a mamá (o a la abuela) lo que les
pasa es que son viejos; se han olvidado. Porque hay ciertas cosas, algunas
realidades innegables de la vida, que no se olvidan, por muy viejo que se sea.
Hay una zanja, una sima; de niño la cruzabas por una pasarela. Vuelves
arrastrándote y chocheando a los treinta y cinco o a los cuarenta y la pasarela ha
desaparecido; tal vez no la recuerdes, pero, por lo menos, no te lanzarás al vacío
en el sitio donde estaba la pasarela. Eso fue lo que hizo mi padre entonces. Boon
entró a saltos en la oficina sin avisar y casi derribó a mi padre, con silla y todo,
tratando de llegar al cajón donde estaba el revólver, hasta que mi padre consiguió
darle una patada en la mano o aplastársela, o lo que fuese que hiciera, para que
la retirase; entonces Boon se dio media vuelta y salió a saltos del despacho y, al
parecer, evidentemente, mi padre creyó que aquello era todo, que había
terminado. Siguió, por una cuestión de principio, hasta concluir la ristra de
maldiciones que había empezado, como si no tuviera nada urgente que hacer,
colocó de nuevo la silla junto al escritorio y, al darse cuenta de que tendría que
volver a contar todo el dinero desparramado, reanudó las maldiciones dirigidas a
Boon, no y a por la cuestión del revólver, sino sencillamente por ser Boon
Hogganbeck quien era, hasta que se lo dije.
—Ha ido a ver si consigue que le presten el revólver de John Powell —le dije.
—¿Qué? —gritó mi padre. Entonces también saltó él, saltamos los dos para
ser más exactos, cruzamos el despacho y corrimos por el pasillo hacia el corral
detrás de la cuadra donde John Powell y Luster ayudaban a Gabe, el herrero, a
herrar a tres de las mulas y a uno de los caballos de tiro, esta vez sin que mi
padre perdiera ya tiempo maldiciendo: tan sólo se limitaba a gritar « ¡John!
¡Boon! ¡John! ¡Boon!» cada tres pasos.
Pero también llegamos demasiado tarde. Porque Boon le engañó, nos engañó.
Y es que el revólver de John Powell, además de problema moral, era también un
problema sentimental de la caballeriza. Se trataba de un revólver de cañón corto
de calibre 41, muy viejo pero en excelente estado, porque John lo mantenía
siempre a punto desde que se lo compró a su padre el día que cumplió los
veintiún años. Sólo que teóricamente no lo tenía. Quiero decir que no existía
oficialmente. La regla, tan antigua como la misma caballeriza, era que la única
arma de fuego relacionada con ella era la que se guardaba en el cajón inferior
derecho del escritorio que había en el despacho, y se daba por sentado, mediante
algo semejante a un acuerdo entre caballeros, que el personal del
establecimiento no tenía nunca un arma de fuego en su poder desde el momento
en que entraba a trabajar hasta que volvía a su casa ni, mucho menos aún, la
traía consigo al trabajo. John, sin embargo, nos lo había explicado a todos y
contaba con nuestra simpatía y comprensión colectivas, que formaban, si no se
hubiera presentado aquella crisis inimaginable, cosa que no habría sucedido de no
ser por Boon Hogganbeck, un frente unido e inexpugnable ante el mundo e
incluso ante mi padre. John nos había contado cómo ganó el dinero para comprar
el revólver trabajando fuera de casa en su tiempo libre, sin reducir por ello el
número de horas que dedicaba a ayudar a su padre en la granja, ya que se
trataba de un tiempo que le pertenecía y que podía dedicar a comer o a dormir,
hasta que, el día que cumplió los veintiún años, le pagó a su padre la última
moneda y recibió el revólver; nos había contado cómo aquella arma era el
símbolo viviente de su hombría, la prueba irrebatible de que y a tenía veintiún
años y de que era un hombre; que no tenía la menor intención, que renunciaba
incluso a imaginar una situación en la que, por la razón que fuera, tuviera que apretar el gatillo en contra de un ser humano, pero que, sin embargo, necesitaba
llevarla consigo; le resultaba tan imposible dejar el revólver en casa como lo
hubiera sido dejar su hombría en un remoto armario o cajón cuando venía a
trabajar; nos había dicho (y nosotros le creímos) que si alguna vez llegaba el
momento en que tuviera que escoger entre dejar el revólver en casa o venir a
trabajar, no se lo pensaría dos veces.
De manera que, al principio, su mujer le cosió un bolsillo muy resistente;
exactamente del tamaño del revólver, en el interior del peto del mono. Pero el
mismo John se dio cuenta enseguida de que aquella solución no servía. No porque
el arma se le fuera a caer en algún momento de manera irreparable, sino porque
su silueta se recortaba con toda claridad a través de la tela; aquel bulto no podía
ser otra cosa que un revólver. En nuestro caso daba lo mismo, porque todos
sabíamos que lo tenía, desde el señor Ballott, el capataz blanco de la caballeriza,
y Boon, su ay udante (que hacía el turno de noche y que en aquel momento, por
lo tanto, debería haber estado en su casa, durmiendo), pasando por todos los
cocheros y mozos de cuadra de raza negra, hasta llegar al último y modesto
encargado de limpiar los pesebres e incluso a mí, que me encargaba de cobrar el
sábado las facturas acumuladas durante la semana y de responder a las llamadas
telefónicas. En el mismo caso se encontraba también el viejo Dan Grinnup, un
sucio individuo de barba con manchas de tabaco, que nunca estaba
completamente borracho y que no tenía ningún empleo propiamente tal en la
caballeriza, en parte quizá debido al whisky, pero sobre todo en razón de su
apellido, que no era Grinnup en absoluto, sino Grenier: uno de los apellidos más
antiguos del distrito hasta que la familia se derrumbó —Louis Grenier, un
hugonote, fue quien cruzó las montañas desde Virginia y Carolina después de la
revolución, llegó a Mississippi en los años noventa del siglo XVIII, fundó
Jefferson y le dio nombre—, por lo que ahora el viejo Dan carecía de domicilio
fijo (y de familia, a excepción de un sobrino o un primo idiota, o algo parecido,
que aún vivía en una tienda de campaña más allá de Frenchman’s Bend, en una
zona de espesura, junto al río, que había sido en otro tiempo parte de la plantación
de los Grenier), pero siempre se presentaba en la caballeriza, nunca tan borracho
que no estuviera en condiciones de conducir, a tiempo para ir con el coche de
alquiler a la estación cuando llegaban los trenes de las nueve y treinta y de las
cuatro y doce y depositar en el hotel a los viajantes de comercio, o, en algunas
ocasiones, pasarse toda la noche trabajando si había bailes o espectáculos
cómicos o dramáticos en el teatro de la ópera (en ocasiones, cuando la bebida le
hacía sentirse frío y cínico, decía que en otro tiempo los Grenier dirigían la
sociedad de Yoknapatawpha; ahora Grinnup la llevaba en coche), y que
conservaba su empleo, decían algunos, porque la primera esposa del señor Ballott
era hija suy a, aunque en la caballeriza todos estábamos convencidos de que era
porque mi padre, de joven, cazaba zorros con el padre del viejo Dan por los
alrededores de Frenchman’s Bend.
Además de nosotros, también mi padre sabía de su existencia (la del
revólver). Tenía que saberlo; nuestro negocio era demasiado pequeño, estábamos
todos demasiado interrelacionados, demasiado ligados unos con otros. De manera
que el problema moral de mi padre era exactamente el mismo que el de John
Powell; los dos lo sabían y se lo planteaban como pueden y deben planteárselo
dos caballeros en sus relaciones mutuas: si mi padre se hubiera visto forzado a
darse por enterado de que el revólver estaba allí, habría tenido que decirle a John
que lo dejara en casa al día siguiente o que se abstuviera de volver a trabajar.
John lo sabía y, también caballero, no hubiera nunca forzado a mi padre a darse
por enterado de la existencia del arma. Por ello, renunciando al peto del mono, la
mujer de John le cosió el bolsillo exactamente debajo del sobaco izquierdo de la
chaqueta misma, invisible (discreto, por lo menos) cuando John la llevaba puesta
o cuando, en épocas de calor (como entonces), la chaqueta estaba colgada del
clavo reservado para John en el cuarto donde se guardaban los arneses. Tal era la
situación del revólver cuando Boon, a quien se pagaba para que estuviera en su
casa y en la cama en aquel momento, algo a lo que en cierto modo se había
comprometido, en lugar de rondar por la plaza, donde estaba expuesto a que le
pasara lo que le había hecho volver a toda prisa a la caballeriza, entró de un salto
por la puerta del despacho un minuto antes, convirtiendo por añadidura en
mentirosos tanto a mi padre como a John Powell.
Sólo que mi padre llegó demasiado tarde una vez más. Boon le engañó; nos
engañó a los dos. Porque también él estaba al tanto de la existencia del clavo en
el cuarto de arneses. Y además era listo, demasiado listo para volver por el
pasillo, lo que le hubiera obligado a cruzar por delante del despacho; cuando
llegamos al corral, John, Luster y Gabe (al igual que las tres mulas y el caballo)
seguían contemplando el portillo, todavía en movimiento, por el que Boon
acababa de desaparecer, revólver en mano. John y mi padre se miraron durante
unos diez segundos, mientras todo el edificio del acuerdo tácito entre caballeros
se derrumbaba, convirtiéndose en polvo. Si bien aún subsistía el noblesse oblige.
—Era el mío —dijo John.
—Sí —dijo mi padre—. Ha visto a Ludus en la plaza.
—Yo lo cogeré —dijo John—. Y además le quitaré el revólver. Dígame que
lo haga.
—Que alguien coja a Ludus —dijo Gabe. Sin ser alto, era un hombre
tremendamente grande, más grande que Boon, con una pierna terriblemente
deformada a causa de un antiguo accidente laboral; cogía la pata trasera de un
caballo o de una mula y la trababa detrás de la rodilla deformada y (si había
algo, un poste, cualquier cosa que le sirviera de apoyo) el caballo o la mula
podían tirarse al suelo, pero nada más: ni soltarse ni conseguir el equilibrio
suficiente para darle una coz con la otra pata trasera—. Tú, Luster, vete
corriendo y coge…
—Que nadie se preocupe por Ludus —dijo John—. No corre ningún peligro.
He visto a Boon Hogganbeck disparar otras veces —no dijo al señor Boon
Hogganbeck y sabía que mi padre le estaba oyendo; algo que nunca hubiera
dejado de hacer cuando le escuchaba algún blanco al que considerase su igual,
porque John era un caballero. Pero también mi padre era competente en
cuestiones de noblesse: lo imperdonable era el asunto del revólver, y mi padre lo
sabía—. Autoríceme a hacerlo, señor Maury.
—No —dijo mi padre—. Corre al despacho y telefonea al señor Hampton
(Efectivamente. También el sheriff de entonces se llamaba Hampton, era un
Hampton). Dile de mi parte que tiene que agarrar al señor Boon lo antes que
pueda —mi padre se dirigió hacia el portillo.
—Vete con él —le dijo Gabe a Luster—. Quizá necesite que alguien corra por
él. Y deja cerrado el portillo cuando salgas.
Los tres subimos por el callejón hacia la plaza, y o trotando para no quedarme
atrás, aunque en realidad no pretendíamos alcanzar a Boon, sino más bien
situarnos entre Boon con el revólver por un lado y John Powell por otro. Y es que,
como había dicho el mismo John, no había que preocuparse por Ludus. Todos
sabíamos de la puntería de Boon, de manera que si disparaba contra él, Ludus,
que había sido uno de nuestros cocheros hasta el martes por la mañana, estaba a
salvo. Lo que sucedió fue como sigue, según la reconstrucción de los hechos, a
partir de los relatos de Boon, del señor Ballott, de John Powell y también, un
poco, a partir de lo que contó el mismo Ludus. Una o dos semanas antes Ludus
había encontrado una nueva chica, la hija (o la mujer: no lo sabíamos) del
arrendatario de una granja a unos diez kilómetros de la ciudad. El lunes a última
hora de la tarde, cuando Boon se presentó para relevar al señor Ballott y hacer el
turno de noche, y a habían regresado todas las parejas y todos los carros y
cocheros, a excepción de Ludus. El señor Ballott le pidió a Boon que le
telefoneara cuando llegase Ludus, y se marchó a su casa. Ése fue el testimonio
del señor Ballott. El de Boon, corroborado en parte por John Powell (mi padre se
había ido algún tiempo antes), fue como sigue: el señor Ballott acababa de
marcharse cuando se presentó Ludus, a pie, por la puerta de atrás, y le dijo a
Boon que se le había aflojado la llanta de una de las ruedas, se había detenido en
nuestra casa y había visto a mi padre, y que mi padre le había dicho que llevara
el carro al estanque del pastizal, donde la madera de la rueda se hincharía hasta
ajustar de nuevo con la llanta, y que llevara las mulas a nuestra cuadra, les diera
de comer y volviera a recogerlas por la mañana. Una historia que cabía pensar
que Boon aceptara por buena, si bien John Powell tuvo la seguridad desde el
primer momento de que era mentira, porque quien conociese a cualquiera de los
dos sabía que mi padre, dispusiera lo que dispusiese sobre el destino del carro
aquella noche, habría ordenado a Ludus que volviera con la pareja de mulas a la
caballeriza para limpiarlas y darles de comer de manera adecuada. Pero eso fue
lo que Boon contó que Ludus le había dicho, y que por esa razón no interrumpió
la cena del señor Ballott para comunicárselo, puesto que mi padre sabía dónde
estaban el carro y las mulas, y mi padre, y no el señor Ballott, era el propietario.
Ahora viene la historia de John Powell, aunque a regañadientes; lo más
probable es que no lo hubiera contado nunca si Boon no hubiera convertido su
silencio (el de John) en un problema moral más importante que la lealtad a los de
su raza. Tan pronto como vio entrar a Ludus con las manos vacías por la puerta
trasera de la caballeriza, un momento después de que el señor Ballott se
marchara por la principal, dejando a Boon como único responsable, John no
necesitó escuchar lo que Ludus fuese a decir. Se limitó a salir al corral por el
pasillo, atravesarlo, llegar al callejón y recorrerlo, con lo que estaba ya al lado
del carro cuando Ludus regresó. En el carro había un saco de harina, una garrafa
de queroseno y (dijo John) una bolsa de caramelos de menta de cinco centavos.
Eso es más o menos lo que pasó, porque si bien la palabra de John sobre
cualquier caballo o mula dentro de la caballeriza hacía ley, era artículo de fe,
incluso por encima de Boon, hasta llegar al señor Ballott o incluso a mi padre, allí
fuera, en tierra de nadie, era un empleado más de la caballeriza de Maury Priest,
y tanto Ludus como él lo sabían perfectamente. Cabe que Ludus se lo recordara,
pero tengo mis dudas. Porque todo lo que Ludus necesitó decir fue, más o menos,
algo así: « Si un pajarito le cuenta a Maury Priest que he pedido prestados el
carro y las mulas esta noche, puede que otro pajarito vay a y le diga qué es lo
que llevas cosido en la chaqueta» .
Y tampoco creo que dijera eso, porque tanto John como él lo sabían, del
mismo modo que sabían que si Ludus esperaba a que John informase a mi padre
de lo que Ludus llamaba « pedir prestados» un carro y una pareja de mulas, mi
padre nunca llegaría a saberlo, y que si John esperaba a que Ludus (o cualquier
otro negro de la caballeriza o de Jefferson en general) le fuese a mi padre con el
cuento del revólver, tampoco llegaría nunca a enterarse. De manera que Ludus,
probablemente, guardó silencio y John se limitó a decir: « De acuerdo. Pero si las
mulas no están de vuelta en la cuadra, sin una gota de sudor ni una señal de látigo
y sin tener siquiera aspecto de haber dormido poco, por lo menos una hora antes
de que el señor Ballott llegue aquí mañana por la mañana (te habrás dado cuenta
de que los dos habían prescindido por completo de Boon en aquel asunto: ni Ludus
dijo « El señor Boon sabe que estas mulas no van a pasar la noche en la cuadra;
¿no hace de jefe hasta que vuelve el señor Ballott por la mañana? » , ni John le
respondió « Cualquiera capaz de creerse el cuento que le has endilgado esta
noche en lugar de devolver las mulas no está capacitado para ser jefe de nada. Y
ni siquiera estoy del todo convencido de que se llame Boon Hogganbeck» ), el
señor Priest no sólo va a saber dónde no estaban anoche las mulas y el carro, sino
que va a saber dónde sí estaban» .
Pero John no lo dijo. Y, como no podía ser menos, aunque las mulas de Ludus
llevaban ya más de una hora en la cuadra cuando amaneció, el señor Ballott
mandó llamar a Ludus a las seis y cuarto de la mañana, quince minutos después
de llegar a la caballeriza, y le dijo que estaba despedido.
—El señor Boon sabía que mis mulas estaban fuera —dijo Ludus—. Me
mandó a que le comprara una garrafa de whisky y se la traje a eso de las cuatro.
—No te mandé a ningún sitio —respondió Boon—. Cuando se presentó aquí
anoche con ese camelo de que las mulas estaban en la cuadra del señor Priest ni
siquiera lo escuché. Tampoco me molesté en preguntarle dónde estaba en
realidad el carro, y menos aún por qué tenía tanta necesidad de un carro y una
pareja de mulas. Lo que le dije fue que, antes de devolver el carro por la
mañana, contaba con que se pasara por casa de Mack Winbush y me trajera un
galón del whisky de tío Cal Bookwright. Le di el dinero…, dos dólares.
—Y yo le traje el whisky —dijo Ludus—. No sé qué es lo que ha hecho con
él.
—Me trajiste media garrafa de matarratas, lejía y pimentón principalmente
—dijo Boon—. No sé lo que va a hacer contigo el señor Priest por tener las mulas
fuera toda la noche, pero no tendrá comparación con lo que te va a hacer Calvin
Bookwright cuando le enseñe ese whisky y le diga que, según tú, lo ha hecho él.
—La casa del señor Winbush queda a más de doce kilómetros de la ciudad —
dijo Ludus—. Me habrían dado las doce antes de poder volver a… —y se detuvo.
—De manera que para eso necesitabas un carro —dijo Boon—. Finalmente
has conseguido que se te acaben las aventuras amorosas nocturnas aquí en
Jefferson y ahora tendrás que explorar todo el distrito para encontrar otra
ventana trasera por donde colarte. Bien, pues vas a disponer de mucho tiempo; el
único problema es que tendrás que ir andando…
—Usted me dijo una garrafa de whisky —insistió Ludus malhumorado—. Y
yo le traje una garrafa…
—No estaba ni medio llena —dijo Boon. Luego añadió, volviéndose hacia el
señor Ballott—: ¡Demonios coronados! Ahora ni siquiera tiene que darle la paga
semanal (el sueldo de los cocheros era dos dólares a la semana; estábamos en
1905, no lo olvides). Eso es lo que me debe a mí por el whisky. ¿A qué está usted
esperando? ¿A que llegue el señor Priest y lo despida él?
Aunque si el señor Ballott (y mi padre) hubieran tenido intención de despedir
a Ludus de una vez por todas, le habrían dado su paga de la semana. El hecho de
que no lo hicieran indicaba (y Ludus lo sabía) que, simplemente, se le suspendía
de empleo y sueldo una semana por quedarse con una pareja de mulas toda la
noche sin la debida autorización; al lunes siguiente Ludus se presentaría con los
otros cocheros a la hora de siempre y John Powell tendría su pareja lista como si
nada hubiera pasado. Pero sucedió que intervino el Destino, el Rumor, el
cotilleo…
De manera que mi padre, Luster y yo nos apresuramos camino de la plaza
—y o iba ya trotando—, pero una vez más llegamos tarde. Aún estábamos en el
callejón cuando oímos los disparos, cinco: BUUM BUUM BUUM BUUM
BUUM, así; acto seguido entramos en la plaza y vimos lo que estaba pasando (no
era lejos: justo en la esquina, delante de la ferretería del primo Isaac McCaslin).
Había muchísima gente; Boon había elegido bien la fecha para que no le faltaran
testigos; y a por entonces el primer sábado de mes era día de mercado, incluso en
may o, cuando cualquiera habría pensado que la gente estaba muy ocupada
plantando el algodón. Pero no en el distrito de Yoknapatawpha. Estaban todos,
negros y blancos: un primer grupo donde el señor Hampton (abuelo del mismo
Little Hubb que es sheriff ahora o que volverá a serlo el año que viene) y dos o
tres curiosos forcejeaban con Boon, y un segundo grupo, a unos seis o siete
metros, en el que otro representante de la ley sujetaba a Ludus, todavía
inmovilizado en actitud de correr o en la actitud inmovilizada de correr o en la
actitud de correr inmovilizado, lo que sea más correcto, y un tercer grupo junto
al escaparate de la tienda del primo Ike, adonde había ido a estrellarse uno de los
proy ectiles de Boon (nunca se averiguó adónde fueron a parar los otros cuatro)
después de dejar un surco en la nalga de una chica negra que ahora estaba
tumbada en el suelo, chillando, hasta que el primo Ike en persona salió corriendo
de la ferretería y ahogó la voz de la víctima con la suy a, rugiendo de indignación,
no porque Boon le hubiera echado a perder el escaparate sino (el primo Ike,
aunque joven todavía, era ya el mejor cazador y conocedor del bosque que hay a
habido nunca en el distrito) por su incapacidad para acertar con cinco disparos a
un blanco (en este caso un negro) que sólo estaba a seis o siete metros de
distancia.
A partir de entonces no decayó el ritmo de los acontecimientos. La consulta
del doctor Peabody estaba al otro lado de la calle, encima del drugstore de
Christian; bajo la dirección del señor Hampton, que empuñaba el revólver de
John Powell, Luster y otro negro llevaron a la chica, que chillaba y sangraba
como un cerdo degollado, escaleras arriba, seguidos por mi padre y Boon, el
ayudante del sheriff, Ludus, yo mismo, y todas las personas que cupieron en la
escalera, hasta que el señor Hampton se detuvo, se dio la vuelta y empezó a
vociferar. El juez Stevens tenía el despacho exactamente debajo de la consulta
del doctor Peabody, y el juez en persona estaba en el descansillo, de manera que
nosotros —me refiero a mi padre y a mí, Boon, Ludus y el ay udante del sheriff
— entramos en el despacho del juez para esperar a que el señor Hampton saliera
de la consulta del doctor Peabody. No tardó mucho.
—Bien —dijo el señor Hampton—. No ha sido más que un rasguño.
Cómprele un vestido nuevo (no llevaba nada debajo) y una bolsa de caramelos,
además de darle diez dólares al padre, y con eso Boon quedará en paz con la
chica. No he decidido todavía lo que tendrá que hacer para que yo me dé por
satisfecho —lanzó un bufido en dirección a Boon; Hampton era un hombre de
penetrantes ojillos grises y muy grande, tan grande como Boon en realidad,
aunque no tan alto—. ¿Y bien? —le preguntó a Boon.
—Me insultó —dijo Boon—. Le dijo a Son Thomas que yo era tonto del culo.
El señor Hampton miró a Ludus.
—¿Y bien? —dijo.
—Nunca dije que fuera tonto del culo —respondió Ludus—. Sólo dije que no
tenía dos dedos de frente.
—¿Qué? —gritó Boon.
—Eso es peor —dijo el juez Stevens.
—Claro que es peor —dijo, gritó Boon—. ¿No se da cuenta? Y ni siquiera
tengo elección. Yo, un blanco, tengo que dejar que un condenado negro que se
pasa el día peleándose con las mulas critique mi trasero o afirme en público,
delante de cinco testigos, que no tengo la cabeza en su sitio. ¿No se dan cuenta?
Porque no se puede retirar nada, nada en absoluto. Ni tampoco se puede
rectificar, porque no hay nada que rectificar en ninguno de los dos casos —casi
estaba llorando, el rostro grande, feo, colorado, tan áspero y duro como una
cáscara de nuez, arrugado y torcido como el de un niño—. Incluso si logro
encontrar otro revólver en algún sitio para pegarle un tiro a Son Thomas, lo más
probable es que vuelva a fallar.
Mi padre se puso en pie, con rapidez y decisión. Era el único que se había
sentado; el juez Stevens mismo estaba delante del hogar de la chimenea con las
piernas separadas y las manos bajo los faldones de la levita exactamente como si
fuese invierno y ardiera un fuego en la chimenea.
—Tengo que volver a mi trabajo —dijo mi padre—. ¿Qué dice el viejo
proverbio acerca de estar mano sobre mano? —añadió, sin dirigirse
especialmente a nadie—: Los quiero a los dos, a Boon y a ese muchacho, bajo
fianza, a fin de mantener el orden; pongamos cien dólares por cabeza; yo pagaré
la fianza. Pero quiero dos fianzas de doble acción mutua. Quiero dos fianzas y
que las dos queden abrogadas, venzan, en el momento mismo en que cualquiera
de los dos haga algo que…, algo que yo…
—Que a usted no le parezca bien —dijo el juez Stevens.
—Muy agradecido —dijo mi padre—… en el segundo mismo en que
cualquiera de los dos altere el orden. No sé si eso es legal.
—Yo tampoco —dijo el juez Stevens—. Podemos intentarlo. Si una fianza con
esas características no es legal, debería serlo.
—Muy agradecido —dijo mi padre. Los tres (mi padre, y o y detrás Boon)
nos dirigimos hacia la puerta.
—Podría volver ahora, sin esperar al lunes —dijo Ludus—, si me necesitan.
—No —dijo mi padre. Los tres (mi padre, y o y detrás Boon) bajamos las
escaleras y salimos a la calle. Seguía siendo primer sábado de mes y día de
mercado, pero y a no era más que eso; al menos hasta que alguien llamado Boon
Hogganbeck tuviera otro revólver al alcance de la mano. Regresamos calle
arriba hacia la caballeriza, mi padre, y o y detrás Boon, que se puso a hablar por
encima de cabeza hacia la espalda de mi padre:
—Un dólar a la semana suponen un año y cuarenta y ocho semanas más
hasta llegar a los cien dólares. Imagino que el escaparate de Ike serán otros diez o
quince más, aparte de esa chica que se puso en medio. Pongamos dos años y tres
meses. Tengo cuarenta dólares en metálico. Aunque se los dé como anticipo,
supongo que no estaría usted dispuesto a ponernos a Ludus, a Son Thomas y a mí
en una casilla vacía de la cuadra y a tener la puerta cerrada durante diez
minutos. ¿Verdad que no?
—No —dijo mi padre.
2
Aquello sucedió un sábado. Ludus volvió a trabajar el lunes por la mañana. El
viernes siguiente, mi abuelo —el otro, el padre de mi madre, tu bisabuelo—
murió en Bay St Louis.
Boon no nos pertenecía en realidad. Me refiero a que no era sólo nuestro, de
los Priest. Aunque más bien tendría que decir que no era sólo de los McCaslin y
de los Edmonds, de quienes los Priest somos lo que podría llamarse la rama más
joven. Boon tenía tres propietarios: no sólo nosotros, representados por el abuelo,
junto con mi padre, el primo Ike McCaslin y nuestro otro primo, Zachary
Edmonds, a cuyo padre, McCaslin Edmonds, el primo Ike había cedido la
plantación McCaslin al cumplir los veintiún años; Boon pertenecía, además, al
comandante De Spain y también, hasta que murió, al general Compson. Boon era
una corporación, un holding en el que los tres —los McCaslin, De Spain y el
general Compson— teníamos participaciones iguales, aunque completamente
indefinidas, de responsabilidad, ya que la sola y única regla de la corporación era
que quien estuviera más cerca en el momento de la crisis interviniera de
inmediato para hacerse cargo de cualquier infracción que Boon hubiera
provocado o cometido o simplemente heredado; Boon era una sociedad mutua
protectora benéfica sin ánimo de lucro en la que todos los beneficios eran para
Boon y la mutualidad y la beneficencia y la protección corrían a nuestro cargo.
Su abuela era hija de uno de los antiguos indios chickasaw de Issetibbeha, y se
casó con un blanco traficante de whisky ; unas veces, según lo que hubiera bebido,
Boon declaraba tener un noventa y nueve por ciento de sangre chickasaw y ser,
de hecho, descendiente en línea directa del viejo Issetibbeha; otras se mostraba
dispuesto a pelearse con cualquiera que se atreviese a insinuar que corría por sus
venas una sola gota de sangre india.
Boon era duro, fiel, valiente y nada de fiar; medía un metro noventa, pesaba
ciento diez kilos y era como un niño; desde hacía ya más de un año mi padre
repetía que, en cualquier momento, yo ya sería mayor que él.
De hecho, aunque era a todas luces un resultado biológico perfectamente
normal (véanse los momentos, cuando estaba borracho, en que no sólo se
mostraba preparado y dispuesto sino deseoso incluso de pelearse con cualquier
hombre —u hombres— en un sentido u otro, dependiendo de la dirección por
donde lo llevara el alcohol, por el derecho a su ascendencia) y, por lo tanto, había
tenido que pasar en algún sitio aquellos nueve o diez u once primeros años, era
como si hubiera sido creado de golpe y porrazo (y ya con nueve, diez u once
años), por nosotros tres —los McCaslin-De Spain-Compson—, como solución al
dilema que surgió un día en el campamento De Spain.
Se trata, efectivamente, del mismo campamento que, con toda probabilidad,
tú seguirás llamando campamento McCaslin unos cuantos años después de que
desaparezca tu primo Ike, del mismo modo que nosotros, tus mayores, seguíamos
llamándolo campamento De Spain años después de la marcha del comandante.
Pero en la época de mis mayores, cuando el comandante De Spain compró o
pidió prestada o arrendó la tierra (como quiera que la gente se las apañara para
conseguir títulos válidos de propiedad en Mississippi entre 1865 y 1870) y
construy ó el pabellón, las cuadras y las perreras, era su campamento, era él
quien escogía y seleccionaba los hombres que consideraba dignos de cazar los
animales que él decretaba que había que cazar, de manera que, en ese sentido,
no sólo disponía quién cazaba sino dónde se cazaba e, incluso, qué se cazaba: por
entonces vivían allí osos y ciervos, junto con lobos y jaguares, a menos de treinta
kilómetros de Jefferson: las cuatro o cinco secciones de jungla en el lecho del río
que habían sido parte del vasto sueño regio del viejo Thomas Sutpen, sueño que, a
la larga, no sólo se había destruido a sí mismo, sino también a Sutpen, y que, en
aquellos días, era algo así como una puerta oriental a las grandes extensiones,
todavía casi vírgenes, de pantano y jungla que se prolongaban hacia el oeste,
desde las colinas hasta los pueblos y las plantaciones a lo largo del Mississippi.
Por entonces sólo treinta kilómetros; nuestros padres salían de Jefferson el 15
de noviembre a media noche en calesas y carretas (un hombre a caballo tardaba
menos, como es lógico) y al amanecer estaban en sus puestos, preparados para
cazar ciervos u osos. En 1905 los cazaderos sólo se habían alejado treinta
kilómetros más; las carretas que transportaban las armas, los alimentos y la ropa
de cama tenían que ponerse en camino a la puesta de sol; una compañía
maderera del norte había construido, además, para transportar los troncos, un
ferrocarril de vía estrecha que enlazaba con la línea principal, y que pasaba a un
kilómetro del nuevo campamento De Spain, con una parada de cortesía para
permitir que el comandante y sus invitados se apearan y los recogieran las
carretas llegadas el día anterior. De todos modos, hacia 1925 adivinábamos ya lo
que el destino nos reservaba. De Spain y el resto de aquel grupo inicial, excepto
tu primo Ike y Boon, habían desaparecido, y sus herederos (desde Jefferson hasta
el apeadero De Spain todo el camino era de grava) apagaban el motor de su
automóvil con un fondo de ruido de hachas y sierras donde un año antes sólo se
oían ladridos de sabuesos a la carrera. Porque Manfred De Spain era banquero,
no cazador como su padre; vendió arriendo, tierra y madera y, para 1940 (por
entonces y a era el campamento McCaslin), se cargaba —lo cargábamos— todo
en camionetas y hacíamos trescientos kilómetros por carreteras asfaltadas hasta
encontrar un sitio donde plantar las tiendas; en 1980, sin embargo, el automóvil
resultará un medio tan obsoleto para llegar a un cazadero como obsoleto habrá
hecho el automóvil el cazadero que busca. Aunque quizá encuentren —encontréis
— cazaderos en la cara oculta de Marte o de la Luna, tal vez hasta con ciervos y
osos entre su fauna.
Pero entonces, cuando Boon se materializó un día en el campamento, con
todos sus aditamentos y cumplidos los diez, los once o los doce años, el
comandante De Spain, el general Compson, McCaslin Edmonds, Walter Ewell, el
viejo Bob Legate y media docena más, que iban y venían, sólo tenían que
recorrer treinta kilómetros. El general Compson, sin embargo, aunque había
mandado tropas en Shiloh con relativa solvencia cuando era coronel y de nuevo
como general de brigada durante la retirada de Johnston sobre Atlanta, no andaba
muy ducho en materia de orientarse sobre el terreno, no se le daba bien la
topografía, y se perdía inevitablemente a los diez minutos de abandonar el
campamento (la mula que gustaba de montar lo hubiera devuelto al punto de
partida en cualquier momento, pero, tratándose no sólo de un general
confederado en libertad condicional sino de un Compson por añadidura, rehusaba
aceptar el consejo o asesoramiento de una mula), de manera que tan pronto
como, terminada la expedición matutina, regresaba el último cazador, todos se
turnaban tocando el cuerno de caza hasta que finalmente se presentaba el general
Compson. Lo que resultaba satisfactorio, o por lo menos solucionaba el problema,
hasta que al general empezó también a fallarle el oído. Una tarde, finalmente,
Walter Ewell y Sam Fathers, que era mitad negro y mitad indio chickasaw,
tuvieron que seguirle la pista y pasar toda la noche con él en el bosque, colocando
al comandante De Spain ante la alternativa de prohibirle salir de la tienda o
expulsarlo del club, cuando hete aquí que se presentó Boon Hogganbeck, un
gigante y a a los diez u once años, más grande, incluso, que el general, de quien se
convirtió en niñera: una criatura abandonada que parecía no poseer nada ni saber
nada excepto cómo se llamaba; incluso el primo Ike no está seguro de si fue
McCaslin Edmonds o el comandante De Spain quien encontró a Boon donde lo
había abandonado quien lo trajo al mundo. Todo lo que Ike sabe —recuerda— es
que Boon ya estaba allí, de unos doce años de edad, en casa del viejo Carothers
McCaslin, donde McCaslin Edmonds criaba y a a Ike como si fuera su padre, y
que a partir de entonces, sin darle la menor importancia, McCaslin Edmonds
también se quedó con Boon como si fuese su padre, si bien por aquel entonces
McCaslin Edmonds no tenía más que treinta años.
En cualquier caso, tan pronto como el comandante De Spain se dio cuenta de
que, o bien tenía que expulsar al general del club, lo que iba a ser difícil, o
prohibirle abandonar el campamento, lo que resultaría imposible, y que, por lo
tanto, estaba obligado a equipar a Compson con algo parecido a un Boon
Hogganbeck, allí estaba el artículo genuino, producido por McCaslin Edmonds o
quizá por ambos —Edmonds y el mismo De Spain— en una crisis simultánea. Ike
recordaba lo siguiente: la operación de cargar los catres y las escopetas y la
comida en la carreta el 14 de noviembre, con Jim el de Tennnie (abuelo del Bobo
Beauchamp del que vas a oír hablar enseguida), Sam Fathers y Boon (Ike sólo
tenía entonces cinco o seis años; aún le quedaban otros cuatro o cinco para llegar
a diez y poder ir con los demás) y el mismo McCaslin, a caballo por delante de la
carreta, camino del campamento donde todas las mañanas Boon seguía al
general Compson en su correspondiente mula hasta que, por simple ejercicio de
la fuerza, probablemente, puesto que a los doce años Boon ya era más grande
que la persona a su cargo, le obligaba a tomar la dirección correcta a tiempo
para volver al campamento antes del crepúsculo.
Así fue cómo el general Compson hizo de Boon, a pesar suyo, un experto en
bosques, podría decirse, por una sencilla cuestión de legítima defensa. Sin
embargo, el hecho de comer en la misma mesa, recorrer los mismos bosques y
dormir bajo la misma lluvia que Walter Ewell no bastó para hacer de Boon un
buen tirador; una de las historias favoritas del campamento hacía referencia a su
manera de disparar; en ella Walter Ewell, que era el narrador, explicaba cómo,
después de haber dejado a Boon en uno de los puestos (el viejo general Compson
había ido por fin a reunirse con sus mayores —o al vivaque al que los viejos
soldados de aquella guerra, tanto los de azul como los de gris, probablemente
insistan en ir, dado que, probablemente, ningún otro lugar les convenía tanto para
algo que se pareciera a una residencia permanente— y Boon era un cazador
más, como cualquier otro), oy ó los ladridos de los sabuesos, se dio cuenta de que
un ciervo iba a pasar por delante del puesto de Boon y escuchó, acto seguido, los
cinco disparos de la desvencijada escopeta de Boon (un legado del general
Compson que nunca había estado en buenas condiciones cuando era propiedad
del viejo soldado; Walter explicaba su gran sorpresa al comprobar que aquella
arma había disparado no sólo dos sino hasta cinco veces sin encasquillarse) e
inmediatamente después la voz de Boon a través del espacio de bosque que los
separaba: « ¡Maldita sea! ¡Se va por allí! ¡Cortadle el paso! ¡Que alguien le corte
el paso!» . Y cómo él —Walter— había corrido hasta el puesto de Boon para
encontrar en el suelo los cinco cartuchos gastados y a menos de diez pasos las
huellas del ciervo al que Boon ni siquiera había tocado.
Pero poco después mi abuelo compró el automóvil y Boon encontró su
compañero del alma. Para entonces, y de manera oficial, formaba parte del
personal de la caballeriza (por mutuo acuerdo McCaslin-Edmonds-Priest, ya que
incluso para McCaslin Edmonds se hizo al fin la luz cuando a Boon lo
suspendieron por segunda vez en tercer grado, aunque quizá la luz que
verdaderamente vio McCaslin fue que Boon nunca se quedaría lo bastante en
ninguna granja para llegar a ser granjero). Al principio se le confiaban cosas de
poca importancia: dar de comer a los animales, limpiar arneses y calesas. Pero
y a te he explicado que tenía buena mano con caballos y mulas, por lo que pronto
se convirtió en cochero habitual de vehículos alquilados: pencos y cabriolés que
salían a recibir a los trenes, y calesas y birlochos y carretas ligeras que los
viajantes de comercio utilizaban para hacer el recorrido por las tiendas rurales.
Ahora vivía en la ciudad, excepto cuando McCaslin y Zachary —los dos— se
ausentaban de noche y Boon dormía en su casa para proteger a las mujeres y a
los niños. Quiero decir que vivía en Jefferson. Quiero decir que tenía una casa
suy a, una habitación alquilada en lo que, en tiempos de mi abuelo, era el hotel
Comercial, establecido con la esperanza de hacerle la competencia a Holston
House, aunque sin llegar nunca a conseguirlo, pero lo bastante solvente como
para que los miembros de los jurados se alojaran y comieran allí durante las
sesiones del tribunal y para que los pleiteantes y los tratantes en mulas y caballos
se sintieran más a gusto que entre las alfombras, las escupideras de latón, los
sillones de cuero y los manteles de hilo del otro lado de la ciudad; más tarde, en
mi tiempo, pasó a llamarse hotel Snopes, con las dos eses pintadas a mano cabeza
abajo, cuando el señor Flem Snopes (el banquero, asesinado hace diez o doce
años por el familiar loco que tal vez no creyera que su primo lo había enviado
personalmente a la cárcel, aunque sí, por lo menos, que podía haberlo sacado o,
en último extremo, haberlo intentado) empezó a dirigir el éxodo de su tribu desde
las tierras malditas más allá de Frenchman’s Bend hasta la ciudad; luego, durante
un breve periodo a mediados de los años treinta, alquilado por una dama de pelo
cobrizo que salió de la nada y volvió a ella muy poco después, conocida por tu
padre y la policía con el nombre de Little Chicago, y que ahora es para ti, cuando
todas esas glorias no son ya más que recuerdos, la pensión de la señora
Rouncewell. Pero en tiempos de Boon era aún el hotel Comercial; y, cuando mi
abuelo compró el automóvil, allí vivía él, durante los intervalos en que no dormía
en el suelo de la cocina de algún Compson o Edmonds o Priest.
Mi abuelo no quería ni por lo más remoto tener automóvil, pero se vio forzado
a comprar uno. Por el hecho de ser banquero, presidente del banco más antiguo
de Jefferson, el primer banco del distrito de Yoknapatawpha, creía por entonces,
y siguió crey éndolo hasta que le sorprendió la muerte, muchos años después,
cuando y a todo el mundo, incluso en el distrito de Yoknapatawpha, se había dado
cuenta de que el automóvil había venido para quedarse, que el vehículo a motor
era, como la seta que crece en una noche, un fenómeno sin solvencia y que,
como los hongos, desaparecería con el sol del mañana. Pero el coronel Sartoris,
presidente de otro banco más reciente, con cualidades de hongo, el banco de los
Comerciantes y los Granjeros, le obligó a comprar uno. O, más bien, le forzó a
hacerlo otro individuo poco solvente, un mago de la mecánica, soñador y miope,
con ojos del color de la genciana, apellidado Buffaloe. Porque el automóvil de mi
abuelo ni siquiera fue el primero de Jefferson. (No cuento el coche de carreras
rojo EMF de Manfred De Spain. Aunque De Spain era su propietario y lo
condujo diariamente por las calles de Jefferson por espacio de varios años,
encajaba tan poco en el decoroso modelo conyugal de nuestra comunidad como
el mismo Manfred, ambos incorregibles y solteros, no en la ciudad sino sobre ella
y siempre para nada bueno, como si vivieran en una ininterrumpida noche de
sábado, incluso cuando Manfred era alcalde, por lo que su mismo color carmesí
no era siquiera una desdeñosa manera de desafiar a la ciudad, sino, más bien,
casi algo semejante a una distraída descalificación.)
El de mi abuelo no fue siquiera el primer automóvil que vio Jefferson o
viceversa. Tampoco fue el primero que habitó en Jefferson. Hubo otro, dos años
antes, que hizo por sus propios medios todo el camino desde Memphis, cubriendo
los ciento treinta kilómetros en menos de tres días. Luego llovió, y el coche se
quedó dos semanas en Jefferson, periodo durante el cual no tuvimos luz eléctrica
prácticamente; ni, si la caballeriza hubiera estado únicamente a cargo de Boon,
ningún medio público de transporte. Porque el señor Buffaloe era la persona que
mantenía en funcionamiento la central térmica: la única persona, el único ser
humano a este lado de Memphis que sabía cómo hacerlo; y desde el momento en
que el automóvil indicó que no iba a llegar más lejos, al menos aquel día, el señor
Buffaloe y Boon se le hicieron tan inseparables como dos sombras, una grande y
otra pequeña: el gigante que olía a amoniaco y al aceite con que frotaba los
arneses, y el hombrecillo cubierto de grasa y color de hollín, con ojos como dos
plumas de azulejo crecidas sobre un montoncito de carbón, que apenas hubiera
conseguido hacer subir la aguja de la báscula hasta los cuarenta y cinco kilos con
todas sus herramientas (también las de la central térmica) en los bolsillos; el
primero inmóvil, contemplando el coche con algo semejante a un ansia
incrédula, como un toro con la mirada fija en la muleta; el otro soñando, amable,
tierno, la mano mugrienta, suave como la de una mujer cuando lo tocaba, lo
palpaba, lo acariciaba, hasta que, un momento después, se hundió hasta las
caderas bajo el capó.
Luego llovió toda la noche y aún seguía lloviendo a la mañana siguiente. Al
propietario del automóvil se le dijo, se le aseguró —lo hizo el señor Buffaloe,
cosa un tanto extraña, y a que nadie lo había visto nunca alejarse de la central
eléctrica ni del tallercito que tenía en el patio trasero de su casa lo bastante para
utilizar las carreteras y estar por tanto en condiciones de profetizar sobre su
estado— que las carreteras estarían inutilizables al menos durante una semana,
diez días quizá. De manera que el propietario del automóvil regresó a Memphis
en tren, permitiendo que le guardaran el vehículo en lo que, en cualquier otro
patio trasero excepto el del señor Buffaloe, hubiera sido una cuadra o un establo.
Como tampoco pudimos explicarnos lo siguiente: que el señor Buffaloe, un
hombrecillo manso, dulce, de poquísimas palabras, en una constante situación de
sonambulismo recubierta de grasa y ajena a todo lo mundano, poseyera medios,
dotes de hipnotizador que hasta entonces ni él mismo conocía, capaces de
convencer a un completo desconocido para que le confiara su costoso juguete.
Pero lo cierto es que lo hizo y que el dueño del automóvil regresó a Memphis;
y a partir de ese momento, cuando surgían problemas con la electricidad en
Jefferson, alguien tenía que ir a pie, a caballo o en bicicleta hasta la casa del
señor Buffaloe en las afueras de la ciudad, lugar donde se encontraba al
susodicho, remoto y soñador y sin prisa y todavía limpiándose las manos, dando
la vuelta a la esquina de su casa procedente del patio trasero; y al tercer día mi
padre descubrió por fin dónde podía estar (dónde había estado) Boon durante todo
el tiempo que debería haber pasado en la caballeriza. Porque ese día el mismo
Boon reveló el secreto, descubrió el pastel, con frenética e incontenible urgencia.
El señor Buffaloe y él habían llegado a lo que podría haber sido un combate a
brazo partido, de no ser porque el señor Buffaloe —aquel depósito al parecer
inagotable de sorpresas y capacidades— apuntó a Boon con una pistola grasienta
y manchada de hollín pero perfectamente capaz de disparar.
Así fue como Boon lo contó. El señor Buffaloe y él habían estado no sólo en
completo, sino instantáneo, acuerdo y entendimiento en el proceso de poner el
automóvil en manos del señor Buffaloe y en sacar a su propietario de la ciudad;
de manera que, pensó Boon lógicamente, el señor Buffaloe resolvería
rápidamente el misterio de cómo hacer funcionar el vehículo, podrían sacarlo del
patio trasero cuando fuera de noche y pasearse en él. Pero, ante el asombro, el
desconcierto y la indignación de Boon, todo lo que el señor Buffaloe quería era
descubrir por qué andaba.
—¡Lo ha destrozado! —dijo Boon—. ¡Le ha quitado todas las piezas para ver
qué había dentro! ¡No conseguirá nunca armarlo de nuevo!
Pero Buffaloe lo hizo. Estuvo presente, dulce, grasiento y amablemente
soñador, cuando, dos semanas después, regresó el propietario, lo arrancó con un
golpe de manivela y se fue con él; y un año después Buffaloe se había fabricado
otro, motor, caja de cambios y todo, incorporado a una calesa con ruedas de
goma; aquella tarde, ruidosamente maloliente, al cruzar la plaza con todo sosiego,
sin correr en absoluto, asustó a los caballos del coronel Sartoris, que se
desbocaron y destruyeron casi por completo su carruaje, que, afortunadamente,
estaba vacío; la noche del siguiente día y a estaba oficialmente registrada en los
archivos de Jefferson una ordenanza prohibiendo el uso de cualquier vehículo de
propulsión mecánica dentro de los límites del municipio. Por lo tanto, como
presidente del banco más antiguo y prestigioso del distrito de Yoknapatawpha, mi
abuelo se vio forzado a comprar uno o, de lo contrario, a tener que obedecer a los
mandatos del presidente de un banco más reciente. ¿Entiendes lo que quiero
decir? No de may or o menor importancia en la jerarquía social de la ciudad, y
menos aún rivales dentro de ella, sino banqueros, sacerdotes consagrados a los
impenetrables e ineluctables misterios de las Finanzas; era como si, pese a su
oposición, irreductible, rígida y eterna, a la era de las máquinas, aunque se
negara a admitir incluso su existencia, a mi abuelo se le hubiera concedido en
algún lugar, en los comienzos, algo así como una visión pesadillesca del vasto e
ilimitado futuro de nuestra nación en el cual la unidad básica de su economía y
prosperidad sería un cubículo fabricado en serie y provisto de motor y cuatro
ruedas.
Así que compró el automóvil y Boon encontró la doncella pura que su alma
anhelaba, el amor virginal para su tosco e inocente corazón. Se trataba de un
Winton Fly er
[1]
. (El primer coche del que fue propietario —fuimos propietarios
— antes del White Steamer
[2]
, por el que mi abuelo cambió el Winton Fly er
cuando mi abuela decidió, dos años después, que no soportaba el olor a gasolina.)
Se le hacía arrancar manualmente, colocándose delante del vehículo, sin otro
riesgo (con tal de que uno se acordara de dejarlo en punto muerto) que la ruptura
de uno o dos huesos del antebrazo; disponía de lámparas de queroseno para viajar
de noche y, cuando amenazaba lluvia, cinco o seis personas podían colocar
fácilmente el techo y las cortinas laterales en unos diez o quince minutos, y mi
abuelo en persona lo equipó además con una linterna de queroseno, un hacha
nueva y un rollito de alambre de púas unido a un juego ligero de poleas para el
caso de que se saliera con él más allá de los límites del municipio. Equipo con el
cual se podía —y de hecho el automóvil lo hizo en una ocasión, como explicaré
enseguida— llegar incluso hasta Memphis. Todos los miembros de la familia —
abuelos, padres, tías, primos y niños— teníamos además un atuendo especial
para viajar en él, compuesto de velo, gorra, gafas de aviador, guantes reforzados
para evitar traumatismos y un largo ropaje informe cerrado hasta el cuello y de
color neutro llamado guardapolvo, del que también hablaré más adelante.
Para entonces hacía ya tiempo que el señor Buffaloe había enseñado a Boon
a conducir su automóvil de fabricación casera. Por supuesto, no podían utilizar las
calles de Jefferson —de hecho nunca volvieron a salir con el vehículo más allá
de la línea que marcaba la valla delantera del señor Buffaloe—, pero detrás de su
casa había un descampado que con el tiempo el señor Buffaloe y Boon
aplastaron y alisaron (en cierta medida) hasta lograr un autódromo relativamente
aceptable. De manera que cuando Boon y el señor Wordwin, el cajero del banco
de mi abuelo (soltero, figura social y hombre muy conocido en Jefferson; en diez
años había sido trece veces padrino de boda), fueron a Memphis en tren y
regresaron con el automóvil (en menos de dos días: un récord), Boon ya estaba
destinado a ser el decano de los chóferes de Jefferson.
A continuación, por lo que a los sueños de Boon se refiere, mi abuelo abolió el
automóvil. Lo compró, pagó lo que Boon llamaba un buen puñado de dinero en
metálico, lo contempló una vez con detenimiento y de manera inescrutable y
acto seguido lo eliminó de la circulación, aunque no por completo, como es
lógico; aún existía la arrogante ordenanza del coronel Sartoris que mi abuelo, por
ser el banquero más antiguo, no podía permitirse el lujo de respetar, fuera cual
fuese su opinión sobre los vehículos motorizados. A decir verdad, el coronel
Sartoris y él estaban totalmente de acuerdo en aquel asunto; hasta el día de su
muerte (para entonces el humo de gasolina perfumaba el aire diurno del distrito
de Yoknapatawpha y el estrépito de parachoques en colisión y el chirriar de
frenos amenizaba sus noches, las de los sábados especialmente) ninguno de los
dos prestó un céntimo a cualquiera de sus conciudadanos del que simplemente
sospecharan que fuese a adquirir un automóvil con el préstamo solicitado. El
delito del coronel Sartoris fue sencillamente haberse adelantado a su colega más
antiguo en la adopción de una medida que ambos aprobaban: la de prohibir
oficialmente los automóviles en Jefferson antes incluso de que aparecieran en la
ciudad. ¿Te das cuenta? Mi abuelo no compró el automóvil como desafío a la
ordenanza del coronel Sartoris. Se trataba sencillamente de una tranquila
abrogación, cuidadosamente meditada, de la susodicha ordenanza, aunque fuera
tan sólo mediante una demostración semanal.
Ya antes de la ordenanza del coronel Sartoris, el abuelo había trasladado
carruaje y caballos del patio trasero de su casa a la caballeriza, donde de hecho
resultaban más accesibles a las llamadas telefónicas de la abuela que a sus gritos
desde una ventana del piso alto, porque cuando sonaba el teléfono de la
caballeriza siempre respondía alguien. Cosa que Ned, desde la cocina o la cuadra
o dondequiera que estuviese (o se suponía que tenía que estar cuando la abuela lo
necesitaba), no siempre hacía. A decir verdad, lo más frecuente era que se
hallase fuera del alcance de cualquier voz procedente de casa de la abuela,
puesto que una de ellas era la de su mujer. Así que ahora llegamos a Ned. Ned
era el cochero del abuelo. Su mujer (la de entonces; tuvo cuatro) era Delphine, la
cocinera de la abuela. Por aquella época tan sólo mi madre lo llamaba « tío»
Ned. Quiero decir que era la que insistía en que nosotros, los niños —tres de
cuatro, exactamente, porque Alexander aún no tenía edad de llamar nada a nadie
—, lo llamásemos tío Ned. A nadie más le importaba que lo hiciésemos o no, ni
siquiera a la abuela, que también era una McCaslin, ni por supuesto al mismo
Ned, que ni siquiera se había ganado aquel título viviendo el tiempo suficiente
para que la franja de pelo que abrazaba su calvo cráneo empezara a grisear ni
mucho menos a encanecer (no le pasó nunca. Me refiero a su cabello, que nunca
se volvió ni blanco ni tampoco gris. Cuando murió, a los setenta y cuatro años,
con la excepción de haberse dejado cuatro esposas en el camino, no había
cambiado en absoluto), y que quizá tampoco quería que se le llamara tío; nadie
insistía en ello, con la excepción de mi madre, que, desde el punto de vista de los
McCaslin, ni siquiera era familia nuestra. Porque Ned era un McCaslin, nacido en
nuestro patio trasero en 1860. Ned era la vergüenza, el secreto de la familia;
nosotros lo heredamos, cuando nos llegó el turno, junto con su leyenda (que no
contaba con otro apoy o más firme que el mismo Ned) de que su madre había
sido hija natural del viejo Lucius Quintus Carothers en persona y una esclava
negra; Ned nunca permitió que olvidáramos que él, junto con el primo Isaac, era
nieto auténtico del viejo y venerado Lancaster, mientras que nosotros, simples
Edmonds y Priest que nos ganábamos el pan con el sudor de la frente, incluso
aunque tres de nosotros —tú, yo y mi abuelo— llevásemos su nombre de pila, no
éramos más que parientes de segunda clase y parásitos.
Así que cuando Boon y el señor Wordwin llegaron con el automóvil, la
cochera estaba lista para recibirlo: tenía un suelo y una puerta nuevos, junto con
un candado todavía sin estrenar que el abuelo llevaba y a en la mano mientras se
paseaba alrededor del automóvil, mirándolo exactamente como habría
examinado el arado o la segadora o la carreta (al solicitante también, si vamos a
ello) que algún futuro cliente del banco ofrecía para conseguir un préstamo.
Luego le hizo un gesto a Boon para que lo metiera en el garaje (sí, claro, y a
sabíamos que ése era el nombre de un local destinado a guardar automóviles,
incluso en 1904 y en Mississippi).
—¿Qué? —dijo Boon.
—Mételo dentro —dijo el abuelo.
—¿Ni siquiera va usted a probarlo? —preguntó Boon.
—No —respondió el abuelo. Boon metió el coche en el garaje y luego salió
(solo). La primera expresión de su rostro había sido asombro, sustituido ya por el
susto, la intuición, algo semejante al terror—. ¿Tiene una llave? —preguntó el
abuelo.
—¿Qué? —respondió Boon.
—Un pestillo. Una clavija. Un gancho. Una cosa para ponerlo en marcha —
Boon se sacó lentamente algo del bolsillo y lo dejó en la mano del abuelo—.
Cierra las puertas —dijo el abuelo; él mismo se acercó, colocó el candado y lo
cerró y también se guardó la llave en el bolsillo. Boon mientras tanto mantenía
una batalla consigo mismo. Había entrado en crisis; la situación era desesperada.
Yo (nosotros, el señor Wordwin, la abuela, Ned, Delphine y todos los blancos y
negros que estaban en la calle cuando llegó el automóvil) vi, vimos, cómo ganaba
aquella batalla, o, por lo menos, el combate inicial entre destacamentos.
—Estaré aquí después del almuerzo, para que la señorita Sarah (se refería a
la abuela) pueda probarlo. A eso de la una. Pero vendré antes si le parece
demasiado tarde.
—Te mandaré recado a la caballeriza —dijo el abuelo.
Porque se trataba de un combate con todos los efectivos y no de un simple
escarceo entre avanzadillas. Era todo o nada, ganar o perder; intervenían la
logística y el terreno; finta, estocada y parada, engaño; pero, sobre todo,
paciencia, la perspectiva a largo plazo. Duró los tres días que faltaban hasta el
sábado. Boon volvió a la caballeriza; toda aquella primera tarde no estuvo nunca
muy lejos del teléfono, aunque no de manera ostensible, demasiado evidente,
cuidando de que no trasluciera su preocupación; incluso hizo su trabajo, o, al
menos, eso fue lo que se crey ó hasta que mi padre descubrió que Boon, por su
cuenta y riesgo, había delegado en Luster para que fuera con el coche de alquiler
a esperar el tren de la tarde, cuy a llegada (a no ser que viniera con retraso)
siempre coincidía con la hora, el momento, en que el abuelo terminaba su
jornada laboral en el banco. Porque si bien la batalla era todavía una acción
defensiva, de resistencia, que requería —más aún, que exigía— atención y
vigilancia constantes en lugar de una ofensiva capaz de progresar por impulso
propio, Boon seguía sintiéndose confiado, dominador de la situación: « Sí, claro.
He mandado a Luster. Tal como está creciendo esta ciudad, dentro de nada
vamos a necesitar dos coches de alquiler para los trenes, y vengo pensando en
Luster como segundo cochero desde hace bastante tiempo. No se preocupe; voy
a tenerlo vigilado» .
Pero el teléfono seguía sin sonar. Cuando el reloj dio las seis, hasta el mismo
Boon admitió que no se produciría ninguna llamada. Pero se trataba de una
acción de resistencia; aún no se había perdido nada y, aprovechándose de la
oscuridad, Boon podía incluso cambiar un poco la posición de sus efectivos. A la
mañana siguiente, a eso de las diez, él y y o —los dos— entramos en el banco
como si pasáramos por allí casualmente.
—Déjeme las llaves —le dijo al abuelo—. Ese coche y a tiene debajo todo el
polvo y barro de Mississippi, además del polvo y el barro de Tennessee. Me
llevaré la manguera de la caballeriza, por si acaso Ned ha puesto la de ustedes en
algún sitio donde no se vea.
El abuelo miraba a Boon, se limitó a mirarlo sin apresurarse, como si Boon
fuese la persona que venía con una carreta o con una máquina para atar balas de
algodón a pedir un préstamo de quince dólares.
—No quiero que se moje el interior de la cochera —dijo el abuelo. Pero
Boon estuvo a su altura, tan despreocupado e incluso más indiferente, hasta con
más tiempo disponible, utilizable.
—Claro, claro. Recuerde que el vendedor dijo que había que poner el motor
en marcha todos los días. No es que hay a que ir a ningún sitio: se trata tan sólo de
evitar que las bujías y la magneto se oxiden y que luego cambiarlas le cueste a
usted veinte o veinticinco dólares y hay a que ir a buscarlas a Memphis o a algún
otro sitio, incluso a la misma fábrica. No le estoy culpando a usted; todo lo que sé
es que fue eso lo que dijo; y o tengo que fiarme de su palabra. Es cierto que se lo
podría usted permitir. Es el dueño del automóvil, y si quiere que se oxide es
asunto suy o. Un caballo sería distinto. Incluso aunque hubiera pagado menos de
cien dólares por un caballo, me tendría usted ahí fuera al amanecer tirando de él
al extremo de una soga, sólo para que le funcionaran bien las tripas —porque el
abuelo era un buen banquero y Boon no ignoraba que no sólo sabía cuándo
ejecutar una hipoteca, sino también cuándo llegar a un acuerdo o incluso
anularla. De modo que se metió la mano en el bolsillo y le entregó a Boon las dos
llaves: la del candado y el artilugio que ponía el automóvil en marcha—. Vamos
—me dijo Boon, dándose la vuelta.
Mientras nos acercábamos, calle adelante, oímos la voz de la abuela que
gritaba desde la ventana trasera del piso alto preguntando por Ned, aunque
cuando llegamos a la verja ya había renunciado. Al cruzar el patio de atrás para
coger la manguera, Delphine salió por la puerta de la cocina.
—¿Dónde está Ned? —preguntó—. Llevamos llamándolo toda la mañana. ¿Es
que se ha ido a la caballeriza?
—Seguro —dijo Boon—. Ya se lo diré. Pero no lo esperen
Ned estaba delante del garaje. Él y dos de mis hermanos eran como una
sucesión de escalones tratando de ver por las rendijas de la puerta del garaje.
Imagino que Alexander también hubiera estado allí de no haber sido porque no
andaba aún; no sé por qué la tía Callie no había pensado en ello. Luego apareció;
mi madre cruzó la calle desde nuestra casa con él en brazos. De manera que
quizá la tía Callie estuviera todavía lavando pañales.
—Buenos días, señorita Alison —dijo Boon—. Buenos días, señorita Sarah —
añadió, porque también había aparecido la abuela, seguida de Delphine. Y acto
seguido se presentaron dos señoras más, vecinas, todavía con la cofia. Porque
quizá Boon no era banquero, ni tampoco muy buen comerciante. Pero estaba
demostrando ser un excelente guerrillero. Retiró el candado de la puerta del
garaje y la abrió. Ned entró el primero.
—Bien —le dijo Boon—, has estado aquí desde el amanecer para ver algo a
través de esa grieta. ¿Qué te parece?
—No me parece nada —dijo Ned—. Por ese dinero el jefe Priest se podría
haber comprado el mejor caballo de doscientos dólares de todo el distrito de
Yoknapatawpha.
—No hay ningún caballo de doscientos dólares en el distrito de
Yoknapatawpha —dijo Boon—. Si los hubiera, se podrían comprar diez con este
automóvil. Anda y enchufa la manguera.
—Anda y enchufa la manguera, Lucius —me dijo Ned; ni siquiera se volvió
para mirar. Se acercó a la portezuela del automóvil y la abrió. Era la del asiento
de atrás. Los asientos de delante no tenían portezuela en aquellos tiempos; subías
y y a estabas dentro—. Vamos, señorita Sarah, usted y la señorita Alison —dijo
Ned—. Delphine esperará con los niños al viaje siguiente.
—Tú vete a enchufar la manguera como te he dicho —repitió Boon—. Antes
de hacer nada con él tengo que sacarlo de aquí.
—Supongo que no lo vas a levantar en vilo para sacarlo, ¿verdad? —dijo Ned
—. Imagino que podemos montarnos mientras lo haces. Supongo que tendré que
conducirlo, de manera que cuanto antes empiece, más rápido será —añadió—.
Ji, ji, ji. Vamos, señorita Sarah.
—¿No hay ningún inconveniente, Boon? —preguntó la abuela.
—Ninguno, señorita Sarah —respondió Boon. La abuela y mi madre subieron
al automóvil. Antes de que Boon pudiera cerrar la puerta, Ned estaba ya en el
asiento delantero.
—Sal de ahí —dijo Boon.
—No te preocupes por mí y atiende a tus asuntos, si es que sabes cómo —dijo
Ned—. No pienso tocar nada hasta que sepa lo que tengo que hacer, y no voy a
aprenderlo sólo con estar aquí sentado. Anda y arráncalo, o lo que sea que tienes
que hacer.
Boon dio la vuelta hasta el lado del chófer y movió los interruptores y las
palancas; luego se puso delante del automóvil y dio un tirón a la manivela. Al
tercer intento el motor empezó a rugir.
—¡Boon! —exclamó la abuela.
—¡No se preocupe, señorita Sarah! —gritó Boon por encima del ruido,
volviendo a todo correr junto al volante.
—¡Me da igual! —dijo la abuela—. ¡Sube enseguida! ¡Estoy nerviosa! —
Boon se subió al coche, hizo que el motor se sosegara y cambió de sitio las
palancas; pasó un momento y a continuación el automóvil retrocedió suave y
lentamente hasta salir de la cochera al patio y al sol; acto seguido se detuvo.
—Ji, ji, ji —rió Ned.
—Ten cuidado, Boon —dijo la abuela. Yo veía cómo se agarraba con fuerza a
una barra.
—Sí, señora —dijo Boon. El automóvil se movió de nuevo, marcha atrás,
empezando a girar. Luego se movió hacia adelante, girando todavía; la mano de
la abuela todavía se agarraba con fuerza a la barra. La cara de mi madre parecía
la de una niña. El coche cruzó el patio tranquila y lentamente hasta situarse
delante de la puerta de la cerca que daba al callejón, al mundo exterior, y allí se
detuvo. Y Boon no dijo nada: se limitó a seguir allí, detrás del volante, el motor en
marcha, suave y tranquilo, la cabeza suficientemente vuelta para que la abuela le
viera la cara. Sí, desde luego, quizá no fuera un mago de los efectos mercantiles,
como el abuelo, y había personas en Jefferson que habrían dicho que tampoco
destacaba en ninguna otra actividad humana, pero con ocasión de aquella
escaramuza demostró ser un luchador de consumada habilidad y elegancia. La
abuela no dijo nada por espacio quizá de medio minuto. Luego aspiró muy hondo
y dejó escapar el aire.
—No —dijo—. Tenemos que esperar al señor Priest —quizá no fuera una
victoria, pero, de todos modos, nuestro lado (Boon) no sólo había descubierto el
punto débil en el frente enemigo (el del abuelo), sino que aquella misma noche, a
la hora de la cena, también lo descubriría el enemigo en persona.
Descubrió de hecho que había sido desbordado por uno de los flancos. La
tarde siguiente (sábado), una vez concluida la jornada en el banco, y, a partir de entonces, todas las tardes de los sábados y, más adelante, al llegar el verano,
todas las tardes, si no llovía, el abuelo delante, al lado de Boon, y el resto de
nosotros por turno (la abuela, mi madre, y o y mis tres hermanos y la tía Callie,
nuestra niñera, así como mi padre y Delphine y nuestros diversos parientes y
vecinos y las amigas íntimas de la abuela), en el orden establecido, con los
guardapolvos de hilo y las gafas de aviador, nos paseábamos por Jefferson y por
los campos de los alrededores; la tía Callie y Delphine cuando les correspondía,
pero no Ned. Ned sólo montó una vez en el coche: aquel minuto mientras salía
lentamente del garaje marcha atrás, y los dos minutos que tardó en girar y
dirigirse lentamente a través del patio hasta que a la abuela le faltó valor y dijo
« No» a la puerta de la cerca y al mundo exterior, pero nunca más. Al llegar el
segundo sábado y a se había dado cuenta, aceptándolo —o se había convencido al
menos—, de que incluso si el abuelo se había propuesto alguna vez convertirlo en
conductor y guardián del automóvil, sólo hubiera podido acercarse al vehículo
pasando por encima del cadáver de Boon. Pero aunque se negó a reconocer la
existencia del automóvil, el abuelo y él llegaron a un tácito acuerdo entre
caballeros sobre aquel asunto: Ned nunca hablaría despreciativamente ni de su
propietario ni de su presencia en la casa, y el abuelo nunca le ordenaría que lo
lavara y sacara brillo como hacía con el coche de caballos; algo que tanto el
abuelo como Ned sabían que este último se hubiera negado a hacer, incluso
aunque Boon se lo hubiera permitido; mediante lo cual el abuelo infligía a Ned el
único castigo posible por su apostasía, al negarse a darle la oportunidad pública de
que se negara a lavar el automóvil antes de que Boon tuviera una oportunidad
pública de negarse a dejarle hacerlo.
Porque fue entonces cuando Boon pasó —fue transferido por mutuo e
instantáneo consentimiento— del turno de día al turno de noche de la caballeriza.
De lo contrario el negocio de los coches de alquiler no hubiera vuelto a saber
nada de él. Los componentes de la clase acomodada de Jefferson, amigos y
conocidos de mi padre, o tal vez simples amigos de los caballos, que podrían
haber utilizado la dirección de la caballeriza como dirección comercial
permanente —en el caso de que tuvieran algún negocio o esperasen
correspondencia—, eran allí menos desconocidos que Boon. Si ahora alguien, mi
padre, por ejemplo, quería ver a Boon, me mandaba al patio del abuelo, donde
estaría lavando y sacando brillo al automóvil; algo que hizo incluso durante
aquellas primeras semanas, cuando sólo salía del patio de sábado en sábado,
sacándolo marcha atrás del cobertizo y lavándolo de nuevo todas las mañanas,
tiernamente absorto, de arriba abajo, hasta el último radio y la última tuerca, y
luego haciendo guardia mientras se secaba.
—Va a ablandarle la pintura con tanta agua —dijo el señor Ballott—. ¿Sabe el
Jefe que tiene a ese automóvil bajo la manguera cuatro o cinco horas todos los
días?
—¿Y qué más da? —dijo mi padre—. En cualquier caso se pasaría todo el día
en el patio mirándolo.
—Póngalo en el turno de noche —dijo el señor Ballott—. Luego podrá hacer
lo que quiera con las horas del día y John Powell se irá a casa y dormirá por la
noche en cama para variar.
—Ya lo he hecho —dijo mi padre—. Tan pronto como encuentre a alguien
que vay a a ese patio y se lo diga.
En el cuarto de los arneses había un colchón de vainas de mazorca en el que
hasta entonces John Powell o alguno de los otros cocheros o mozos de cuadra
bajo su mando pasaba siempre la noche, fundamentalmente como vigilantes
nocturnos en caso de fuego. Ahora mi padre instaló una litera y un colchón en el
mismo despacho, donde Boon lograba conciliar un poco el sueño, algo que
necesitaba, puesto que y a podía, con total impunidad, pasarse todo el día en el
patio del abuelo lavando el automóvil o simplemente mirándolo.
De manera que todas las tardes, los que cabíamos en el asiento de atrás, de
acuerdo con los turnos establecidos, cruzábamos la plaza y llegábamos al campo;
el abuelo había instalado y a el equipo de emergencia, que llegaría a ser una parte
tan inseparable del conjunto del automóvil como el motor que lo movía.
Pero siempre pasábamos primero por la plaza. Cualquiera hubiera pensado
que tan pronto como el abuelo compró el automóvil habría hecho lo mismo que
habrías hecho tú si hubieses comprado el automóvil con ese fin: esperar a que
apareciese el coronel Sartoris con su coche de caballos, tenderle una emboscada,
atacarlo y darle una buena lección para que aprendiera a no aprobar ordenanzas
municipales para restringir los derechos y privilegios de otros sin consultar
primero a quienes estaban por encima de él. Pero el abuelo no hizo eso. A la
larga nos dimos cuenta de que no le interesaba el coronel Sartoris: le interesaban
los pares de mulas, los vehículos. Porque y a te he dicho que era un hombre
clarividente, un hombre capaz de proyectarse hacia el futuro: la abuela tensa y
rígida y agarrada a la barra que tenía más cerca y ni siquiera llamando al abuelo
señor Priest, como venía haciendo desde que la conocíamos, sino llamándolo por
su nombre de pila, como si no fuese pariente suy o, y el caballo o la pareja de
mulas a los que nos acercábamos frenados con las riendas y dispuestos a
asustarse y a veces incluso encabritándose y la abuela diciendo « ¡Lucius!
¡Lucius!» y el abuelo (si era varón el que guiaba y no había mujeres o niños en
la calesa o en la carreta) diciéndole tranquilamente a Boon:
—No pares. Sigue adelante. Pero ahora despacio.
O, cuando una mujer llevaba las riendas, diciéndole a Boon que se detuviera
para apearse él mismo, hablar tranquilamente y sin pausa con el caballo
asustado, conseguir sujetarlo por el bocado, hacer avanzar el vehículo hasta dejar
atrás al automóvil, quitarse luego el sombrero para saludar a las señoras de la
calesa, volver e instalarse de nuevo en el asiento delantero y sólo entonces
responder a la abuela:
—Tenemos que conseguir que se acostumbren. ¿Quién sabe? Quizá aparezca
otro automóvil en Jefferson en los próximos diez o quince años.
A decir verdad, aquel sueño que, sin ay uda de nadie, el señor Buffaloe había
hecho realidad en el patio trasero de su casa dos años atrás, estuvo a punto de
curar al abuelo de un hábito que tenía desde los diecinueve años. El abuelo
mascaba tabaco. La primera vez que volvió la cabeza para escupir mientras el
automóvil estaba en marcha, los que estábamos en el asiento de atrás no supimos
lo que iba a suceder hasta que y a era demasiado tarde. ¿Cómo hubiéramos
podido saberlo? Ninguno de nosotros había recorrido antes en un automóvil
(sucedió durante la primera salida) otra distancia que la que separaba la cochera
de la puerta del patio, y no digamos nada de ir a una velocidad de veintitantos
kilómetros por hora (aunque eso era otra historia: cuando hacíamos veinte
kilómetros por hora, Boon decía siempre que íbamos a treinta; a treinta decía que
a cincuenta; y cuando descubrimos un trozo recto de carretera de casi un
kilómetro a poca distancia de la ciudad donde el coche llegaba a los cuarenta, a
Boon le oí decir a un grupo en la plaza que allí el automóvil alcanzaba los
noventa; todo eso antes de que se enterase de que sabíamos que el aparato del
salpicadero que parecía un manómetro era en realidad un velocímetro), de
manera que, ¿cómo podíamos esperárnoslo? Por otra parte, tampoco supuso la
menor diferencia para los demás; todos llevábamos gafas de aviador,
guardapolvo y velo, e incluso aunque los guardapolvos fuesen nuevos, las
manchas y salpicaduras no eran más que manchas y salpicaduras marrones, y el
hecho de que se los llamara guardapolvos no era razón para que estuvieran
destinados a enfrentarse únicamente con el polvo. Quizá sucedió porque la abuela
estaba sentada en el lado izquierdo (por entonces los automóviles se conducían
desde el lado derecho, como las calesas; ni siquiera Henry Ford, un hombre tan
clarividente como el abuelo, había adivinado aún que el volante terminaría por
estar a la izquierda), exactamente detrás del abuelo e, inmediatamente, le dijo a
Boon: « Para el automóvil» , y se quedó allí sentada, más que furiosa, fría e
implacablemente ultrajada y escandalizada. Acababa por entonces de cumplir
los cincuenta (tenía quince cuando se casó con el abuelo) y en aquellos cincuenta
años había creído tan poco probable que un hombre, y menos aún su marido,
fuese a escupirle en la cara, como que, por ejemplo, Boon abordara una curva
de la carretera sin tocar la bocina.
—Llévame a casa —dijo, sin dirigirse a nadie en particular; sin alzar siquiera
la mano para limpiarse el escupitajo.
—Vamos, Sarah —dijo el abuelo—. Vamos, Sarah —tiró el trozo de tabaco de
mascar y se sacó del otro bolsillo el pañuelo limpio, pero la abuela no quiso
siquiera cogerlo. Boon se había puesto ya en marcha para llegar a una casa que
se veía desde el coche y conseguir una palangana con agua y jabón y una toalla,
pero la abuela tampoco aceptó aquello.
—No me toques —dijo—. Sigue conduciendo —de manera que seguimos
adelante, la abuela con la larga salpicadura marrón que ya se iba secando y que
descendía por uno de los cristales de sus gafas de aviador hasta la mejilla, pese a
que mi madre se ofreció una y otra vez a escupir en su pañuelo y a limpiársela.
—Haz el favor de dejarme tranquila, Alison —dijo la abuela.
Pero mi madre era distinta. A ella no le importaba el tabaco, al menos no le
importaba en el coche. Quizá fuera ésa la razón, porque durante aquel verano
éramos casi siempre mi madre, nosotros, la tía Callie y uno o dos hijos de los
vecinos los que ocupábamos el asiento de atrás; el rostro de mi madre ruborizado,
resplandeciente y entusiasta, como el de una muchachita. Porque había
inventado una especie de escudo sobre un mango, parecido a un gran abanico, lo
bastante ligero para alzarlo casi tan deprisa como el abuelo era capaz de girar la
cabeza. De manera que el abuelo podía mascar sin preocuparse, mi madre
siempre atenta y preparada con la pantalla protectora; de hecho todos éramos y a
muy rápidos, por lo que casi antes del momento en que el abuelo descubría que
iba a tener que girar la cabeza hacia la izquierda para escupir, y a estaba alzado el
escudo y todos los ocupantes del asiento de atrás nos habíamos inclinado hacia la
derecha, como sujetos con un alambre, a una velocidad de treinta y cuarenta
kilómetros por hora, porque y a había dos vehículos a motor más en Jefferson
aquel verano; era como si los automóviles mismos estuvieran alisando las
carreteras mucho antes de que el dinero que representaban empezase a obligar a
hacerlo a las autoridades.
—Dentro de veinticinco años se podrá conducir un automóvil por todas las
carreteras del distrito, sin que importe el tiempo que haga —dijo el abuelo.
—¿No costará eso una barbaridad de dinero, papá? —preguntó mi madre.
—Costará muchísimo dinero —respondió el abuelo—. Los constructores de
carreteras emitirán obligaciones. El banco las comprará.
—¿Nuestro banco? —preguntó mi madre—. ¿Comprar obligaciones que
tengan que ver con automóviles?
—Sí —respondió el abuelo—. Las compraremos.
—Pero ¿qué será de nosotros? Me refiero a Maury.
—Seguirá en el negocio de llevar y traer personas y mercancías —dijo el
abuelo—. Aunque tendrá un nombre nuevo. Quizá Garaje Priest, o Compañía
Motorizada Priest. La gente pagará lo que sea necesario por moverse. Y hasta
trabajarán en ello. Mira las bicicletas. Mira a Boon. No sabemos por qué.
Luego, al siguiente mes de may o, murió en Bay St Louis mi otro abuelo, el
padre de mi madre.
3
Era otra vez sábado. El siguiente, para ser exactos; Ludus volvería a cobrar
aquella noche la paga semanal, como todos los sábados; quizá, incluso, había
dejado y a de llevarse mulas prestadas. Acababan de dar las ocho; aún me
quedaba más de la mitad del recorrido por la plaza; estaba terminando en el
almacén de material agrícola, armado como siempre con las facturas por el
transporte de mercancías y la bolsa de lona donde metía el dinero, cuando entró
Boon, a buen paso, demasiado deprisa tratándose de él. Tendría que haber
sospechado algo inmediatamente. No: tendría que haberlo sabido al instante,
puesto que conocía a Boon de toda la vida y además llevaba un año viéndolo con
aquel automóvil. Alargó la mano hacia la bolsa con el dinero, y me la quitó de la
mano antes de que pudiera cerrar con fuerza el puño.
—Déjalo —exclamó—. Ven.
—¿Por qué? —pregunté—. No he hecho más que empezar.
—Te digo que lo dejes. Muévete. Date prisa. Tienen que coger el Veintitrés —
dijo, dándose y a la vuelta. Había prescindido por completo de las facturas sin
cobrar. No eran más que papel; la compañía del ferrocarril tenía otras muchas
como aquéllas. Pero la bolsa contenía dinero.
—¿Quién tiene que coger el Veintitrés? —pregunté. El Veintitrés era el tren de
la mañana en dirección sur. Sí, claro; entonces pasaban por Jefferson trenes de
pasajeros, los suficientes para tener que numerarlos y distinguirlos así unos de
otros.
—Maldita sea —dijo Boon—, ¿cómo voy a darte la noticia con delicadeza si
ni siquiera me escuchas? Tu abuelo murió anoche. Tenemos que darnos prisa.
—¡Eso es mentira! —dije, grité—. Estaba esta mañana en el porche cuando
hemos pasado —lo habíamos visto mi padre y yo. Estaba allí, como todas las
mañanas, aguardando la hora de ir al banco: unas veces leía el periódico y otras
se limitaba a esperar, de pie o sentado.
—¿Quién demonios habla del Jefe? —dijo Boon—. Me refiero a tu otro
abuelo, el papá de tu mamá, que vive en Jackson o en Mobile o en donde quiera
que sea.
—Ah —dije yo—. ¿Ni siquiera sabes cuál es la diferencia entre Bay St Louis
y Mobile? —porque ya me había tranquilizado. Aquello era distinto. Bay St Louis
estaba a cuatrocientos ochenta kilómetros y y o apenas conocía al abuelo Lessep;
sólo lo había visto dos veces en Navidades en Jefferson y tres más cuando
íbamos a su casa en verano. Además llevaba enfermo mucho tiempo; de hecho
mi madre y y o habíamos estado allí el último verano para verlo cuando se
disponía a guardar cama por última vez, aunque nosotros no lo supiéramos
entonces (mi madre y la tía Callie y a habían estado el invierno anterior, cuando
creyeron que tu tío abuelo Alexander se iba a morir por haber nacido con un mes
de adelanto). Digo « aunque» refiriéndome a mi madre; para un niño, cuando un
anciano o una anciana enferman ya han dejado de vivir; la muerte, cuando
finalmente llega, tan sólo limpia la atmósfera, por así decirlo: es incapaz de
eliminar algo que y a se ha ido.
—Está bien, está bien —dijo Boon—. Lo que tienes que hacer es venir
conmigo. Jackson, Mobile, Nueva Orleans: sólo sé que está por ahí abajo en algún
sitio y que, sea donde sea, siguen teniendo que coger ese tren —y aquello, el
nombre de Nueva Orleans, que, en aquel contexto, Boon no había dejado caer,
sino que se le había escapado, debería habérmelo contado todo, debería haberme
revelado en su totalidad su disparatado sueño, proyecto, decisión: sus
complicadas maquinaciones posteriores para seducirme sólo deberían haberlo
corroborado. Pero quizá aún me estaba reponiendo de la sorpresa; por otra parte,
en aquel momento no disponía de tantos datos como Boon. De manera que
seguimos adelante, deprisa, trotando yo para mantenerme a su altura, por el
camino más corto para atravesar la plaza, hasta que llegamos a casa.
La agitación era extraordinaria. Quedaban apenas dos horas para la salida del
tren y mi madre estaba tan ocupada que no tenía tiempo ni para lágrimas ni para
lamentaciones: tan sólo la noté muy pálida, concentrada en lo que hacía, eficaz.
Porque una vez en casa me enteré ya de lo que Boon me había dicho dos veces:
que también el abuelo y la abuela iban al entierro del abuelo Lessep. El abuelo y
él habían sido compañeros de habitación, alumnos del mismo curso en la
universidad; cada uno de ellos había sido padrino de la boda del otro, lo que
posiblemente tenía algo que ver con el hecho de que mis padres se eligieran entre
todos los habitantes del mundo para mirarse a los ojos eternamente (creo que
ahora llamáis a eso ir en serio) y la abuela Priest y la abuela Lessep vivían lo
bastante lejos para seguir siendo corteses e incluso amables la una con la otra,
madres ambas de retoños únicos. Aparte de eso, la gente se tomaba los funerales
en serio en aquellos días. No la muerte, porque la muerte era nuestra constante
compañera; no había familia sin anales salpicados de lápidas funerarias cuyos
conmemorados habían vivido incluso demasiado poco para tener nombre, a no
ser, por supuesto, que también la madre durmiera en la misma tumba, lo que
sucedía con mayor frecuencia de lo que a uno le gustaría creer. Sin mencionar a
los maridos, tíos y tías de veinte, de treinta y de cuarenta años, ni a los abuelos y
tíos abuelos y tías abuelas sin hijos que morían por entonces en casa, en las
mismas habitaciones y en las mismas camas en las que habían nacido, y no en
eufemismos rectangulares de nombres relacionados con el ocaso. No la muerte,
sino el funeral, la ceremonia del enterramiento, cuyos hilos tenues, pero fuertes
como el acero eran capaces de estirarse indefinidamente y de soportar incluso
más peso que la distancia entre Jefferson y el golfo de México.
De manera que el abuelo y la abuela también iban al funeral. Lo que quería
decir, dato de poca importancia, que a falta de otros parientes cercanos en la
ciudad, se nos enviaría —a mí, a mis tres hermanos y a la tía Callie— a la granja
del primo Zachary Edmonds, a veintisiete kilómetros de distancia, para que nos
quedáramos allí hasta que regresaran nuestros padres; quería decir también,
aunque eso tampoco tuviera importancia, que nuestros padres estarían cuatro días
ausentes. Pero lo que sí tenía importancia era que mis abuelos seguirían sin
volver al cabo de cuatro días. Y es que el Jefe nunca salía de Jefferson, incluso
aunque sólo fuera para trasladarse a Memphis, sin pasar, a la ida o a la vuelta,
dos o tres días en Nueva Orleans, ciudad que le gustaba mucho; y en aquella
ocasión cabía que se hiciera acompañar por mis padres. Quería decir de hecho lo
que, por inadvertencia, Boon, exuberante y todavía incrédulo, me había contado
y a dos veces: que el propietario de aquel automóvil y todas las demás personas
que tenían o se arrogaban autoridad sobre él estarían a cuatrocientos ochenta
kilómetros de distancia por un periodo comprendido entre cuatro días y una
semana. De manera que todas sus torpes maquinaciones para seducirme y
corromperme sólo sirvieron de corroboración. No fueron siquiera añadidura,
propina, y apa. Podría haberse llevado él solo el automóvil, y sin duda lo habría
hecho si yo hubiese resultado incorruptible, incluso a sabiendas de que tendría
que devolverlo o regresar él mismo para enfrentarse con unas consecuencias
menos terribles de las que le esperaban si —cuando— la policía del abuelo le
echaba el guante. Porque no le quedaba más remedio que volver. ¿Adónde podía
ir una persona que no conocía ningún otro sitio, una persona para quien las
palabras, los nombres —Jefferson, McCaslin, De Spain, Compson— eran no sólo
su hogar sino también su padre y su madre? Pero ciertos restos de capacidad de
juicio, algún vislumbre embrionario, aunque todavía inédito, de simple discreción
y sentido común, le convencieron de probar antes conmigo, de disponer de mí a
manera de rehén. Y no necesitaba intentarlo, ponerme a prueba. Cuando las
personas mayores hablan de la inocencia de los niños, no saben realmente lo que
dicen. Si se las presiona, dan un paso más y afirman: Bueno, ignorancia entonces.
El niño no es ni inocente ni ignorante. No hay delito que un chaval de once años
no haya concebido tiempo atrás. Toda su inocencia consiste en que quizá no
desee los frutos del delito, lo que no es inocencia sino inapetencia; su ignorancia
consiste en que no sabe cómo cometerlo, lo que no es ignorancia sino cuestión de
tamaño.
Pero Boon ignoraba todo eso. Tenía que seducirme. Y disponía de muy poco
tiempo: tan sólo desde que se marchara el tren hasta que oscureciese. Podría
haber empezado en frío, a partir de cero, el día siguiente o el otro o cualquier día
hasta el miércoles. Pero lo mejor era aprovechar aquel momento, aquel día, con
el automóvil y a en movimiento, inmerso en una situación viajera a la vista de
todo Jefferson; se diría que los mismos dioses le hubieran ofrecido aquellas horas
gratis entre las once y dos minutos y la puesta de sol, para que corriera el riesgo
que supondría despreciarlas. El automóvil apareció con el abuelo y la abuela ya
en su interior y una caja de zapatos con pollo frito, huevos duros y bollo, puesto
que no dispondrían de coche-restaurante hasta que hicieran transbordo en
Memphis Junction a la una, y la abuela y mi madre conocían suficientemente
bien al abuelo y a mi padre para saber que no iban a esperar hasta la una para
almorzar, se hubiera muerto quien se hubiese muerto. No: la abuela tampoco, si
la persona más directamente afectada por el fallecimiento no hubiese sido mi
madre. No; tampoco eso es cierto; la sensibilidad de la abuela iba más allá de su
nuera; a la abuela quizá le hubiese bastado con que su acompañante fuera mujer.
No son los hombres quienes llegan a un entendimiento con la muerte; los
hombres se resisten, tratan de defenderse y en consecuencia logran que les
machaque la cabeza; mientras que las mujeres la rodean, la envuelven en una
blanda complicidad instantánea de no resistencia, como algodón en rama o
telarañas, sin aguijón y a, inofensiva, no sólo manejable y utilizable, sino incluso
útil, como uno de esos parientes pobres, solterones y solteronas, siempre
disponibles para ocupar un sitio vacío o acompañar a un invitado impar hasta el
comedor. Sus maletines estaban atados ya a los guardabarros y Son Thomas
había sacado los de mi madre y mi padre a la calle, y enseguida aparecimos
todos, mi madre con su velo negro y mi padre con su brazalete negro, nosotros
tres detrás y luego la tía Callie con Alexander en brazos. « Adiós» , dijo mi
madre, « adiós» , besándonos sin alzarse el velo, oliendo como siempre pero
también con algo negro en el olor, semejante al fino velo negro que no escondía
nada en realidad, como si desde los cuatrocientos ochenta kilómetros a los que
estaba Bay St Louis hubiera llegado algo más que un mensaje eléctrico por el
hilo de cobre; desde luego que sí, porque yo lo olí cuando me besó, mientras
decía: « Ahora eres el mayor, el hombre. Has de ay udar a la tía Callie con tus
hermanos, para que no molesten a la prima Louisa» . Y ya estaba entrando
deprisa en el automóvil para sentarse junto a la abuela, cuando Boon dijo:
—Para poder ir a la granja de McCaslin después del almuerzo, tengo que
llenar antes el depósito de gasolina. Se me ha ocurrido que Lucius venga también
a la estación y me ay ude cuando volvamos.
Como puedes ver, iba a resultar muy fácil. Incluso demasiado fácil, haciendo
que me sintiera un poco avergonzado. Era como si todas las circunstancias
relacionadas con la virtud y la integridad estuvieran en contra del abuelo, la
abuela, mi madre y mi padre. De acuerdo, lo reconozco: también en contra mía.
Incluso el hecho de que los automóviles hubieran aparecido en Jefferson hacía
sólo dos o tres años era una incitación para Boon; de acuerdo, también para mí.
El señor Rouncewell, el representante de la compañía de petróleos que desde los
depósitos en la vía muerta de la estación abastecía a todos los establecimientos
del distrito de Yoknapatawpha, había tenido además, durante los dos últimos años,
un depósito especial de gasolina, con una bomba y un negro para manejarla; todo
lo que Boon o cualquier otra persona que quisiera gasolina tenía que hacer era ir
hasta allí con el coche y apearse; el negro levantaba el asiento delantero, medía
el nivel con un palo que tenía unas muescas, llenaba el depósito y cobraba el
importe o (si el señor Rouncewell estaba ausente) permitía que el interesado
escribiera su nombre y la cantidad de gasolina en un grasiento libro de caja.
Pero, aunque el abuelo era propietario del coche desde hacía ya casi un año,
ninguno de ellos —ni el abuelo ni la abuela, ni mi padre ni mi madre— tenían
suficientes conocimientos sobre cómo manejar coches, ni la temeridad (o quizá
fuese más bien la curiosidad) de preguntarle a Boon qué era exactamente lo que
hacía, ni de poner en tela de juicio sus afirmaciones.
Boon y y o nos quedamos en el andén; mi madre sacó la mano por la
ventanilla y la agitó, despidiéndose, mientras el tren se alejaba. A Boon le había
llegado su turno. Tendría que decir algo, tendría que empezar. Había conseguido
despejar la cubierta del barco y me tenía en su poder, por lo menos hasta que la
tía Callie empezara a preguntarse por qué no me presentaba para almorzar.
Quiero decir que Boon no sabía que no tenía que decir nada, excepto, quizá,
adónde íbamos, e incluso eso —nuestro punto de destino— carecía de
importancia. Boon no había aprendido nada sobre los adultos y, al parecer, había
olvidado incluso lo que sin duda supo en otro tiempo sobre los más pequeños.
Porque ahora no sabía por dónde empezar. Había rezado pidiendo suerte y de
inmediato, a vuelta de correo, por así decirlo, se le había concedido más de la
que sus conocimientos le permitían utilizar. Probablemente y a te habrán dicho
alguna vez antes de ahora que la Fortuna es una coqueta inconstante, que nunca
se niega a conceder y siempre da, bueno o malo: más de lo primero de lo que
(quizá con razón) crees que mereces; más de lo segundo de lo que eres capaz de
controlar. Así le sucedió a Boon. De manera que todo lo que dijo fue: « Bien» .
Y y o no le ay udé, desde luego; me tomé esa venganza. Sí, de acuerdo,
¿venganza contra quién? No contra Boon, claro, sino contra mí y mi vergüenza;
quizá contra mis padres, que me habían abandonado a la vergüenza; quizá contra
el abuelo, cuy o automóvil había creado la posibilidad de la vergüenza; ¿quién
sabe? Quizá contra el mismo señor Buffaloe: aquel sonámbulo ensimismado y
tocado por la divinidad que, inocentemente, había iniciado todo aquello dos años
antes. Pero también es cierto que me compadecí de Boon, ya que disponía de
muy poco tiempo. Eran las once pasadas; la tía Callie esperaría mi vuelta al cabo
de unos minutos, no porque supiera que no se necesitaban más de diez para
volver a casa después de que se oy era el silbido que lanzaba el Veintitrés al
atravesar el cruce de abajo, sino porque estaría loca de impaciencia por darnos
de comer a todos y ponerse en camino hacia la granja de McCaslin; la tía Callie
había nacido en el campo y seguía prefiriéndolo a la ciudad. Boon no me miraba.
Evitaba hacerlo con mucho cuidado.
—Cuatrocientos ochenta kilómetros —dijo—. Buena cosa que alguien
inventara los trenes. Si tuvieran que ir en carreta de mulas como solía hacerse, no
llegarían allí ni en diez días, y no digamos nada de la vuelta.
—Mi padre dijo cuatro días —le respondí.
—Así es —contestó Boon—. Eso fue lo que dijo. Quizá tengamos cuatro días
para volver a casa, pero, de todos modos, eso no quiere decir para siempre —
volvimos al coche y nos sentamos, pero Boon no lo puso en marcha—. Quizá
cuando vuelva el Jefe dentro de di…, de cuatro días me permita enseñarte a
conducir este chisme. Eres lo bastante may or. Además y a sabes cómo se hace.
¿Has pensado alguna vez en ello?
—No —respondí—. Porque no me va a dejar que aprenda.
—Bueno, no tengas demasiada prisa. Dispones de cuatro días para que
cambie de opinión. Aunque, según mis cálculos, serán más bien diez —seguía sin
hacer ningún movimiento para arrancar el coche—. Diez días —dijo—. ¿Qué
distancia calculas que podría recorrer este automóvil en diez días?
—Mi padre dijo cuatro —insistí.
—De acuerdo —dijo—. ¿Qué distancia en cuatro días?
—Nunca llegaré a saberlo —le respondí—. No hay nadie por aquí que vay a a
comprobarlo para decírmelo.
—Está bien —dijo. Puso el coche en marcha de repente, retrocedió y dio la
vuelta, a buena velocidad ya, y sin dirigirse ni hacia la plaza ni hacia la
gasolinera del señor Rouncewell.
—Creía que necesitábamos gasolina —dije. Íbamos deprisa.
—He cambiado de idea —dijo Boon—. Me ocuparé de eso después del
almuerzo, antes de salir hacia la granja de McCaslin. Así será mucho menos lo
que se evapore mientras el coche esté parado —recorríamos y a un callejón,
avanzábamos veloces entre cabañas de negros, huertas diminutas y gallineros,
con pollos y perros saltando frenéticamente desde el polvo en el último
momento; del callejón salimos a un campo vacío, un y ermo apenas marcado por
numerosas huellas de neumáticos y ninguna de pezuñas de animales; y entonces
lo reconocí: era el autódromo de fabricación casera del señor Buffaloe, el lugar
donde le había recluido dos años antes la ordenanza municipal del coronel
Sartoris y donde había enseñado a conducir a Boon. Pero y o seguía sin entender
lo que estaba sucediendo hasta que Boon apretó el freno, detuvo el coche y me
dijo—: Ponte aquí.
De manera que al final llegué tarde al almuerzo; la tía Callie estaba ya en el
porche, con Alexander en brazos, gritándonos a Boon y a mí antes de que el
coche se detuviera y se abriese la portezuela para dejarme salir. Porque, a decir
verdad, Boon me había hecho morder el polvo en buena lid; estaba claro que no
había olvidado todo lo que aprendiera sobre niños cuando era joven. Aunque
ahora sé que la verdad era otra, por supuesto, e incluso lo supe también entonces:
que la caída de Boon y la mía fueron no sólo instantáneas sino simultáneas y que
se remontaban al instante mismo en que mi madre recibió la noticia de que había
muerto el abuelo Lessep. Pero aquello otro era lo que me hubiera gustado creer:
que Boon simplemente me había ganado de manera inapelable. Eso fue al menos
lo que me dije por entonces: que, a salvo tras la inviolable e ineludible rectitud
inherente al apellido que llevaba, cincelada de acuerdo con las figuras
caballerescas de mis antepasados varones, tal como me había sido legada —no,
impuesta— de manera oral por mi padre, y que la afectuosa convicción de mi
madre había reforzado, convirtiéndola al mismo tiempo en vulnerable a la
vergüenza, y o no había hecho más que poner a prueba a Boon; no estaba
comprobando mi virtud, sino sencillamente examinando la capacidad de Boon
para socavarla; y, dada mi inocencia, confiaba excesivamente en la armadura y
el escudo de la inocencia; con unas esperanzas, unas exigencias y una convicción
muy superiores a las que aquel frágil tejido permitía albergar. Digo « frágil
tejido» no sólo con conocimiento de causa sino de manera explícita, después de
haber comprobado en mi tiempo cómo, con mucha frecuencia, los abogados de
la Virtud e incluso quienes la practican albergan serias dudas sobre su
invulnerabilidad como escudo, por lo que ponen su fe y confianza no en la virtud,
sino más bien en el dios o en la diosa que custodia la virtud, dejando de lado, por
así decirlo, la virtud, en razón de la lealtad a la divinidad misma, por lo que, en
recompensa, la diosa suprema o bien alejará la tentación o al menos intercederá
por ellos. Lo que explica muchísimas cosas, puesto que, del mismo modo, he
comprobado en mi época que la diosa de la virtud parece ser la responsable de la
fortuna y hasta es posible que de la locura.
De manera que Boon me venció en buena lid, respetando las reglas del
pugilismo, tal como debe y le corresponde hacerlo a un caballero. Cuando detuvo
el coche y dijo « Ponte aquí» , creí saber lo que se proponía hacer. Era algo que
habíamos ensayado y a en cuatro o cinco convenientes y discretas ocasiones en
el patio del abuelo, yo sentado en sus rodillas, sujetando el volante y
conduciendo, mientras él dejaba que el automóvil avanzara lentamente en
primera o en segunda. De manera que y a estaba preparado. Me encontraba en
garde, y había iniciado incluso la contraestocada abriendo la boca dispuesto a
decir Hoy hace demasiado calor para sentarse encima de nadie. Además será
mejor que volvamos a casa cuando vi que Boon y a se había apeado del automóvil
por su lado mientras seguía hablando, allí de pie, con una mano en el volante y el
motor todavía en marcha. Durante uno o dos segundos más seguí sin creérmelo.
—Date prisa —dijo—. Callie puede aparecer en cualquier momento a la
carrera por ese callejón con el bebé bajo el brazo y gritando y a.
Así que me coloqué al volante y, con Boon a mi lado, sobre mí, rodeándome,
sus manos sobre las mías para cambiar las marchas y manejar el embrague,
avanzamos y retrocedimos por el yermo deslumbrante de sol, un poquito hacia
adelante, un poquito hacia atrás, concentrados, abolido el tiempo, inmersos,
absortos los dos por igual, Boon dándome confianza (era mucho lo que se jugaba,
compréndelo), fuera, más allá del tiempo, invulnerables al tiempo hasta que el
reloj del palacio de justicia, al dar las campanadas de las doce a un kilómetro de
distancia nos devolvió, nos lanzó con violencia a la dura realidad inminente de la
trampa y el engaño.
—Ya está bien —dijo Boon—, deprisa —sin esperar siquiera, alzándome en
vilo mientras se colocaba al volante, para regresar velozmente por el campo en
dirección a casa mientras hablábamos ya de hombre a hombre, compañeros en
el delito, cómplices por supuesto pero no coetáneos aún en razón de mi inocencia;
disponiéndome ya a preguntar ¿Qué hago ahora? Tendrás que decírmelo, cuando
una vez más Boon habló primero y nos puso también al mismo nivel—: ¿Has
pensado y a cómo hacerlo? No tenemos mucho tiempo.
—Está bien —dije—. Sigue. Vuelve a casa antes de que la tía Callie empiece
a gritar.
¿Ves a qué me refería cuando hablaba de la Virtud? Has oído hablar a la gente
—o, en todo caso, los oirás antes o después— de tiempos inicuos o de una
generación perversa. Esas cosas no existen. Ninguna época histórica ni
generación alguna de seres humanos tuvo, tiene o tendrá la importancia
suficiente para acaparar la falta de virtud de ningún momento determinado,
como tampoco puede contener todo el aire en ningún momento dado; tan sólo la
esperanza de mancharse lo menos posible durante su paso por ese momento.
Porque, ¡qué pena que la Virtud no se ocupe de los suyos —posiblemente no
puede— como lo hace la No-virtud! Probablemente le es imposible, puesto que a
los devotos de la Virtud les ofrece como recompensa tan sólo virtud fría, inodora
e insípida, lo que no es nada si se compara no sólo con las deslumbrantes
recompensas del pecado y del placer sino con la habilidad omniprevisora —esa
increíble capacidad sin parangón para la invención y la fantasía—, incansable y
siempre vigilante, que guía con mano firme y decidida incluso los vacilantes
pasos de la infancia por un camino de rosas. Porque —sí, ¡y a lo creo que sí!—
yo había madurado asombrosamente desde que aquel reloj diera las
campanadas dos minutos antes. He podido comprobar repetidamente que,
excepto en algunos casos excepcionales de lo que podría denominarse
hiperprecocidad malévola, los niños, como los poetas, mienten más por placer
que por provecho. O, al menos, eso pensaba y o que había hecho hasta entonces,
con algunas excepciones desdeñables relacionadas con la simple autodefensa frente a criaturas (mis padres) may ores y más fuertes que y o. Pero y a no. O,
por lo menos, no en aquel momento. Me había desviado del buen camino tanto
como Boon y —al menos durante el paso siguiente— fui incluso más culpable.
Porque (me daba cuenta; no: sabía; era evidente; el interesado mismo lo
reconoció sin el menor rodeo) y o era más listo. Supe —embargado de pronto por
el mismo febril relámpago exultante que posiblemente experimentara Fausto—
que de nosotros dos, condenados y a de manera irrevocable, y o era el líder, el
jefe, el señor.
La tía Callie estaba en el porche delantero, con Alexander en brazos, y
gritando.
—Cierra la boca —dije—. ¿No está listo el almuerzo? El automóvil ha tenido
una avería. No hemos podido ir por la gasolina y ahora necesito comer a toda
prisa, volver y ay udar a Boon a llenar el depósito —entré en el comedor. El
almuerzo estaba en la mesa. Lessep y Maury habían empezado a comer. La tía
Callie los había vestido, para recorrer los veintisiete kilómetros hasta la granja del
primo Zack donde iban a pasar cuatro días, como si fueran a Memphis; ignoro el
motivo, aunque quizá fuese porque no había tenido otra cosa que hacer desde que
se marcharon mis padres hasta la hora del almuerzo. Porque Maury y Alexander
tendrían los dos que echarse la siesta antes de salir, pero, dado el estado del
delantero de la blusa de Maury, a la tía Callie no le quedaría más remedio que
lavarlo y vestirlo de nuevo.
De todos modos terminé antes que mis hermanos y volví (la tía Callie seguía
gritando, aunque no tanto dentro de casa, por supuesto. Pero ¿qué podía hacer,
completamente sola, y de raza negra por añadidura, contra la No-virtud?) a casa
del abuelo atravesando la calle. Probablemente Ned se habría ido a la ciudad tan
pronto como el automóvil se puso en marcha. Pero era igualmente probable que
volviera para almorzar. Efectivamente. Había vuelto. Estaba en el patio trasero.
Me miró con asombro. Con mucha frecuencia, la mayor parte del tiempo a decir
verdad, sus ojos tenían un tono rojizo, como los de un zorro.
—¿Por qué no quieres quedarte en la granja? —me preguntó.
—He prometido a unos chicos escaparme mañana para ir a pescar a una
nueva charca que conoce uno de ellos.
Ned parpadeó de nuevo.
—Así que te propones ir a la granja de McCaslin con Boon Hogganbeck para
luego volver aquí con él. Pero necesitas decirle algo a la señorita Louisa para que
te deje volver y por eso me quieres a mí de tapadera.
—No —dije—. No te necesito. Te lo digo para que sepas dónde estoy y no te
echen la culpa. Ni siquiera voy a tener que molestarte. Voy a quedarme con el
primo Ike —antes de que llegaran los demás, me refiero a mis hermanos, cuando
mis padres salían de noche y también se marchaban los abuelos, y o solía
quedarme con Ned y Delphine. A veces pasaba toda la noche en su casa, sólo
porque era divertido. Podría haberlo hecho ahora si hubiera funcionado. Pero el
primo Ike vivía solo en una habitación situada encima de la ferretería. Incluso
aunque Ned (o algún otro interesado) le preguntase a bocajarro si había pasado
con él la noche del sábado, para entonces ya estaríamos por lo menos a lunes, y
yo había decidido, con rapidez y firmeza, no pensar en el lunes. Como ves, si la
gente no se negara, con rapidez y firmeza, a pensar en el lunes siguiente, la
Virtud no tendría por delante una tarea tan dura y tan desagradecida.
—Ya entiendo —dijo Ned—. No te hago falta. Te limitas a ser generoso para
evitarme molestias y para que no tenga que preocuparme por ti. Quieres evitarle
a todo el mundo las molestias y la preocupación que se presentan si se quiere
saber por qué no estás en la granja de McCaslin, donde tu papá te dijo que
estuvieras —me guiñó un ojo—. Ji, ji, ji —añadió.
—De acuerdo —dije—. Dile a mi padre que me fui a pescar el domingo
mientras ellos estaban fuera. Verás lo que me importa.
—No tengo intención de decir nada a nadie acerca de ti —respondió Ned—.
No eres asunto mío. Hasta que vuelva tu mamá, eres responsabilidad de Callie. A
no ser que te vay as a la tienda del señor Ike, como me has dicho —me guiñó un
ojo—. ¿Cuándo vuelve Boon Hogganbeck a buscarte?
—Muy pronto y a —dije—. Y ten cuidado de que ni mi padre ni el Jefe te
oigan llamarlo Boon Hogganbeck.
—Le he llamado señor muchas más veces de las que se lo ha ganado —dijo
Ned—. Y no digamos nada de merecérselo —dijo—. Ji, ji, ji.
¿Te das cuenta? Lo estaba haciendo lo mejor que podía. El problema eran las
herramientas que tenía que utilizar. La inocencia y la ignorancia: no sólo carecía
de la fuerza y los conocimientos, sino que además me faltaba tiempo. Cuando los
hados, los dioses —de acuerdo, la No-virtud— te proporcionan oportunidades, lo
menos que pueden hacer es darte espacio. Aunque, por lo menos, al primo Ike no
era difícil encontrarlo los sábados.
—Claro que sí —me dijo—. Ven y quédate conmigo esta noche. Quizá
vay amos a pescar mañana, pero no se lo digas a tu padre.
—No, señor —respondí—. No voy a quedarme con usted esta noche, sino con
Ned y Delphine, como hago siempre. Sólo quería que usted lo supiera, porque mi
madre no está aquí para poder contárselo, quiero decir, para poder preguntárselo.
Ya te das cuenta de que lo hacía lo mejor que podía con los medios a mi
alcance, con lo que sabía. No era que estuviera perdiendo fe en el éxito final: me
parecía, sencillamente, que la No-virtud estaba malgastando en probarme un
tiempo que se necesitaba con urgencia y desesperadamente para fines más
importantes. Volví a casa, pero sin correr: Jefferson no debía verme correr; pero
lo más deprisa que pude sin llegar a correr. Compréndelo, desconfiaba de cómo
se portaría Boon devuelto a manos de la tía Callie.
Llegué a tiempo. De hecho los que se retrasaron fueron Boon y el automóvil.
La tía Callie, incluso, había vestido de nuevo a Maury y a Alexander; si habían
dormido después de almorzar, era la siesta más corta y más rápida en los anales
de nuestra casa. Ned también estaba allí, donde nada se le había perdido. No, eso
no es cierto. Quiero decir que su presencia olía a chamusquina: no el hecho de
estar en nuestra casa, porque estaba allí con frecuencia, sino que, después de
marcharse de viaje el abuelo y la abuela, estuviera en un sitio donde podía hacer
algo útil. Porque Ned estaba sacando el equipaje —el cesto de mimbre con los
pañales de Alexander y otras cosillas personales, los maletines que contenían
cuatro días de ropa para Lessep, para Maury y para mí, y el hatillo de la tía
Callie, envuelto en un trozo de tela—, amontonándolo sin orden junto a la puerta
de la verja y diciéndole a la tía Callie:
—Será mejor que te sientes y descanses. Seguro que Boon Hogganbeck ha
averiado ese cacharro y estará por ahí tratando de arreglarlo. Si de verdad
quieres llegar a la granja de McCaslin antes de la cena, telefonea al señor Ballott
en la caballeriza y dile que mande a Son Thomas con el coche de caballos y yo
os llevaré tal como deben viajar las personas decentes.
Al cabo de un rato empezamos a tener la impresión de que Ned estaba en lo
cierto. Cuando el reloj dio la una y media (Alexander y Maury podrían haber
empleado aquel tiempo en dormir) Boon seguía sin aparecer; luego Maury y
Alexander podrían haber dormido incluso media hora más; Ned repitió tantas
veces « Ya te lo dije» que la tía Callie dejó de gritar quejándose de Boon y se
volvió contra Ned, hasta que Ned fue a sentarse bajo el emparrado de moscatel;
la tía Callie estaba a punto de mandarme a buscarlos —Boon y el automóvil—
cuando aparecieron. Al ver a Boon sentí terror. Se había cambiado de ropa.
Quiero decir que se había afeitado y se había puesto una camisa no sólo blanca
sino además limpia, con su correspondiente cuello y corbata; cuando se apeara
para cargar el equipaje y ay udarnos a subir, llevaría sin duda la chaqueta al
brazo, y la primera cosa que la tía Callie vería dentro del coche sería su maletín.
Terror, pero también indignación, aunque no contra Boon (descubrí, me di cuenta
de ello al instante), sino contra mí mismo, que tendría que haberlo sabido, haberlo
previsto, puesto que sabía desde siempre (también me daba cuenta de ello
entonces) que quien trataba con Boon trataba con un niño, y tenía no sólo que
enfrentarse con sus imprevisibles excentricidades, sino preverlas; no el disparate
de que Boon careciera de los más elementales rudimentos de sentido común, sino
la vergüenza mía por no haber sido capaz de prever, de dar por sentado que le
faltarían, diciendo, gritando a Quienquiera que se acusa en tales crisis ¿Es que no
te das cuenta de que sólo tengo once años? ¿Cómo esperas que haga todo esto con
sólo once años? ¿No ves que me estás cargando con más de lo que puedo
aguantar? Pero un segundo después indignación también contra Boon, y no sólo
porque su estupidez hubiera echado a perder definitivamente nuestro viaje en
automóvil hasta Memphis (tienes razón, Memphis como nuestro punto de destino
aún no se ha mencionado, ni al dirigirme a ti ni en las conversaciones entre Boon
y y o. ¿Qué necesidad había? ¿A qué otro sitio podíamos ir? A decir verdad, ¿a qué
otro sitio podía querer ir cualquier habitante del norte de Mississippi? Alguna
persona con muchos años a cuestas, acabada ya, o en su lecho de muerte, tal vez
considerase o temiera otro destino más lejano, pero ni Boon ni y o estábamos en
ese caso). De hecho, en aquel momento deseé no haber sabido nunca nada ni de
Memphis, ni de Boon, ni del automóvil; estaba y a del lado del coronel Sartoris,
deseoso de abolir de la faz de la tierra al señor Buffaloe, junto con su sueño, en el
instante mismo de iniciarse. Odiaba a Boon por haber destruido, por haber
derribado con aquel error infantil, semejante al ciego puntapié de un bebé, el
precario y frenético cúmulo de mis mentiras, falsas promesas y falsos
juramentos; por poner de manifiesto la impostura con pies de barro por la que
había cambiado —no, condenado— mi alma; o quizá por dejar al descubierto la
verdadera vileza de un alma despreciable por la que había creído, en mi vanidad,
que el diablo estaría dispuesto a pagar cualquier cosa; aquello era lo mismo que
perder la virginidad por algún absurdo infortunio provocado por un descuido,
como no reparar en el sitio a donde se va, e ir allí sin esperanza siquiera de
placer, y menos aún de pecado. Luego desapareció incluso la indignación. No
quedó nada, absolutamente nada. No quería ir a ningún sitio, estar en ningún sitio.
Quiero decir que no quería ser ni estar en presente en ningún sitio. Si tenía que ser
o estar, que fuese en el pasado. Dije y creí (sé que me lo creí porque lo he dicho
mil veces desde entonces y todavía me lo creo y desafío a cualquiera que afirme
lo contrario) Nunca volveré a mentir. Resulta demasiado complicado. Se parece
demasiado a tratar de mantener erguida una pluma en un plato de arena. Nunca se
le ve el fin. No se descansa nunca. No terminas nunca. Como nunca gastas toda la
arena, tampoco dejas de intentarlo.
Pero no sucedió nada de lo que había temido. Boon se apeó sin chaqueta al
brazo. Ned estaba y a subiendo al coche maletines, cestos y hatos.
—Ji, ji, ji, —dijo torvamente—. Vamos, ponte en camino para que puedas
tener la avería y te quede tiempo para arreglarla y volver a la ciudad antes de
que oscurezca —así que ahora estaba hablando con Boon—. ¿Vas a volver a la
ciudad antes de marcharte?
—¿Marcharme adónde? —dijo Boon.
—Marcharte para cenar —dijo Ned—. ¿Adónde va cualquier persona con
sentido común al ponerse el sol?
—Ah —dijo Boon—. Ocúpate de tu cena. Ésa es la única que tiene que
preocuparte.
Subimos todos y el automóvil se puso en marcha, con Boon y conmigo
delante y los demás detrás. Cruzamos la plaza, abarrotada de gente como sucedía
siempre los sábados por la tarde, y salimos de la ciudad. Pero seguíamos donde
estábamos. Quiero decir que no habíamos avanzado nada. Muy pronto
llegaríamos a la bifurcación donde tomaríamos el camino que llevaba a casa del
primo Zach, y entonces iríamos incluso en la dirección contraria. Pero aunque
hubiésemos estado en la buena dirección, seguiríamos sin ser libres; mientras
tuviésemos a la tía Callie, Lessep, Maury y Alexander en el asiento de atrás, sólo
nos habríamos librado de Ned, surgido donde nadie en el mundo esperaba que
estuviese y diciendo Ji, ji, ji y Vas a volver a la ciudad antes de… Boon no me
había mirado ni una sola vez, ni y o a él. Tampoco había hablado conmigo; es
posible que se diera cuenta de que me había asustado con la camisa limpia y el
cuello y la corbata y el afeitado a mediodía y todos los demás componentes de la
atmósfera que denunciaba el viaje, la marcha, la separación, la despedida; que
se diera cuenta de que yo estaba no sólo asustado sino irritado por saberme
vulnerable al miedo; la soleada carretera de primera hora de la tarde se extendía
por delante de nosotros a lo largo de veintisiete kilómetros en los que tendríamos
que decidir algo, acordar algo; atravesábamos la tierra resplandeciente de mayo,
con el polvo saliendo a chorros y enroscándose sobre sí mismo detrás del coche a
no ser que tuviéramos que reducir la velocidad por un puente o un fragmento
arenoso de carretera que exigían poner la primera o la segunda; los veintisiete
kilómetros que no durarían eternamente aunque fuesen veintisiete los mojones
que pasaban a toda velocidad, aunque era imprescindible hacer algo y quedaba
cada vez menos espacio y menos tiempo y y o seguía sin saber qué era lo que
íbamos a hacer; aunque quizá se tratara únicamente de algo dicho, de una voz,
ruido, sonido humano, puesto que, cualquiera que sea la amarga compensación,
prenda, que la No-virtud pueda luego arrancarte, exigirte, la soledad, el
aislamiento, el silencio no deberían ser parte de ella. Pero Boon al menos lo
intentó. O quizá en su caso le agobiaba precisamente el silencio y cualquier
quiebra del silencio era mejor, prescindiendo de lo estúpida que resultara y de
que estuviera desde mucho antes condenada al fracaso. No, era más que eso; nos
faltaba y a menos de la mitad de camino y había que hacer algo, empezar algo,
quitarle la mecha a la situación:
—Las carreteras están ahora muy bien en todas partes, incluso más allá del
distrito de Yoknapatawpha. Nadie podría desear mejores carreteras que las de
ahora para un viaje largo, como asistir a un funeral o algo parecido. ¿Qué
distancia podría recorrer este coche desde ahora hasta la puesta de sol?
¿Te das cuenta? Una pregunta que no iba dirigida a nadie, semejante a la
mano desesperada que saca por encima de la superficie del agua el hombre que
se ahoga, esperando encontrar algo a lo que agarrarse. Pero Boon no encontró
nada.
—No lo sé —dijo la tía Callie desde el asiento de atrás, con Alexander
(dormido desde que salimos de Jefferson y que no se merecía un paseo en coche
de un kilómetro y menos aún de veintisiete) en brazos—. Y tú tampoco lo vas a
saber, a no ser que te dediques a estudiarlo esta noche, sentado donde estás, con
el automóvil encerrado en el cobertizo del patio trasero del Jefe.
Casi estábamos llegando.
—Así que quieres… —dijo Boon, hablando con un lado de la boca, y
exactamente lo bastante alto para que y o le oy era, dirigiéndose exactamente a
mi oído derecho como el proy ectil de un arma de fuego, o una flecha o quizá un
puñado de arena contra el cristal de una ventana.
—Cierra el pico —le dije, exactamente de la misma manera. El
procedimiento más sencillo y más cobarde sería decirle de repente que parase y,
mientras lo hacía, saltar del coche, corriendo y a, y ofrecer a la tía Callie la
disy untiva, que tendría que resolver en una fracción de segundo, de dejar a
Alexander con Boon y correr tratando de alcanzarme entre la maleza, o seguir
con Alexander y perseguirme únicamente con sus gritos. Me refiero a que podía
hacer que Boon siguiera adelante y los dejara en la finca del primo Zac, y luego
salir de un lado del camino y saltar a bordo cuando pasara de nuevo, ya de vuelta
a la ciudad o en cualquier dirección que me alejara de todos los que iban a
advertir mi ausencia y tenían autoridad sobre mí; la manera cobarde, de modo
que ¿cuál fue la razón de que no la empleara, siendo como era y a un mentiroso
empedernido, condenado por mis engaños? ¿Por qué no seguir hasta el final y ser
cobarde además, tan irrevocable e irremediablemente como había llegado a ser
Fausto? ¿Gloriarme en la vileza, hacer, obligar a mi nuevo Dueño a respetarme
por emplearme tan a fondo, incluso aunque despreciara mi tamaño? La única
respuesta es que no lo hice. No habría funcionado y por lo menos uno de nosotros
tenía que ser práctico; aunque es cierto que Boon y y o nos habríamos alejado y a
un buen trecho antes de que la prima Louisa pudiera enviar a alguien a los
campos donde el primo Zack estaría a las tres de la tarde en la época de la
sementera e igualmente cierto que el primo Zack no hubiera podido alcanzarnos
a caballo, lo cierto era que tampoco lo habría intentado: se habría dirigido
directamente a la ciudad y, después de conversar por espacio de un minuto en
cada caso con Ned y el primo Ike, habría sabido exactamente qué hacer y lo
hubiera hecho, recurriendo al teléfono y a la policía.
Ya estábamos allí. Me apeé y abrí la puerta de la cerca (las jambas eran las
mismas de la época del viejo Lucius Quintus Carothers; tu primo Carothers, el
dueño actual, tiene tan sólo un dispositivo para que no pase el ganado, aunque sí
los automóviles, sin necesidad de abrir ninguna puerta) y nos dirigimos hacia la
casa por el paseo de algarrobos (aún sigue allí el edificio de dos habitaciones,
hecho con troncos, las grietas tapadas con barro, mitad domicilio y mitad fuerte,
que construyera el viejo Lucius cuando, en 1813, llegó desde Carolina a través de
las montañas con sus esclavos y sus perros raposeros; aún sigue allí, escondido
detrás de las chillas, del estilo arquitectónico caracterizado por la imitación de los
órdenes griegos, y de las volutas en madera típicas de los barcos de vapor
fluviales, que las mujeres con las que los sucesivos Edmonds se han casado le
han ido añadiendo).
La prima Louisa y todos los demás nos habían oído acercarnos y (excepto
probablemente aquellos que el primo Zack veía directamente desde su caballo)
estaban en el porche delantero, en los escalones y en el patio cuando llegamos
delante de la casa y nos detuvimos.
—Está bien —dijo Boon, de nuevo con un lado de la boca—, decide.
Porque, como decís ahora, había llegado el momento de la verdad; ya no
había tiempo y menos aún posibilidad de aislamiento para tener algún —
cualquier— barrunto de lo que Boon necesitaba ya saber desesperadamente.
Porque los dos éramos unos perfectos novatos, compréndelo. Éramos peores que
aficionados: inexpertos, completamente inexpertos en el robo de automóviles,
aunque ninguno de los dos lo hubiera llamado robo, puesto que nos proponíamos
devolverlo sin causarle daño alguno; e incluso aunque la gente, el mundo
(Jefferson, por lo menos) nos hubiera dejado en paz, sin echarnos de menos.
Incluso aunque y o hubiera podido responderle si me lo hubiera preguntado.
Porque todavía era peor para mí que para él; los dos estábamos desesperados,
pero mi desesperación era mucho más apremiante que la suy a, puesto que y o
tenía que hacer algo, y deprisa, en cuestión de segundos y a, mientras que él sólo
tenía que seguir en el coche, todo lo más con los dedos cruzados. Y y o no sabía
qué hacer; había contado y a más mentiras de las que me hubiera creído capaz de
inventar, y había conseguido que fueran creídas o por lo menos aceptadas con
una regularidad que me tenía fascinado o más bien horrorizado; me encontraba
en la posición de aquel negro viejo que decía: « Aquí estoy, Señor. Si quieres
salvarme, aquí tienes, delante de los ojos, la mejor oportunidad que vas a
encontrar jamás» . Había disparado mi arco y también el de Boon. Si la Novirtud
aún nos quería a cualquiera de los dos, tenía en aquel momento la
oportunidad de demostrarlo.
Y eso fue lo que hizo, disfrazada del primo Zachary Edmonds, que salió en
aquel momento por la puerta principal. En el mismo instante vi en el patio a un
chico negro que sujetaba las riendas de su caballo de silla. ¿Ves lo que quiero
decir? Zachary Edmonds, a quien nunca se veía en Jefferson los días de entre
semana desde el primer roturado de la tierra en marzo hasta que se la termina de
cultivar en julio, había ido a la ciudad por la mañana (algo urgente relacionado
con el molino de grano) y había hecho una visita a la tienda del primo Ike tan sólo
unos minutos después que yo, lo que, perfecta y exactamente encajado con la
hora y pico que la No-virtud había necesitado para afeitar a Boon y cambiarlo de
camisa, había proporcionado al primo Zack exactamente el tiempo necesario
para regresar y apearse del caballo a la puerta de su casa en el momento en que
nos oy eron llegar.
—¿Qué estás haciendo aquí? —me dijo—. Ike me ha contado que ibas a
quedarte esta noche en Jefferson y que mañana te va a llevar de pesca.
De manera que, por supuesto, la tía Callie empezó a gritar en aquel mismo
momento, por lo que no tuve necesidad de decir nada, incluso aunque hubiera
sabido qué decir.
—¿De pesca? —aulló la tía Callie—. ¿En domingo? Si su papá oyera eso,
¡saltaría del tren en este mismo instante sin esperar a mandar un telegrama! ¡Y
su mamá haría lo mismo! ¡La señorita Alison no le ha dicho que se quede en la
ciudad con el señor Ike ni con nadie! ¡Le dijo que se viniera aquí conmigo y con
sus hermanos, y que si no se portaba bien, el señor Zack se encargaría de
encarrilarlo!
—Está bien, está bien —dijo el primo Zack—. Deja de gritar un momento; no
oigo lo que dice. Quizá haya cambiado de idea. ¿No es así?
—Sí, señor —dije—. Quiero decir, no, señor.
—Bien, ¿en qué quedamos? ¿Te vas a quedar aquí o vas o volverte con Boon?
—Sí, señor —dije—. Me vuelvo. El primo Ike me dijo que le preguntara a
usted si podía.
Y la tía Callie volvió a gritar (nunca había dejado de hacerlo en realidad,
excepto quizá para respirar hondo cuando el primo Zack le dijo que se callara),
pero eso fue todo: ella gritando y el primo Zack diciendo:
—Cállate de una vez. No me oigo ni a mí mismo. Si Ike no lo trae mañana,
mandaré a recogerlo el lunes.
Me volví al coche; Boon y a tenía el motor en marcha.
—Que me aspen —dijo, no en voz alta, pero con mucho respeto, incluso con
un poco de admiración.
—Vamos —dije—. Salgamos de aquí —nos pusimos en marcha, con
suavidad pero deprisa, cada vez más, por el paseo de algarrobos, hacia la cerca.
—Quizá estemos desperdiciando algo, limitándonos a gastarlo en un simple
viaje en automóvil —dijo Boon—. Quizás debiera utilizarte para algo que tenga
que ver con ganar dinero.
—Haz el favor de seguir adelante —dije. Porque, ¿cómo podía contárselo,
cómo decírselo? Estoy hasta las narices de mentir, de tener que mentir. Porque
sabía, me daba cuenta de que no había hecho más que empezar; que no acabaría
nunca, que no sólo no se acabarían nunca las mentiras que tendría que seguir
contando simplemente para defender las anteriores, sino que nunca me libraría
de las viejas y desgastadas que ya había utilizado y agotado.
Volvimos a Jefferson. Esta vez fuimos deprisa; si había paisaje, ninguno de los
ocupantes del automóvil lo utilizó en lo más mínimo. Serían muy pronto las cinco.
Boon habló, tenso y apremiante, pero sin perder la calma:
—Tenemos que dejar que las cosas se enfríen un poco. Me han visto salir de
la ciudad para llevaros a McCaslin; van a verme volver sólo contigo y esperarán
que deje el automóvil en la cochera del Jefe. Luego tienen que vernos a ti y a mí,
pero separados, cada uno por su lado, paseando como si nada sucediera.
Pero ¿cómo decirle aquello otro? No. Vámonos ahora mismo. Si tengo que
decir más mentiras, por lo menos que sea a desconocidos.
Boon seguía hablado—:
—…coche. ¿Qué fue lo que dijo sobre si íbamos a pasar por la ciudad antes
de marcharnos?
—¿Cómo? ¿Quién dijo eso?
—Ned. En tu casa, antes de que saliéramos.
—No lo recuerdo —dije—. ¿Qué decías sobre el coche?
—Hablaba de dónde dejarlo, mientras y o me doy una vuelta por la plaza y tú
te vas a casa y coges una camisa limpia o cualquier cosa que vay as a necesitar.
Recuerda que tuve que descargar el equipaje de todos en la granja de McCaslin.
El tuy o también. Me refiero a la posibilidad de que algún entrometido
metomentodo esté rondando, por si se le presentara una oportunidad —los dos
sabíamos a quién aludía.
—¿Por qué no lo encierras en la cochera?
—No tengo la llave —respondió—. No me han dejado más que el candado.
El Jefe me quitó la llave esta mañana, abrió el candado y le dio la llave al señor
Ballott para que la guarde hasta su regreso. Se supone que tengo que encerrar el
coche en cuanto vuelva de la granja de McCaslin y echar el candado; el Jefe
telegrafiará al señor Ballott en qué tren vuelve para que retire el candado y y o
pueda ir a la estación a recogerlos.
—En ese caso tendremos que correr el riesgo —dije.
—Sí, tendremos que correrlo. Quizá con el Jefe y la señorita Sarah fuera de
la ciudad, puede que ni siquiera Delphine vuelva a ver a Ned hasta el lunes por la
mañana.
De manera que tuvimos que arriesgarnos. Boon entró con el automóvil en la
cochera, sacó el maletín y la chaqueta de donde los había escondido en el pajar;
y cuando de nuevo alzó la mano para buscar a tientas encontró una lona
alquitranada con varios dobleces; metió debajo el maletín y la chaqueta y la dejó
en el suelo, delante del asiento de atrás. El bidón de gasolina estaba listo: un bidón
completamente nuevo de veinticinco litros —que el abuelo obligó más o menos a
rehacer al hojalatero que había hecho la caja de herramientas hasta suprimir por
completo el olor, porque a la abuela le molestaba ya el de la gasolina—, que no
habíamos usado aún dado que el automóvil no había llegado nunca tan lejos; el
embudo y la gamuza para filtrar se hallaban ya en la caja de herramientas, junto
con los instrumentos para cambiar las ruedas, el gato y las llaves inglesas que
venían con el coche, y también la linterna, el hacha, la pala, el rollo de alambre
espinoso y el juego de poleas que había añadido el abuelo, junto con el cubo para
volver a llenar el radiador cuando pasásemos cerca de arroyos o acequias. Boon
puso atrás el bidón (estaba lleno; quizá empleara en eso el tiempo de más que
tardó en venir a buscarnos) y desplegó un tanto la lona alquitranada, sin
extenderla por completo, tan sólo dejándola caer hasta ocultarlo todo y lograr
que el conjunto pareciera un revoltijo de lona alquitranada.
—Esconderemos tus cosas de la misma manera —dijo—. Así parecerá un
simple trozo de lona que algún perezoso no se ha molestado en doblar. Lo mejor
que puedes hacer es ir a casa, coger una camisa limpia, regresar directamente
aquí y esperar. No tardaré mucho: sólo voy a darme una vuelta por la plaza, no
sea que también a Ike le dé por hacer preguntas. Después nos iremos.
Cerramos la puerta. Boon se dispuso a colgar de la armella el candado
abierto.
—No —dije; ni siquiera hubiese sabido explicar por qué, tan rápidos eran mis
progresos en la maldad—. Guárdatelo en el bolsillo.
Pero Boon sí supo por qué y me lo dijo.
—Tienes muchísima razón. Hemos trabajado demasiado para que aparezca
alguien y, como quien no quiere la cosa, lo cierre pensando que a mí se me ha
olvidado.
Me fui a casa. Sólo tuve que cruzar la calle. Ahora hay allí una gasolinera, y
lo que era la casa del abuelo está dividido en apartamentos con inquilinos que
nunca duran mucho. No había nadie, pero la puerta no estaba cerrada con llave,
porque en Jefferson, en aquellos días de inocencia, nadie cerraba con llave una
simple casa. Acababan de dar las cinco y aún faltaba mucho tiempo para la
puesta del sol, pero la jornada estaba terminada, concluido el trabajo del día;
aunque no hubiera nadie y reinase el silencio, la casa no estaba vacía, sino llena
de presencias semejantes a respiraciones contenidas; y, de repente, eché de
menos a mi madre; quise prescindir de todo aquello, prescindir del libre albedrío;
quise regresar, renunciar, sentirme seguro, a salvo de decisiones cuy o hermano
gemelo adoptivo era robar un automóvil. Pero y a era demasiado tarde; había
escogido, tomado mi decisión; y a que había vendido mi alma a Satanás por un
plato de lentejas, no me quedaba otro remedio que aceptar el plato y
comérmelo: ¿no me lo había recordado el mismo Boon, casi como si hubiera
previsto aquel momento de debilidad y vacilación en la casa vacía,
advirtiéndomelo: « Hemos trabajado demasiado para permitir que nada nos
detenga ahora?» .
Mi ropa —camisas limpias, pantalones, calcetines, el cepillo de dientes—
estaba y a en la granja de McCaslin. Tenía más de todo en el cajón de la cómoda,
por supuesto, menos cepillo de dientes, en el que, ausente mi madre, era más que
probable que no reparasen ni la tía Callie ni la prima Louisa. Pero no cogí ropa,
no me llevé nada; no porque lo olvidase, sino, probablemente, porque nunca tuve
intención de hacerlo. Entré en casa y me quedé allí el tiempo suficiente para
demostrarme a mí mismo que de los dos (Boon y y o) no sería y o el que fallara
y, a continuación, crucé la calle y llegué hasta el patio por la parte trasera de la
casa del abuelo. Tampoco sería Boon quien nos fallara; antes de llegar a la
cochera oí y a el discreto ruido del motor al ralentí. Boon se hallaba al volante;
creo que tenía incluso metida la primera.
—¿Dónde está la camisa limpia? —me preguntó—. No importa. Te compraré
una en Memphis. Sube. Ya podemos irnos —sacó el coche marcha atrás. El
candado abierto colgaba una vez más de la armella—. Vamos —dijo—. No te
pares a cerrarlo. Ya es demasiado tarde.
—No —respondí. Tampoco entonces hubiera sabido decir por qué: con el
candado bien cerrado y pasado por la armella y el gancho de la puerta,
parecería que el automóvil estaba sano y salvo en su interior. Y así tenía que ser:
toda la aventura convertida en sueño del que y o despertaría mañana, quizás
ahora, dentro de un momento, y me sentiría seguro, a salvo. De manera que
cerré la puerta y el candado y abrí la puerta de la cerca para que Boon saliera
con el coche, volví a cerrarla y monté de nuevo, el coche y a en movimiento, si
es que en realidad se había parado del todo en algún momento.
—Si tomamos el camino de atrás, podemos evitar la plaza —dije.
—Ya es demasiado tarde —respondió Boon—. Lo más que podrán hacer será
gritar.
Pero nadie gritó. E incluso después de haber dejado atrás la plaza, todavía no
era demasiado tarde. La decisión irrevocable quedaba a kilómetro y medio de
distancia, en el cruce donde la carretera para llegar a la granja de McCaslin se
separaba de la carretera de Memphis, porque aún podría decir Para. Deja que
me apee, y Boon lo haría. Más aún, también podría decir He cambiado de idea.
Llévame a la granja de McCaslin, y sabía que también lo haría. Luego comprendí
de repente que si decía Da la vuelta. Voy a pedirle la llave al señor Ballott y
encerraremos el automóvil en la cochera, donde el Jefe cree que ya está en este
momento, Boon lo haría igualmente. Y más aún: Boon quería que lo hiciese, me
suplicaba en silencio que lo hiciera; él y yo, los dos, horrorizados, más que de su
temeridad personal, de nuestra complicidad en la osadía, y del hecho de que a
Boon no se le ocultaba que carecía de fuerza para oponerse a su propia
temeridad, por lo que tenía que buscar apoy o en mi fortaleza y rectitud. ¿Te das
cuenta? ¿Qué es lo que te he dicho sobre la No-virtud? Si las cosas hubieran sido
al revés, y y o le hubiera suplicado en silencio que diera la vuelta, hubiera
contado con su virtud y su compasión, mientras que aquél a quien Boon suplicaba
carecía de ambas.
De manera que no dije nada; la bifurcación, la última frágil mano impotente
descendió para salvarme, volvió a subir, pasó de largo y huy ó, irrevocablemente
perdida; De acuerdo entonces, dije. Allá voy. Cabe que Boon lo oy era, puesto que
y o seguía siendo el jefe. Lo cierto, en cualquier caso, fue que dejó Jefferson
atrás; Satanás defendería al menos a sus fieles durante el primero o los dos
primeros días.
—No tenemos que preocuparnos de nada, en realidad, excepto el paso por
Hell Creek, mañana por la mañana. Harry kin Creek carece de importancia.
—¿Quién ha dicho que la tuviera? —respondí.
Hurricane Creek queda a seis kilómetros de la ciudad; probablemente has
pasado por encima tan deprisa toda tu vida que ni siquiera sabes cómo se llama.
Pero la gente que lo cruzaba entonces sí sabía su nombre. Había un puente de
madera sobre el arroy o, pero incluso en pleno verano el acceso por ambos lados
era una sucesión de baches llenos de barro.
—Precisamente te estoy diciendo —replicó Boon— que no la tiene. El año
pasado el señor Wordwin y y o lo cruzamos sin tener que usar siquiera el juego de
poleas; bastó con una pala y un hacha que al señor Wordwin le prestaron en una
casa a eso de un kilómetro de distancia, aunque, ahora que lo dices, no recuerdo
que las devolviera. Pero es posible que el dueño viniera y se las llevara al día
siguiente.
Acertó casi del todo. Atravesamos el primer bache lleno de fango y
cruzamos incluso el puente. Pero el bache del otro lado nos detuvo. El automóvil
dio un bandazo, luego otro, se ladeó y las ruedas empezaron a patinar. Boon no se
lo pensó dos veces: se quitó inmediatamente los zapatos (he olvidado decir que
había hecho que se limpiaran), se remangó las perneras del pantalón y se metió
en el barro.
—Ponte al volante —dijo—. Mete la primera y empieza a mover el coche
cuando y o te diga. Vamos. Sabes cómo hacerlo, lo has aprendido esta mañana.
Me coloqué al volante. Boon no se paró siquiera para coger el juego de
poleas.
—No lo necesito. Llevaría demasiado tiempo sacarlo primero y guardarlo
después, y no disponemos de tanto tiempo.
Era verdad que no lo necesitaba. Había una cerca junto a la carretera;
arrancó el travesaño superior y, hundido hasta la rodilla en barro y agua, colocó
el extremo a modo de cuña bajo el eje trasero, dijo « Ahora echa toda la carne
en el asador» , levantó el automóvil entero y lo lanzó hacia adelante, a
empujones, sacándolo del hoy o a viva fuerza, mientras me gritaba « ¡Apaga el
motor!» , cosa que hice, que conseguí hacer, y Boon vino, me apartó y se puso al
volante; ni siquiera se detuvo para bajarse las embarradas perneras del pantalón.
Porque el sol estaba y a muy cerca del horizonte; habría oscurecido cuando
llegásemos a la casa de Ballenbaugh, donde pasaríamos la noche; seguimos
adelante lo más deprisa posible y pronto, con el sol dándole ya por detrás,
pasamos ante la casa del señor Wyott —un amigo de nuestra familia; mi padre
me había llevado allí de caza la Navidad anterior—, a trece kilómetros de
Jefferson y todavía a seis del río. La luna saldría al cabo de un rato, una fuente de
luz más conveniente que los faros de queroseno, más útil para que los demás
vieran que se acercaba un vehículo que para facilitar la conducción. Y, de
repente, Boon dijo « ¿Qué olor es ése? ¿Has sido tú?» Pero antes de que pudiera
rechazar su acusación, detuvo bruscamente el automóvil, se quedó quieto un
momento, luego se volvió, se inclinó y retiró el amasijo revuelto de la lona
alquitranada que llenaba la parte trasera del coche. Ned se incorporó. Llevaba
puesto el traje negro y el sombrero, así como la camisa blanca con el pasador de
oro para el cuello, aunque sin cuello duro ni corbata, que se ponía los domingos;
llevaba incluso la cartera muy estropeada (ahora tú llamarías a eso attaché) que
había pertenecido al viejo Lucius McCaslin antes incluso de que naciera mi
padre. No sé qué otras cosas podía llevar en aquella cartera en otros tiempos;
todo lo que y o llegué a ver dentro fue una Biblia (probablemente la de la
tatarabuela McCaslin), que Ned no sabía leer, y una botella plana de medio litro
que contenía aproximadamente dos buenas cucharadas de whisky.
—Seré imbécil —exclamó Boon.
—Amí también me apetece viajar —dijo Ned—. Ji, ji, ji.
4
Tengo tanto derecho a un viaje como tú y Lucius —dijo Ned—. Incluso más.
Este automóvil aquí presente pertenece al Jefe, Lucius no es más que su nieto y
tú ni siquiera llegas a pariente suyo.
—Está bien, está bien —dijo Boon—. Hablo de todo el tiempo que has estado
ahí, debajo de la lona, y has dejado que me meta en el barro y saque el coche
yo solo a pura fuerza.
—No creas que no hacía calor ahí debajo, caramba —dijo Ned—. Ni
siquiera sé cómo lo he aguantado. Tenía además que sujetar esta condenada
lechera para que no me aplastara los sesos cada vez que dabas un salto con el
coche, y no digamos nada de estar pendiente de que la gasolina o como quiera
que llaméis a eso se agitara tanto que también decidiera explotar. ¿Qué querías
que hiciera? Estábamos sólo a seis kilómetros de Jefferson. Me hubieras hecho
volver a casa andando.
—Ahora estamos a dieciséis —dijo Boon—. ¿Por qué crees que desde aquí
no?
—¿Te has olvidado? —intervine rápida, precipitadamente—. La casa de
Wyott está a unos tres kilómetros. Es como estar a tres kilómetros de Bay St
Louis.
—Muy cierto —dijo Ned, todo amabilidad—. Desde aquí no sería tanto lo que
tuviera que andar.
Boon no se le quedó mirando mucho tiempo.
—Sal de ahí y dobla la lona para que no ocupe más sitio del necesario —le
dijo—. Y airéala un poco si tenemos que seguir viajando con ella.
—Han sido todos esos saltos y bandazos que das —se defendió Ned—. Hablas
como si hubiera descuidado aposta mis buenos modales para que me
descubrierais.
Boon aprovechó la parada para encender los faros y además se limpió los
pies y las piernas con una punta de la lona; luego se puso los calcetines y los
zapatos y se bajó las perneras del pantalón, que y a empezaban a secarse. El sol
se había puesto y brillaba la luna. Sería noche cerrada cuando llegásemos a
Ballenbaugh.
Tengo entendido que ahora Ballenbaugh es un campamento de pesca,
regentado por un italiano, contrabandista intermitente de bebidas alcohólicas: me
refiero a que cada cuatro años deja de serlo durante la semana o las dos semanas
que tarda el nuevo sheriff en descubrir lo que verdaderamente quieren las
personas que lo han votado; todo aquel tramo de tierras llanas junto al río que fue
parte del imposible sueño feudal de Thomas Sutpen y emplazamiento del
campamento de caza del comandante De Spain es ahora una cuenca
hidrográfica; el algodón y el maíz han domesticado las tierras vírgenes en las
que, de joven, el mismo Boon cazaba osos, ciervos y panteras (o, por lo menos,
estaba presente mientras los demás lo hacían), y el mismo Wyott’s Crossing no es
y a más que un nombre.
Incluso en 1905 las tierras vírgenes no habían desaparecido por completo,
aunque sí lo habían hecho la mayor parte de los ciervos, los osos y las panteras
(al igual que el comandante De Spain y sus cazadores); también había
desaparecido el transbordador, y a Wyott’s Crossing lo llamábamos el Puente de
Hierro, con artículo determinado, porque se trataba del primero y, durante años,
único puente de hierro que tuvimos en el distrito de Yoknapatawpha o sobre el que
teníamos información. Pero en los viejos tiempos, en la época de nuestros
rey ezuelos chickasaw, Issetibbeha, Moketubbe y el regicida y usurpador que se
dio a sí mismo el nombre de Muerte, cuando apareció el primer Wyott y los
indios le enseñaron el paso y él construyó el almacén y el transbordador y le
puso su nombre, se trataba no sólo del único paso en muchos kilómetros a la
redonda sino que era además cabecera de navegación; hasta la puerta misma de
Wy ott, por así decirlo, llegaban las embarcaciones (en la época de las crecidas
invernales incluso pequeños buques de vapor) trayéndole whisky y arados y
queroseno y caramelos de menta desde Vicksburg, para volverse luego con
algodón y pieles.
Pero más cerca que Vicksburg estaba Memphis, incluso utilizando parejas de
mulas como medio de transporte, de manera que se construyó una carretera lo
más recta posible desde Jefferson hasta la orilla meridional del paso de Wyott, y
otra —también lo más recta posible— desde la orilla septentrional hasta
Memphis. De manera que las distintas mercancías y el algodón empezaron a ir y
venir por ese camino, acarreados por mulas y bueyes; momento en que surgió
de la nada como por ensalmo un gigante sin ascendencia que se daba el nombre
de Ballenbaugh; algunos dijeron que de verdad le compró a Wyott la oscura y
tranquila casita de una habitación que, hasta entonces, era al mismo tiempo
residencia y almacén, incluido cualquier derecho que Wyott creyera tener sobre
el antiguo paso chickasaw; otros dijeron que Ballenbaugh se limitó a indicar a
Wy ott que y a llevaba allí el tiempo suficiente y que le había llegado el momento
de trasladarse seis kilómetros río abajo y convertirse en granjero.
En cualquier caso eso fue lo que Wyott hizo. Y a partir de entonces su solitaria
ermita se convirtió, sin duda alguna, en un lugar de vertiginosa actividad,
transformándose en posada, casa de comidas y taberna para los transportistas
transeúntes y los equipos permanentes de arrieros mal hablados y de corazón
endurecido que esperaban a las carretas en los dos extremos de la zona de
aluvión del río con dos y tres y (en caso de necesidad) cuatro parejas de mulas
y a aparejadas, para, entre maldiciones, llevar a las pesadas carretas hasta el
transbordador y luego, una vez más, desde el transbordador hasta terreno seguro
por el otro lado. Un lugar muy animado que sólo frecuentaban varones. Y gente
dura únicamente, nada más, hasta que el coronel Sartoris (no me refiero al
banquero, de honorífico rango militar, adquirido en parte por herencia y en parte
por afinidad, responsable de que Boon y y o estuviéramos donde estábamos en
aquel momento; me refiero a su padre, al auténtico coronel de los Estados
Confederados de América: soldado, hombre de Estado, político, duelista y, según
dicen los primos y sobrinos por descendencia colateral de un joven veinteañero
del distrito de Yoknapatawpha, también asesino) construyó su ferrocarril a
mediados de los años setenta y acabó con aquel negocio.
Aunque no con Ballenbaugh’s y menos aún con el mismo Ballenbaugh.
Primero las caravanas de carretas echaron a los barcos del río y Wyott’s Crossing
pasó a llamarse Ballenbaugh’s Ferry; después llegó el ferrocarril y retiró las balas
de algodón de las carretas y, en consecuencia, quitó el transbordador de
Ballenbaugh’s, pero eso fue todo; cuarenta años antes, en la época de Wyott, que
no era más que un modesto comerciante, Ballenbaugh se mostró perfectamente
capaz de prever la ola del futuro y de avanzar montado en ella; ahora, en la
persona de su hijo, otro gigante que en 1865 regresó (según se decía) con el
abrigo forrado de billetes de banco de los Estados Unidos de América, todavía sin
cortar, y procedente (según dijo el interesado) de Arkansas, donde (según la
misma fuente) había hecho la guerra con un grupo de guerrilleros, licenciándose
con todos los honores, aunque después nunca fuera capaz de recordar el apellido
de su comandante, demostró que no había perdido nada de su antigua destreza,
habilidad y omnisciencia. Antes la gente utilizaba Ballenbaugh’s para pasar la
noche; ahora llegaban siempre de noche y con mucha prisa, la mayor parte de
las veces, a fin de que Ballenbaugh dispusiera de más tiempo para ocultar en el
pantano el caballo o la vaca antes de que apareciera la justicia o su legítimo
propietario. Porque, además de las partidas de granjeros indignados que seguían
las huellas de ida (pero sin vuelta) de caballerías y ganado, y de los sheriffs que
seguían las de auténticos asesinos hasta Ballenbaugh’s, se sabe al menos de un
agente federal de hacienda que sólo dejó huellas de ida. Porque si bien el viejo
Ballenbaugh se limitaba a vender whisky, este otro lo fabricaba; era ya el patrón
de uno de esos establecimientos que se designan con el término general de salón
de baile, de manera que, para mediados de los años ochenta, Ballenbaugh’s era,
en muchos kilómetros a la redonda, el símbolo de todo lo horrible e indignante;
clérigos y ancianas damas trataban de que se nombrara a un sheriff cuyo
programa electoral consistiera principalmente en echar a Ballenbaugh y a sus
borrachines, violinistas, jugadores y chicas de vida alegre del distrito de
Yoknapatawpha e incluso, si fuera posible, del Estado de Mississippi. Pero
Ballenbaugh y su séquito —establo, casa de recreo, lo que se le quiera llamar—
nunca nos molestaban a nosotros, los forasteros: nunca salían de su fortaleza y no
existía ley alguna que obligase a nadie a ir allí; por otra parte, su nueva ocupación
(avatar) era tan fructífera que pronto se extendió la voz de que cualquier persona
con perspectivas y ambiciones limitadas a un caballo con esparaván o a una
novilla sin leche no sería bien recibido. De manera que las personas sensatas se
abstuvieron de molestar a Ballenbaugh. Personas entre las que, sin duda,
figuraban los sheriffs, que no sólo eran sensatos, sino además padres de familia,
y que tenían el ejemplo del agente federal de hacienda desaparecido por
aquellos pagos no mucho tiempo atrás.
Es decir, lo dejaron tranquilo hasta el verano de 1886, cuando un clérigo
baptista llamado Hiram Hightower, otro gigante, tan alto y casi tan grande como
el mismo Ballenbaugh, y que todos los domingos, desde 1861 hasta 1865, había
sido uno de los capellanes de la compañía de Forrest y los restantes días de la
semana uno de sus soldados más duros y despiadados, entró a caballo en
Ballenbaugh’s sin más armas que sus manos y la Biblia y convirtió a todos los
presentes con la fuerza de sus puños, de uno en uno cuando le fue posible, y de
dos en dos o de tres en tres si no le quedaba más remedio. De manera que
cuando Boon, Ned y yo llegamos en aquel anochecer de mayo de 1905,
Ballenbaugh estaba llevando a cabo su tercer avatar en la persona de una
doncella de cincuenta años, hija única, mujer recatada, enteca, severa y
entrecana que cultivaba algodón y maíz en un pedazo de buena tierra de aluvión
y regentaba un pequeño almacén con un sobrado que contenía una hilera de
colchones rellenos de vainas de mazorcas, todos ellos con sábanas muy limpias,
fundas de almohadas y mantas, preparados para acoger a los cazadores de zorros
y mapaches y a los pescadores, que (según se decía) repetían la visita no por la
caza y la pesca sino por la excelente mesa de la señorita Ballenbaugh.
También ella nos oy ó. Y no éramos los primeros; nos explicó que hacíamos el
número trece de los automóviles que habían pasado por allí en los dos últimos
años y el cinco de los aparecidos en los últimos cuarenta días; ya había perdido
dos gallinas y probablemente tendría que encerrar a todos sus animales, incluidos
los sabuesos. Ella, la cocinera y otro negro estaban en el porche de delante,
protegiéndose los ojos con la mano del fantasmal parpadeo de nuestros faros
mientras entrábamos con el coche. La señorita Ballenbaugh no sólo conocía a
Boon desde antiguo, sino que empezó por reconocer el automóvil; aunque sólo
había visto trece, y a tenía buen ojo para los distintos modelos.
—De manera que llegó usted a Jefferson, después de todo —dijo ella.
—¿Al cabo de un año? —dijo Boon—. Cielo santo, señorita Ballenbaugh, este
automóvil ha estado más de cien veces más allá de Jefferson desde entonces. Mil
veces. Será mejor que renuncie: tiene usted que acostumbrarse a los automóviles
como todo el mundo —eso fue cuando nos habló de los trece coches en dos años
y de las dos gallinas.
—Las pobres, por lo menos, fueron en automóvil durante un rato —dijo—.
Que es más de lo que y o he hecho.
—¿Quiere decirme que nunca ha paseado en automóvil? —preguntó Boon—.
Vamos, Ned —dijo—, sal de ahí y llévate también los maletines. Lucius, deja
que la señorita Ballenbaugh se siente delante, donde pueda ver mejor.
—Espere —dijo la señorita Ballenbaugh—. Tengo que hablar con Alice de la
cena.
—Que espere la cena —dijo Boon—. Apuesto cualquier cosa a que Alice
tampoco ha paseado nunca en coche. Vamos, Alice. ¿Quién es el que está
contigo? ¿Tu marido?
—No tengo intención de casarme —dijo la cocinera—. Y si la tuviera, no
sería con Ephum.
—Que suba también, de todos modos —dijo Boon. La cocinera y el negro
subieron detrás, con el bidón de gasolina y la lona plegada. Ned y y o nos
quedamos en el trozo iluminado junto a la puerta abierta, y vimos cómo el
automóvil, con el farolillo rojo trasero, se alejaba por la carretera, se detenía y
daba la vuelta y regresaba hacia nosotros hasta dejarnos atrás, Boon tocando la
bocina, la señorita Ballenbaugh muy erguida y un poco tensa en el asiento
delantero, y Alice y Ephum en el de atrás, saludándonos con la mano mientras
pasaban.
—¡Caramba, chico! —le gritó Ephum a Ned—. ¡Consíguete un caballo!
[3]
—Dándose pisto —dijo Ned; se refería a Boon—. Más le valdría alegrarse de
que el Jefe Priest no esté aquí, porque le iba a enseñar a darse pisto.
El coche se detuvo, retrocedió, dio la vuelta, vino hacia nosotros y se paró
definitivamente. Al cabo de un momento, la señorita Ballenbaugh dijo:
—Bien —después empezó a moverse—. Vamos, Alice —añadió con tono
enérgico.
De manera que cenamos y supe por qué cazadores y pescadores repetían la
visita. Luego Ned se marchó con Ephum, yo di las buenas noches a la señorita
Ballenbaugh, Boon se hizo cargo de la lámpara y subimos al sobrado situado
encima del almacén.
—¿No has traído nada? —preguntó Boon—. ¿Ni siquiera un pañuelo limpio?
—No voy a necesitar nada —dije.
—Bueno, pero no puedes dormir así. Mira lo limpias que están esas sábanas.
Por lo menos quítate los zapatos y los pantalones. Y tu mamá haría que te lavaras
los dientes.
—No, no lo haría —dije—. No podría. No tengo con que lavármelos.
—Eso no se lo impediría, y lo sabes perfectamente. Si no encontrases algo,
fabricarías algo para hacerlo o para saber la razón.
—De acuerdo —dije. Me había tumbado y a en mi catre—. Buenas noches.
Boon se detuvo, la mano levantada y a para apagar la lámpara.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó.
—Cierra el pico —dije.
—No tienes más que decirlo y nos volvemos a casa. No ahora, mañana por la
mañana.
—¿Has esperado hasta este momento para asustarte? —respondí.
—Buenas noches —dijo Boon. Apagó la lámpara y se acostó. Y entonces
sentimos toda la oscuridad de la primavera: las grandes ranas de las ciénagas con
voz de bajo, el ruido que hacen los bosques, los grandes bosques, las tierras
todavía vírgenes con sus animales salvajes, mapaches y conejos y armiños y
ratas almizcladas y los grandes búhos y las grandes serpientes (mocasines y
serpientes de cascabel) y quizá incluso la respiración de los árboles y del mismo
río, sin mencionar los fantasmas: los antiguos chickasaw que dieron nombre a la
tierra antes de que la viera el hombre blanco y también los blancos, Wy ott y el
viejo Sutpen y los cazadores del comandante De Spain y las chalanas cargadas
de algodón y las caravanas de carros y los carreteros pendencieros y la sucesión
de bandidos y asesinos que terminaba desembocando en la señorita Ballenbaugh;
de repente me di cuenta de la clase de ruido que estaba haciendo Boon.
—¿De qué te ríes? —dije.
—Estoy pensando en Hell Creek. Nos tropezaremos con él mañana por la
mañana a eso de las once.
—¿No habías dicho que tendríamos problemas?
—Ya lo creo que sí —respondió Boon—. Necesitaremos el hacha y la pala y
el alambre espinoso y el juego de poleas y las tablas de las cercas y y o y tú y
Ned, los tres. De eso es de lo que me estoy riendo, de Ned. Para cuando
hay amos cruzado mañana Hell Creek, va a lamentar haber descuidado, como él
dice, sus buenos modales y hubiera preferido quedarse bajo esa lona sin comer
ni beber ni nada hasta sentir bajo las ruedas el suelo del mismo Memphis.
A la mañana siguiente Boon me despertó muy temprano. A mí y a todo el
mundo en un kilómetro a la redonda, aunque todavía hizo falta algún tiempo más
para levantar a Ned, que había dormido en casa de Ephum, y llevarlo a la cocina
para desayunar (y algo más aún para sacarlo de una cocina con una mujer
dentro). Desayunamos —tan abundantemente que, si yo hubiera sido cazador o
pescador no hubiera tenido ganas de ir andando después a ningún sitio durante un
buen rato—, Boon paseó otra vez a la señorita Ballenbaugh en el automóvil, pero
esta vez sin Alice ni Ephum, aunque Ephum estaba disponible. Luego llenamos —
lo hizo Boon— el depósito de gasolina y el radiador, no porque lo necesitaran sino
porque, creo yo, la señorita Ballenbaugh y Ephum estaban allí mirando. Después
nos pusimos en marcha. El sol salía cuando cruzamos el Puente de Hierro sobre
el río (y dejamos también atrás el fantasma de aquel barco de vapor; me había
olvidado de él por la noche) para entrar en tierra desconocida, en otro distrito; por
la noche se trataría ya de otro Estado y de Memphis.
—Con tal de que logremos pasar Hell Creek—dijo Boon.
—Quizá lo consigamos si dejas de hablar de ello —le respondí.
—Claro —dijo Boon—. A Hell Creek le da lo mismo que hables o que no
hables de él. Le tiene completamente sin cuidado. Ya lo verás —luego dijo—:
Ahí está.
Era muy poco después de las diez; habíamos avanzado a buen ritmo siguiendo
las ondulaciones del terreno, los caminos secos y polvorientos entre campos que
empezaban a germinar, la tierra vacía y dominicalmente tranquila, la gente en el
porche ya, con su ropa de día festivo, los niños y los perros corriendo hacia la
cerca o la carretera para vernos pasar; después en birlochos, calesas y carros y a
lomos de caballos y mulas: de una a tres personas sobre los caballos pero no
sobre las mulas (poco después de las nueve nos cruzamos con otro automóvil;
Boon dijo que era un Ford; tenía buen ojo para los automóviles, igual que la
señorita Ballenbaugh), de camino hacia las iglesitas blancas entre las arboledas
primaverales.
Se extendía ante nosotros un amplio valle, con la carretera que descendía
desde la meseta hacia un grupo de sauces y cipreses
[4] que marcaban el arroy o.
A mí no me pareció demasiado mal, mucho menos ancho que el que y a
habíamos cruzado, y se veía incluso la polvorienta cuchillada de la carretera
subiendo hacia la meseta del otro lado. Pero Boon había empezado a soltar
maldiciones, conduciendo más deprisa incluso colina abajo, como si estuviera
impaciente, ansioso de llegar y entrar en combate, como si se tratara de algo con
sensaciones, no simplemente hostil sino absolutamente perverso, como un
enemigo humano, como otro hombre.
—Míralo bien —dijo—. Inocente como un huevo recién puesto. Se ve incluso
la carretera al otro lado, como si se estuviera riendo de nosotros, como diciendo
Si pudieras llegar aquí casi verías Memphis; sólo que comprueba antes si puedes
llegar hasta aquí.
—Si es tan difícil, ¿por qué no damos la vuelta alrededor? —preguntó Ned—.
Eso es lo que haría y o si estuviera sentado donde tú estás.
—Porque con Hell Creek no hay alrededor que valga —dijo Boon con
ferocidad—. Si vas por un lado terminarás en Alabama; si tomas la otra dirección
te caerás al río Mississippi.
—Vi una vez el río Mississippi en Memphis —dijo Ned—. Ahora que lo
mencionas, también he visto Memphis. Pero no he estado nunca en Alabama.
Quizá me gustara hacer un viaje hasta allí.
—Tampoco has visitado nunca el cruce por Hell Creek —dijo Boon—,
suponiendo que el motivo de que te escondieras ayer bajo la lona fuese mejorar
tu educación. ¿Por qué crees que los dos únicos automóviles que hemos visto de
aquí a Jefferson han sido éste y el Ford de antes? Pues porque son los únicos
automóviles en Mississippi a este lado de Hell Creek, ésa es la razón.
—Según la señorita Ballenbaugh han pasado trece por su casa en los dos
últimos años —dije y o.
—Dos de esos trece eran éste —respondió Boon—. Y en cuanto a los otros
once, no los contó cuando cruzaban Hell Creek.
—Quizá dependa de quién vaya conduciendo —dijo Ned—. Ji, ji, ji.
Boon detuvo bruscamente el coche.
—De acuerdo —dijo, volviendo la cabeza—. Sal del automóvil. Si quieres
visitar Alabama ya llevas quince minutos de retraso por darle a la sin hueso.
—¿Por qué tienes que meterte con una persona que no hace más que darte
conversación? —dijo Ned.
Pero Boon no le estaba escuchando. Ni creo que estuviera hablando con Ned
en realidad. Se había apeado y a del coche; abrió la caja de herramientas que el
abuelo había colocado en el estribo para guardar el juego de poleas, el hacha, la
pala y la linterna, sacándolo todo, menos la linterna, y tirándolo revuelto en el
asiento de atrás, junto a Ned.
—De manera que no vamos a perder tiempo —dijo, hablando deprisa, pero
muy tranquilo, sereno, sin histeria ni excesiva urgencia, cerrando la caja de
herramientas y colocándose otra vez ante el volante—. Vamos a ello. ¿A qué
estamos esperando?
Aún seguía sin parecerme demasiado mal: tan sólo otra carretera comarcal
que cruzaba un arroy o pantanoso; el suelo ya no estaba seco, ni tampoco muy
mojado todavía, con los hoyos y trozos pantanosos llenos y a con malezas y
ramas por anteriores pioneros en beneficio nuestro y, en algunos sitios, incluso
con estacas cruzadas sobre el barro (sí, claro, me di cuenta de repente de que la
carretera —por falta de un término más exacto— estaba llena de agua), de
manera que quizá Boon en persona fuese responsable; quizá él mismo había
poblado la penumbra estancada, entre los arcos formados por sauces y cipreses
y el zumbar de los mosquitos, con los espectros de automóviles atascados y de
personas sudorosas y maldicientes. Luego pensé que y a lo habíamos cruzado, si
bien no sólo no se veía ningún terreno alto más seco que indicase que estábamos
alcanzando, que nos acercábamos al otro lado del pantano, sino que tampoco veía
siquiera el arroyo mismo, y menos aún un puente. De nuevo el automóvil dio un
bandazo, se escoró y se quedó colgado como había hecho el día anterior en
Hurricane Creek; Boon estaba otra vez quitándose los zapatos y los calcetines y
remangándose el pantalón.
—De acuerdo —le dijo a Ned por encima del hombro—, sal.
—No sabría qué hacer —dijo Ned, sin moverse—. No he aprendido nada
sobre automóviles aún. No haría más que estorbarte. Me quedaré aquí sentado
con Lucius para que puedas moverte a gusto.
—Ji, ji, ji —rió Boon, imitándolo esta vez con violencia y crueldad—. Querías
un viaje. Ya lo tienes. Baja del coche.
—Llevo la ropa de los domingos —dijo Ned.
—Yo también —dijo Boon—. Si yo no me asusto por un par de pantalones,
tampoco necesitas asustarte tú.
—Para ti es muy fácil hablar —dijo Ned—. Tú tienes al señor Maury. A mí
me toca trabajar para ganar dinero. Cuando la ropa se me estropea o se gasta,
soy yo quien tiene que comprar la nueva.
—No te has comprado un traje ni unos zapatos ni un sombrero en toda tu vida
—dijo Boon—. Sé que tienes un frac que usó el viejo Lucius McCaslin en
persona, sin mencionar al general Compson, al comandante De Spain y al mismo
Jefe. Te puedes remangar los pantalones y quitarte los zapatos o no, como gustes,
eso es asunto tuyo. Pero vas a bajarte del automóvil.
—Que se baje Lucius —dijo Ned. Es más joven que y o y también más
corpulento para su tamaño.
—Tiene que conducir el coche —dijo Boon.
—Lo haré y o, si es eso lo que necesitas —dijo Ned—. Llevo, por así decirlo,
conduciendo caballos y mulas y bueyes toda la vida y supongo que izquierda y
derecha con ese volante es lo mismo que izquierda y derecha con unas riendas o
una aguijada —hablándome a mí—. Salta, chico, y ay uda al señor Boon. Será
mejor que te quites los zapatos y los calcetines…
—¿Vas a bajar o tendré que levantarte con una mano y quitarte el automóvil
de debajo con la otra? —dijo Boon.
Ned se movió entonces, con cierta rapidez, cuando por fin aceptó que no le
quedaba otro remedio, tan sólo gruñendo un poco mientras se quitaba los zapatos,
se remangaba los pantalones y se desprendía de la chaqueta. Cuando miré de
nuevo a Boon, ya estaba arrastrando dos estacas, que eran troncos de árboles
jóvenes, de entre la maleza y las zarzas.
—¿No vas a usar aún el juego de poleas? —pregunté.
—¡Qué va! —dijo Boon—. Cuando llegue el momento no necesitarás
preguntarlo. Lo sabrás —De manera que se trata del puente, pensé. Quizá ni
siquiera haya un puente y sea ése el problema. Pero Boon también adivinó lo que
estaba pensando—. No te preocupes por el puente. Todavía no hemos llegado.
Con el tiempo llegaría a enterarme de lo que quería decir con eso, pero ese
momento no había llegado aún. Ned, con cautela, bajó un pie hasta el agua.
—Esta agua está sucia —dijo—. Si hay algo que me molesta es la suciedad
entre los dedos de los pies.
—Eso es porque no se te ha calentado aún la sangre —dijo Boon—. Agarra
esta estaca. Has dicho que no estás familiarizado aún con los automóviles. Te
aseguro que no tendrás que volver a lamentarte de eso durante el resto de tu vida.
De acuerdo —dirigiéndose a mí—: suelta un poco las riendas y, cuando notes que
muerde, déjalo que siga —así lo hicimos, Boon y Ned apalancando con las
estacas bajo el eje trasero, levantando el coche para otro salto de medio o de un
metro o incluso de dos, hasta que patinaba de nuevo, con lo que las ruedas
traseras, girando muy deprisa, los rebozaban a ambos de pies a cabeza como si
los hubieran rociado con una de esas boquillas que usan ahora los pintores de
brocha gorda—. ¿Entiendes ya a qué me refería… —dijo Boon, escupiendo,
mientras levantaba el coche y le daba otro empujón terrorífico, lanzándonos
hacia adelante—… cuando hablaba de familiarizarse con los automóviles?
Sucede exactamente lo mismo que con los caballos y las mulas: nunca te
coloques detrás de uno cuando y a ha levantado la pata trasera.
Entonces vi el puente. Habíamos llegado a un trozo de tierra tan seco (en
comparación) que Boon y Ned, a los que era ya casi imposible distinguir del
barro, tuvieron que ir al trote con sus estacas, y aún así se iban quedando atrás,
mientras Boon gritaba, jadeante, « ¡Sigue! ¡No te detengas!» hasta que vi el
puente a cien metros de distancia y luego vi también lo que había aún entre
nosotros y el puente y comprendí de qué había estado hablando. Detuve el coche.
La carretera (el paso, como se lo quiera llamar) que teníamos delante más que
alterarse se había metamorfoseado, había cambiado de términos, de elementos.
Ahora se parecía a un gran recipiente de café con leche del que sobresalían aquí
y allá unos pocos restos, melancólicos, impotentes, desesperanzados, de palos y
maleza y troncos y alguna que otra joroba de tierra de verdad que
sorprendentemente parecía como si hubiera sido arrojada aposta por un arado. A
continuación vi algo más, y entendí lo que Boon me había estado diciendo de
manera indirecta sobre Hell Creek desde hacía y a más de un año y lo que había
repetido con algo semejante a una absorta y atormentada obsesión desde que
salimos de Jefferson el día anterior. Atadas a un árbol justo a un lado de la
carretera (canal) había una pareja de mulas con el aparejo para arar: es decir,
con bridas, colleras y horcates, las correas de los tirantes enrolladas sobre los
horcates y los cabos finos de algodón para guiar a las mulas enrollados en ovillos
muy bien hechos que también colgaban de los horcates; apoy ado contra otro
árbol cercano se hallaba un pesado arado plano para dos mulas, todo él cubierto
con el mismo barro que estaba encerrando rápidamente a Boon y a Ned en
respectivos moldes rígidos, y a su lado, y apoy ada en él, una barra, también
cubierta de barro; inmediatamente detrás, una cabaña nueva de dos habitaciones
con un espacio abierto intermedio, en cuya galería estaba sentado un hombre, la
silla inclinada sobre dos patas, descalzo, con los tirantes caídos, y los zapatones
(también embarrados) pegados a la pared, junto a la silla. Y comprendí que allí,
y no en Hurricane Creek, era donde (según Boon) el señor Wordwin y él habían
tenido que pedir prestada la pala, que (según Boon) el señor Wordwin se había
olvidado de devolver, y que podría igualmente haberse olvidado de pedir
prestada, dado el nulo servicio que les prestó.
Ned también lo había visto. Primero miró con frío detenimiento el bache
lleno de barro. Luego examinó las mulas y a preparadas, moviendo la cola para
espantar a los mosquitos mientras nos esperaban.
—Vaya —dijo—; eso es lo que yo llamo una buena…
—Cierra el pico —dijo Boon con un susurro feroz—. Ni una palabra. No
hagáis el menor ruido —hablaba con una tensa furia controlada, apalancando el
coche con su estaca embarrada y sacando el juego de poleas, el alambre
espinoso, el hacha y la pala. Repitió tres veces Hijo de mala madre. Y luego me
dijo a mí—: Tú también.
—¿Yo? —dije.
—Pero mira a esas mulas —dijo Ned—. Tienen incluso una cadena muy
larga enganchada y a a esa barra…
—¿No me has oído decir que cierres el pico? —murmuró Boon con aquel
feroz susurro suy o, bastante cortés—. Si no he hablado con suficiente claridad,
perdóname. Lo que estoy tratando de decir es que te calles.
—Sólo que, ¿para qué demonios necesita ese arado plano? —preguntó Ned—.
Y lleno de barro hasta el mango. Como si…, ¿vas a decirme que viene aquí con
esa pareja y labra este sitio como si fuera una tierra de labranza para mantenerlo
pantanoso? —Boon tenía en las manos, al mismo tiempo, la pala, el hacha y el
juego de poleas. Por un momento temí que fuera a golpear a Ned con cualquiera
de las tres cosas y quizá con las tres al mismo tiempo.
—¿Qué quieres que haga? —me apresuré a preguntarle a Boon.
—Sí —dijo Boon—. Vamos a tener que hacerlo entre todos. Tuve…, el señor
Wordwin y y o tuvimos algunos problemas con él el año pasado; pero esta vez lo
atravesaremos…
—¿Cuánto le pagasteis el año pasado para que os sacara? —preguntó Ned.
—Dos dólares —dijo Boon—. Así que más vale que te quites los pantalones, y
también la camisa; este sitio está bien para…
—¿Dos dólares? —dijo Ned—. ¡Eso es mucho mejor que cultivar algodón!
Hace la cosecha aquí mismo, sentado a la sombra, sin tener siquiera que
moverse. Lo que y o quiero que me consiga el Jefe es un bache lleno de barro por
donde pase mucha gente.
—Estupendo —dijo Boon—. Vas a aprender con éste —le dio a Ned el juego
de poleas y el trozo de alambre espinoso—. Llévalo hasta aquel sauce, el grande,
y sujétalo bien —Ned desenrolló la cuerda y llevó la rueda de la polea hasta el
árbol. Yo me quité los zapatos y los pantalones y me metí en el barro. La
sensación era agradable, fresca. Quizá Boon sintiera lo mismo. O quizá en su
caso (también en el de Ned) fuese sólo alivio, saberse libre de no tener que
perder más tiempo tratando de no mancharse. En cualquier caso, a partir de
aquel momento hizo caso omiso del barro, acuclillándose en él, diciendo Hijo de
mala madre con calma e ininterrumpidamente mientras manipulaba el otro trozo
de alambre espinoso hasta formar un lazo en la parte delantera del automóvil
para enganchar la polea—. Oye —me dijo—, será mejor que traigas parte de
esa maleza —leyéndome el pensamiento una vez más: Tampoco y o sé cómo ha
llegado hasta ahí. Quizá la amontone él mismo para que la gente la tenga a mano
y descubra lo mucho que se merece los dos dólares.
De manera que coloqué la maleza, ramas, arbustos enteros, en el barro
delante del coche, mientras Boon y Ned colocaban la cuerda en la polea y nos
preparábamos, Ned y y o al final de la cuerda de la que había que tirar y Boon
detrás del automóvil, una vez más con su recia estaca.
—Vuestra tarea es fácil —nos dijo—. Todo lo que tenéis que hacer es agarrar
y sujetar cuando yo empuje. De acuerdo —dijo—. Manos a la obra.
Había algo de sueño en todo aquello. No una pesadilla; tan sólo un sueño: el
marco pacífico, tranquilo, remoto, silvestre, casi primitivo, de cieno y fango,
vegetación de jungla y calor, en donde las mulas mismas, agitando serenamente
la cola y espantando la vida innumerable y hormigueante, infinitesimal e
invisible, y que era el aire mismo en el que nos movíamos y respirábamos, no
sólo no resultaban ajenas sino, de hecho, curiosamente apropiadas, por su
condición de callejones sin salida biológicos y, por consiguiente, obsoletas y a
antes de nacer; el automóvil: el costoso juguete mecánico perfectamente inútil, al
que se compara, por poderío y fuerza, con docenas de caballos, y sin embargo
convertido en impotente y desvalido en las garras casi infantiles de unos cuantos
centímetros de alianza momentánea entre dos elementos humildes y pacíficos
(tierra y agua), alianza que las más frágiles unidades de movimiento, producidas
por los métodos más antiguos y ajenos a la mecánica, habían vencido por
espacio de innumerables generaciones sin darse en realidad cuenta de ello;
nosotros tres, bípedos idénticos y ahora irreconocibles bajo la capa de barro,
empeñados con ella en un combate a vida o muerte, cuy o progreso —si lo había
— era preciso medirlo en terribles centímetros, como se mide el avance de los
glaciares. Y durante todo aquel tiempo, el dueño de las mulas seguía en su
galería, recostado en la silla sostenida sobre dos patas, contemplándonos mientras
Ned y y o luchábamos por cada centímetro de cuerda, cuerda que, con el tiempo,
cada vez más resbaladiza, se nos escurría de las manos, mientras detrás del
coche Boon forcejeaba como un demonio, titánico, metiendo la estaca bajo el
automóvil y levantándolo y empujándolo hacia adelante; llegó un momento en
que renunció, lanzó lejos la estaca y, agachándose, agarró el vehículo con las
manos y de hecho consiguió que avanzara alrededor de medio metro, como si se
tratara de una carretilla. Nadie podía soportarlo. Nadie debería tener que hacerlo.
Finalmente lo dije. Dejé de tirar y dije, jadeando: « No. No podemos hacerlo.
Sencillamente no podemos» . Y Boon, con voz desfallecida, tan débil y tierna
como el susurro del amor:
—En ese caso quítate de en medio o de lo contrario te arrollaré.
—No —dije. Regresé junto a él a trompicones, resbalando y zambulléndome
—. No —dije—. Te vas a matar.
—No estoy cansado —dijo Boon con aquella voz frágil y seca—. Estoy
empezando a cogerle el tranquillo. Pero tú y Ned podéis descansar un rato. Y
mientras recobras el aliento, ¿qué tal si trajeras un poco más de maleza…?
—No —dije—. ¡No! ¡Ahí viene! ¿Lo quieres por testigo? —porque lo
veíamos además de oírlo: el golpe de las pezuñas de las mulas al descender y el
ruido como de succión al levantarlas, mientras elegían, melindrosas, el camino
por el borde del bache, el ruido casi musical de las cadenas enrolladas, con el
propietario montado en una y guiando a la otra, los zapatos juntos, atados por los
cordones y colgados de uno de los horcates, sosteniendo la barra en equilibrio por
delante de él, como los cazadores de búfalos de las películas llevaban el rifle; un
hombre enteco, de más edad de lo que nos había parecido, de lo que a mí me
había parecido, al menos.
—Buenos días, muchachos —dijo—. Parece que ya estáis listos para solicitar
mis servicios. Qué tal, Jefferson —le dijo a Boon—. Así que conseguiste
atravesarlo el verano pasado, después de todo.
—Eso parece —dijo Boon. Había cambiado, de manera instantánea y
completa, como cuando se vuelve la página: el jugador de póker que acaba de
ver cómo una mano al otro lado de la mesa recibe el segundo comodín—.
También podríamos haber pasado esta vez si no criaran ustedes tanto barro por
estas partes.
—No nos lo tome a mal —dijo el otro—. El barro es una de nuestras mejores
cosechas.
—A dos dólares el bache, debería de ser la mejor —dijo Ned. El otro
parpadeó un momento en su dirección.
—Es muy posible que no te falte razón —dijo—. Ten. Coge esta barra;
pareces una persona que sabe en qué lado de una mula hay que engancharla.
—Agáchese y hágalo usted mismo —dijo Boon—. ¿Por qué, si no, le vamos a
pagar dos dólares en calidad de experto? El año pasado lo hizo usted.
—Eso fue el año pasado —dijo el otro—. Chapotear en esta agua
enganchando cadenas me ha minado la salud y para provocarme un ataque de
reumatismo basta con escupirme encima —de manera que no se movió. Se
limitó a acercar las mulas y a darles la vuelta, una al lado de la otra, mientras
Boon y Ned enganchaban las cadenas de los tirantes a los balancines y luego
Boon se acuclillaba en el barro para sujetar la cadena al automóvil.
—¿Dónde quiere que la enganche? —preguntó Boon.
—A mí me da igual —dijo el otro—. Engánchala a cualquier parte de ese
cacharro que quieras sacar del barro. Y si quieres que salga todo al mismo
tiempo, te diría que la engancharas del eje. Pero antes volved a meter todas las
palas y las cuerdas en el automóvil. No las vais a necesitar más, por lo menos
aquí —de manera que Ned y yo hicimos lo que decía mientras Boon enganchaba
la cadena, y los tres nos apartamos y miramos. No había duda de que era un
experto, pero, por su manera de sacar el automóvil del barro, de mantener
equilibrada la tensión sobre la barra con delicadeza de funámbulo, de poner el
automóvil en movimiento y mantenerlo así, sin otra guía que una palabra de
cuando en cuando por parte del hombre que montaba el animal de la izquierda, y
algún toque con la varita pelada que llevaba en la mano, puede decirse que
también las mulas eran expertas; finalmente llegaron con el coche hasta donde
y a el suelo era más tierra que agua.
—Ya está, Ned —dijo Boon—. Desengánchalo.
—Aún no —dijo el otro—. Hay un segundo bache justo antes del puente; y
ése os lo voy a pasar sin que os cueste nada. No has estado por aquí desde hace
un año —y a Ned le dijo—: Lo llamamos el bancal de reserva.
—Quiere usted decir el medio de Navidad —dijo Ned.
—Quizá sea eso —dijo el otro—. ¿En qué consiste?
Ned se lo explicó.
—Era lo que hacíamos en las tierras de McCaslin antes de la Rendición,
cuando el viejo Lucius Quintus vivía aún, y lo que hace todavía el negro que
trabaja para los Edmonds. Todas las primaveras se hacía una señal en un campo
de la mejor tierra, siguiendo la línea divisoria entre dos hileras de plantas de
algodón, y los tallos que quedaban entre esa línea y el extremo del campo
pertenecían al fondo de Navidad, no para el dueño, sino para que los negros de
McCaslin tuvieran su parte navideña de algodón. Eso es un medio de Navidad. Es
muy posible que ustedes, los granjeros del barro, no hay an oído nunca hablar de
ello —el otro se quedó un rato mirando a Ned. Y al cabo de un rato Ned dijo—:
Ji, ji, ji.
—Eso está mejor —dijo el otro—. Por un minuto he pensado que tú y y o
estábamos a punto de malinterpretarnos el uno al otro —dirigiéndose a Boon—:
Quizá sea mejor que alguien conduzca.
—Sí —dijo Boon—. De acuerdo —me dijo. De manera que me senté al
volante, barro incluido. Pero no nos movimos aún.
—Había olvidado mencionarlo, de manera que será mejor que lo haga ahora
—dijo el otro—. Han subido los precios desde el año pasado. Ahora cuesta el
doble.
—¿Por qué? —preguntó Boon—. Es el mismo coche y el mismo bache; que
me aspen si no estoy casi seguro de que se trata del mismo barro.
—Eso era el año pasado. Ahora hay mucho más trabajo. Tanto que no he
podido permitirme el lujo de no subir los precios.
—Está bien, maldita sea —dijo Boon—. Adelante —así que seguimos
adelante, de manera ignominiosa, al ritmo de las mulas, hasta el siguiente bache,
y salimos de él sin detenernos. Teníamos y a el puente delante de nosotros; más
allá, se veía cómo la carretera llegaba hasta el límite de la depresión y a un sitio
seguro.
—Ya se les han acabado los problemas —dijo el hombre de las mulas—.
Hasta que regresen —Boon desenganchó la cadena mientras Ned soltaba los
tirantes y devolvía la barra a su propietario.
—No vamos a volver por este camino —dijo Boon.
—Yo tampoco lo haría —dijo el otro. Boon regresó junto al último charco, se
lavó parte del barro que tenía en las manos, regresó y sacó cuatro dólares del
billetero. El otro no hizo ademán de tomarlos.
—Son seis dólares —dijo.
—El año pasado fueron dos dólares —dijo Boon—. Usted ha dicho que ahora
costaba el doble. El doble de dos es cuatro. De acuerdo. Aquí tiene cuatro
dólares.
Cobraba a dólar por pasajero —dijo el otro—. El año pasado erais dos. Dos
dólares. Ahora cuesta el doble. Sois tres. Eso hace seis dólares. Quizá prefieras
volver andando a Jefferson en lugar de pagar dos dólares, pero puede que el
chico y ese negro piensen de otra manera.
—Y quizá y o tampoco he subido —dijo Boon—. Supongamos que no le pago
los seis dólares. Supongamos que no le pago nada.
—También puedes hacer eso —dijo el otro—. Estas mulas han tenido un día
muy duro, pero calculo que todavía les quedan fuerzas para volver a dejar ese
cacharro donde lo encontraron.
Pero Boon y a había abandonado, había renunciado, se había rendido.
—Maldita sea —dijo—, ¡este chico no es más que un niño! Seguro que en el
caso de alguien que no es más que un niñito…
—Quizá volver andando a Jefferson le resulte más llevadero —dijo el otro—.
Pero no más corto.
—Está bien —dijo Boon—, pero ¿y ese otro? ¡Cuando se quite el barro ni
siquiera será blanco!
El dueño de las mulas contempló el horizonte unos momentos. Luego miró a
Boon.
—Hijo mío —respondió—, estas pobres mulas mías son daltónicas.

